Bob Dylan: el artista del trapecio

Tengo que reconocer que la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan me genera sensaciones contrapuestas. Por un lado, me agrada que la habitualmente arrinconada literatura rock conquiste, por fin y por primera vez, la solemne alfombra roja del gran galardón. Pero por otro, me disgusta que lo haga postergando un año más una valiosa y eterna nómina de escritores —¿alguien dijo Philip Roth?— que tendrá que seguir esperando para ver reconocido su grandioso trabajo con ocho millones de coronas suecas (unos 830.000 euros) y un aluvión de ventas (en este caso y también por primera vez, no tanto de libros como de discos o canciones). En realidad y prescindiendo de esta, en absoluto baladí, particularidad económica, ni uno ni otros necesitan imperiosamente que la Academia Sueca, o cualquier otra, venga a bendecir su producción literaria y Dylan ya lo puso de manifiesto cuando en 2007 fue premiado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes y al año siguiente con el Pulitzer de honor. Ya se sabe que los premios casi siempre suelen llegar tarde a las grandes citas.

Más que la irrebatible reverencia a su colosal figura, la controversia generada por la concesión del Nobel a Dylan ha llegado de la mano de su adscripción al ámbito literario. Dando por descontado que los miembros de la Academia Sueca habrán reparado antes en su capacidad para crear “una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción” que en el —seamos amables— desconcertante Tarántula (1971), el galardón parece responder a pies juntillas a aquella sentencia que el joven Robert Allen Zimmerman dejó para la posteridad, ya con el apellido artístico de su admirado Dylan Thomas, durante una entrevista en 1965: “No me llamo poeta porque no me gusta la palabra. Soy un artista del trapecio”.

Y cierto es que su supervivencia tiene bastante que ver con esa capacidad para desenvolverse en permanente flirteo con el riesgo y la controversia, para jugar con el equilibrio prescindiendo de la red hasta generar emociones, por momentos contradictorias. Y sus textos son, en gran parte, reflejo de ese patrón de vida que tan bien quedó retratado en el primer volumen de sus imprescindibles Crónicas (2004). Como bien se describía en las notas previas de sus traducidas Letras. 1962-2001 (2007), “una sintaxis tortuosa cuando no intransitable, metáforas descabelladas o decapitadas, alusiones enigmáticas, oraciones truncadas, citas encubiertas o descubiertas, visiones herméticas, cartas sacadas de la manga, juegos de manos y de palabras, ambigüedades zumbidos, equívocos, caprichos, extravagancias, caminos sin retorno, cantos que ruedan y balas perdidas…”. Un “caudaloso y múltiple desconcierto” que el propio Dylan ha ido alimentando pero también diluyendo a lo largo y ancho de su trayectoria, huyendo de los papeles redentores que la sociedad le iba asignando y buscando ser únicamente él mismo. Ahora contestatario, mañana religioso; hoy enigmático, más tarde dogmático; siempre controvertido. Por eso Dylan es Dylan.

Y su obra, indisolublemente compactada en lo musical y lo literario, cumple al pie de la letra con aquel precepto enunciado por otro Premio Nobel de Literatura, Dario Fo, cuya muerte ha coincidido curiosamente con el anuncio de la flamante concesión a Dylan: “siempre he tratado de poner en mis letras esa grieta capaz de golpear las certezas”.  En este nivel y a estas alturas, quizás lo de menos sea que un premio más o menos acreditado venga o no a certificarlo.

Salvador Catalán

Autor/a: Salvador Catalán

Desde hace más de veinte años desarrollo mi labor profesional en el ámbito de la gestión cultural universitaria. Durante este tiempo también he abordado una permanente colaboración como crítico musical en medios generalistas (Diario de Cádiz, Diario de Sevilla, La Voz de Cádiz,...) y especializados (Rockdelux) y como programador de festivales y ciclos musicales.

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