Vestidita de varón

El travestismo y la sexualidad encubierta por el travestismo han sido, como tantos otros temas vitales, asunto del folklore. Hasta hace nada hemos cantado en los corros infantiles el romance de La doncella guerrera, aquella hija menor de una numerosísima familia de mujeres que decide ocultar su feminidad y cumplir así con el deber patriótico: “Un capitán sevillano siete hijas le dio Dios / y tuvo la mala suerte que ninguna fue varón, / la más pequeña de ellas se puso en conversación / y dijo que iba a la guerra vestidita de varón”.

De la existencia de esta balada en la tradición oral tenemos noticia desde el siglo XVI y controvertidas son las especulaciones de la investigación acerca de su origen, quizás francés. Nuestros hijos, no obstante, la vincularían exclusivamente a Mulan, la película con la que la factoría Disney intentó, en 1998, ponerse al día en cuestiones de arquetipos femeninos. En cualquier caso, la coincidencia entre la leyenda china de la que parte Mulan y el romance hispano no hace sino confirmar una inquietud universal: lo ineficaz del binarismo de género como criterio de ordenación política, su insuficiencia para determinar los roles sociales y sexuales que los seres humanos pueden asumir.

Mulan preparada para la batalla.

El romance de La doncella guerrera no encontró obstáculos en la censura franquista y se divulgó en los cancioneros escolares de la Sección Femenina sin más problemas: el desenlace normativo del relato (el príncipe descubre la verdadera identidad de la joven y se desposa con ella, retirándola así de la guerra y de otras ocupaciones impropias de su sexo) garantizaba un mensaje claro y acorde con el espíritu nacionalcatólico. Las tropas deseducadoras de Pilar Primo de Rivera no supieron ver (miopía ideológica) que la canción de corro contenía otras cosas: un alegato feminista a favor de la participación de la mujer en la cuestión pública y –todavía más– un conflicto alusivo a la homosexualidad masculina, pues el príncipe no se enamora de la mujer guerrera, sino del soldado, por quien en todo el núcleo del poema suspira de amor: “De amores me muero, madre, de amores me muero yo, / que los ojos de don Marcos son de hembra y no de varón”. Cuestiones que sí detectaron los pedagogos silenciados de la II República, como pudieron ver los cientos de niños que entre 1933 y 1936 presenciaron la versión de guiñol realizada para el Retablo de fantoches por Rafael Dieste.

En cualquier caso, no es esta doncellita temeraria la única referencia sobre un tercer sexo guardada en nuestra memoria cultural.  Como nos contaba hace poco en este mismo periódico el profesor Francisco Vázquez, hasta el siglo XVIII el paso de la condición femenina a la masculina fue visto como algo normal, incluso como una opción de perfeccionamiento y mejora, de modo que los distintos grados de hermafroditismo (hombres lactantes o menstruantes, mujeres barbadas o viragos) encontraban vías para acomodarse en el tejido social. En el siglo XVI –el mismo en el que parece que prendió en la oralidad popular la balada de La doncella guerrera– ubica Carmen Baroja el contexto específico en el que comienzan a abundar las mujeres varoniles: “En España, estas mujeres guerreras que desnudándose del hábito y natural temor femenino demuestran ser andariegas y levantiscas empiezan con el siglo XVI cuando se constituyen los ejércitos regulares”.

Catalina de Erauso.

De ellas, sin duda la más renombrada fue siempre Catalina de Erauso, la Monja Alferez, de quien se tiene una primera noticia por una carta que un general de las galeras españolas en la expedición de Argel envía al cardenal Cisneros: “he tomado una monja en hábito de hombre…, no quiere decir de quién es hija, salvo que es de Toledo”. Por los mismos siglos sirvió en sucesivas guerras Juliana de los Cobos, quien recibió de Felipe II una renta anual para premiar “las muchas batallas y reencuentros en que quedó manca de una pierna”; y María “La Bailadora”, presente en la batalla de Lepanto donde, según las crónicas, “peleó con un arcabuz con tanto esfuerzo y destreza que a muchos turcos costó la vida y venida con uno de ellos lo mató a cuchilladas”. Andaba, en fin, también por allí Elena de Céspedes, de quien Carmen Baroja ofrece un retrato bastante detallado: “A los dieciséis años la casaron con un albañil, quien a poco la dejó abandonada…, tuvo un hijo y no sintiendo ninguna clase de amor maternal lo entregó a un extranjero que acertó a pasar por Sevilla…; en Sanlúcar fue apresada por haber dado puñaladas a un hombre; al salir de la cárcel cambió de vestimenta y fue mozo de labranza, pastor en un cortijo, soldado en guerra contra los moriscos, sastre en Arcos de la Frontera y médico en Madrid; se casó públicamente con la hija de un amigo quien, al descubrir su identidad, la denunció… Juzgada por el tribunal de la Inquisición de Toledo, fue condenada a salir en un auto de fe vestida de penitente y a recibir por el camino cien azotes por tener pacto con el demonio”.

El demonio. Naturalmente el demonio fue quien animó a estas mujeres a torcer el destino para el que Dios las había puesto en el mundo. El demonio que siempre anda suelto y que ahora, en las postrimerías de la modernidad, vuelve a hacer de las suyas.

 

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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