La pájara pinta

Los bordados tradicionales de la Sierra de Francia (Salamanca) albergan una compleja simbología que, más allá de su comprensión racional, se refiere a deseos, creencias y sentimientos esenciales. Entre peces, águilas, leones, árboles, claveles y tulipanes, aparece con frecuencia representada la paloma, pajarita o pollita, iconografía ancestral de la soledad femenina, representación eterna de la mujer soltera. Con su cabeza erguida, la paloma se vincula a la juventud y a la búsqueda del amor, su cabeza torcida delata enamoramiento.

En el repertorio poético-musical de la tradición hispánica esta iconografía tiene sus equivalencias en canciones y retahílas que, tras siglos de pervivencia en la transmisión adulta, se documentan en el juego infantil desde el siglo XIX. La pájara pinta, por ejemplo, hubo de ser cantada hasta la saciedad por los niños españoles de hace más de cien años, pues la memoria de los que veneraron la cultura oral de entonces se ha encargado de dejar testimonio. De este modo, Federico García Lorca hacía suspirar así a Doña Rosita (la soltera) en su Títeres de Cachiporra: “Estaba una pájara pinta / sentadita en el verde limón, / con el pico movía la hoja, / con la cola movía la flor. / ¡Ay! ¡Ay! ¿Cuándo veré mi amor?”. A la búsqueda de la renovación teatral que imponían las vanguardias artísticas, por los mismos años Alberti componía La pájara pinta, “un libro de ópera bufobailable” que, con música de Oscar Esplá, ponía en escena el ritmo, la gestualidad y la plástica de la canción infantil. Alejandro Casona, igualmente seducido por la palomita enamorada, bautizaba a su pequeña compañía de teatro escolar con el nombre de La pájara pinta… Corría el año de 1928.

Bordado con el motivo de la Pájara Pinta.

Bordado con el motivo de la Pájara Pinta.

Con el paso del tiempo, la canción de La pájara pinta se recluyó en el corro, espacio de intimidad de las niñas, rueda en la que las futuras mujeres han ido desgranando sus deseos y temores primordiales. En el corro, la cancioncilla se reinventa en una escenificación del galanteo y de la elección de novia: las niñas, de la mano, rodean a la que ocupa el centro de la rueda que, agachadita, oye cómo le cantan “Estaba la pájara pinta / sentadita en hoja de verde limón, / con el pico picaba la hoja, / con la hoja picaba la flor”; la niña-pájara entonces se levanta y entona con las otras, acompañándose de gestos “¿Dónde está mi querer? / Me arrodillo al pie de mi amante, / dame una mano, dame la otra, / dame un besito para mi boca”; y el corro se detiene para completar el ritual y dejar elegir a la nueva soltera, “Daré la media vuelta, / daré la vuelta entera, / daré un pasito atrás / y te haré una reverencia. / Pero no, pero no, pero no, / que me da mucha vergüenza, / pero sí, pero sí, pero sí, / porque yo te quiero a ti”.

Como La pájara pinta, otras canciones de la tradición infantil han confiscado el símbolo de la soltería femenina en aves solitarias. Ha sonado igualmente en corros y combas la enigmática Tórtola herida que, lejos de la felicidad alcanzada por la pajarita al conseguir el amor, mantiene la cabeza torcida y el corazón contrariado: “Mi abuela tenía un peral / cargado de peras finas / y en la ramita más alta / cantaba una tortolita, / por el ala echaba sangre / y por el pico decía: / malhaya de las mujeres / que de los hombres se fían”.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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