Así da gusto

Esa mañana me desperté con la vívida imagen de Machín en mi cabeza. La canción “Angelitos negros resonaba aún en la habitación cuando abrí los ojos. Me levanté de la cama y me dirigí al cuarto de baño.

—Pero, ¿qué es esto? —pregunté perpleja al verle sentado sobre la taza del váter—. ¿Qué haces tú ahí?

—Ya ves.

—¿Es mi imaginación o está sonando “Dos gardenias para ti”?

La pregunta quedó suspendida en el aire. Me duché y me apliqué un poco de maquillaje y de colorete para disimular el color ceniciento, como de cartón reciclado, que lucía últimamente.

Me preparé un zumo de naranja, llené el depósito de la cafetera y la puse al fuego. Mientras enjuagaba el exprimidor oí toser a mi espalda. Me volví y allí estaba sentado junto a la mesa de cocina.

—Antonio, esto no puede estar sucediendo. ¿No lo comprendes? Te agradezco que continúes aquí. Sabes que siempre me encantaste, pero ya es hora de que desaparezcas. Tú no puedes estar aquí. Es sencillamente imposible.

Ignorando mi observación, me pidió un café solo. Resignada, se lo serví. Yo me preparé uno con leche. Me senté frente a él. Le acerqué la caja de galletas de mantequilla que la semana anterior me había traído mi nieto de Gibraltar. Cogió tres de chocolate y una en forma de corazón con una cereza encima. Permanecí en silencio observando cómo las mojaba en el café y se las llevaba a la boca con verdadera ansia.

—Allá no hay de estas —se justificó.

—¡Chist! —le interrumpí—. ¿Oyes? Está sonando “El manisero”, ¿no?

Terminé el café y fui a vestirme. Cuando salí del dormitorio seguía sentado en la cocina ojeando un libro de repostería.

Ilustración: Caridad Soto.

—Ya está bien, Antonio. Una cosa es que te haya soñado esta noche y otra que me sigas como un perro en celo. Quiero que te vayas inmediatamente.

Cogí el abrigo y bajé las escaleras corriendo, llegaba tarde a la cita con el oncólogo. No supe cómo llegó al vestíbulo, pero lo cierto es que allí estaba plantado frente a la puerta, impidiéndome el paso. Estaba segura que fuera sonaba “Un compromiso”.

—Lo hemos preparado todo con mucho cuidado para que sea tal como lo imaginasteis.

—¿De qué estás hablando?

De un empujón lo aparté de la puerta, la abrí y me quedé atónita. Una orquesta interpretaba “Espérame en el cielo. Y entonces sucedió. Los músicos hicieron un pasillo y él avanzó hacia mí. Estaba tan guapo como cuando bailamos por primera vez en el Cortijo de los Rosales. Hacía de eso más de sesenta años. Recordé su promesa: “Cuando sea el momento, regresaré a por ti y ese día, Antonio Machín cantará solo para nosotros”. Le miré a los ojos, sonreí y le agarré de la mano. Juntos nos perdimos por la vereda de la eternidad. Machín seguía cantando “Toda una vida.

¡Así da gusto morirse!, recuerdo que fue lo último que pensé.

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia Moderna y Contemporánea por la UCA y Máster en Resolución de Conflictos y Mediación por la UOC. Autora de 'El Verano que trajo un largo invierno' y 'Viaje al centro de mis mujeres' Colaboradora de la plataforma Woman Soul's y articulista en La Voz del Sur.

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2 Comentarios

  1. Me encanta 😍😍. Pues sí . Así da gusto morirse.

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  2. María Jesús Ruiz

    Vaya… Qué bonito!!! Gracias

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