Del sexo único al tercer sexo

Francisco Vázquez (Universidad de Cádiz) y Richard Cleminson (Universidad de Leeds, Inglaterra) renuevan su colaboración en torno a los estudios socio-históricos del sexo y publican ‘Sexo, identidad y hermafroditas en el mundo ibérico’ (Cátedra). Hablamos sobre este revelador estudio con uno de sus autores: Francisco Vázquez.

Francisco Vázquez se presta a la entrevista con verdadera curiosidad por sí mismo, como si sus propias respuestas fueran a explicarle lo que él duda que haya podido explicar en sus libros. Hace treinta años se doctoró en Filosofía con una tesis titulada Foucault y los historiadores, análisis de una coexistencia, que le resultó decisiva “para entender la deuda de la Filosofía con la Historia y, en consecuencia, tener como punto de partida que el saber no se puede pensar en clave atemporal”. Desde entonces, sus investigaciones han estado guiadas por tal principio, a la luz del cual ha publicado, entre otros, Sexo y razón: una genealogía de la moral sexual en España, Historia de la prostitución en Andalucía o Los invisibles, una historia de la homosexualidad masculina.

Usted es doctor en Filosofía pero su trayectoria investigadora resulta un tanto heterodoxa, al menos en España, ¿puede explicar el papel de su disciplina en temas como la prostitución, la homosexualidad, el hermafrodistismo…?

Un cometido importante de la filosofía es, a mi parecer, poner al descubierto los poderes que determinan nuestro modo de ser y de pensar, de modo que podamos ejercer cierto control sobre ellos. La sexualidad, a pesar de su identificación espontánea con lo íntimo, con lo no político, es sin embargo uno de los ámbitos de nuestra experiencia donde los poderes y las normas perfilan más rotundamente nuestro modo de ser y de pensar, de ahí mi interés por esos temas.

Sexo, identidad y hermafroditas… traza un mapa social, político, moral, estético y emocional de las identidades sexuales entre 1500 y 1800, ¿cómo justifican ese paréntesis cronológico?

Nos interesaba sacar a la luz una configuración histórica de larga duración donde las identidades sexuales, a diferencia de lo que sucedió después, no se entendían como destinos biológicos o psíquicos fijos, de hombre y de mujer, sino más bien como una suerte de rango social, un estamento: se era hombre o mujer del mismo modo que se podía ser noble o villano.

¿Qué fuentes han utilizado?

Muy diversas: textos de médicos y de naturalistas, tratados jurídicos y teológicos, novelas y obras teatrales, literatura de cordel, procesos inquisitoriales, memorias, iconografía y representaciones plásticas.

Ustedes hablan de “paisaje mental”, ¿sería posible trazar una historia de la moral en la España de los últimos siglos a través de la cuestión de la identidad sexual?

Eso es lo que nuestro libro, en cierto modo, trata de hacer: cómo se instauraron y se transformaron las normas de género, esto es, las que establecen la diferencia entre las identidades masculinas y femeninas. Lo que sucede es que esas normas solo se comentan y discuten cuando algo las pone en cuestión, cuando tiene lugar una transgresión de las mismas. Mientras tanto funcionan tácitamente, en silencio, de modo automático. Por eso los hermafroditas y las personas que cambiaban de sexo operan como un sismógrafo moral: los discursos, las prácticas y las representaciones que suscitaron, todo ese chispeante murmullo histórico, nos permite reconstruir la silueta moral de una época, las normas que funcionaban en la definición de lo masculino y lo femenino.

Francisco Vázquez durante la entrevista.


La comprensión del hermafroditismo en esta dinámica histórica y diversa conmociona enormemente al lector, desde luego desbarata un montón de ideas preconcebidas; una tiene la impresión, por ejemplo, de que en los siglos anteriores al XVIII la sociedad se mostraba más dúctil y comprensiva que ahora ante la diversidad sexual y de que fue, paradójicamente, el Siglo de la Razón el que comenzó a coartar ciertas conductas…

Sí, así es, el modelo dual o cisgenérico, la distinción tajante entre varones y hembras comenzó a cuajar en la Ilustración pero solo se asentó de un modo estable en las décadas centrales del siglo XIX. La anatomía, la medicina forense, la psiquiatría, pero también el derecho civil y la filosofía, incluso la literatura y las artes plásticas trataron de mostrar entonces que las diferencias de emplazamiento social, ocupación y mentalidad entre hombres y mujeres se fundamentaban en distinciones biológicas inalterables. Antes del Siglo de las Luces, la valencia del hermafrodita era muy diversa; muchos médicos y naturalistas lo consideraban una posibilidad rara pero no monstruosa de la naturaleza, al contrario, mostraba la potencia divina a la hora de crear variedad, era una “maravilla” (mirabilia). La teología recordaba incluso la presencia de santas (Santa Paula de Ávila, Santa Liberada) que cambiaron de sexo gracias a una acción milagrosa del Señor; por el mismo tiempo, otros médicos y naturalistas, más próximos al aristotelismo, sí lo consideraban un monstruo y le asignaban la característica de “prodigio” en un sentido más bien negativo, como desviación del orden natural. Por otro lado, como el hermafrodita y el mutante sexual mostraban la fragilidad de las fronteras entre los sexos, en una sociedad donde la división de los rangos sexuales era fundamental para preservar las alianzas matrimoniales y la transmisión de la propiedad y del nombre, el derecho, la teología, pero también el teatro y las artes plásticas, señalaban las sanciones y los castigos que caían sobre estos personajes, asociados asimismo a la sodomía y al pecado contra la naturaleza. En el libro hemos sintetizado ese estado de cosas refiriéndonos al “Antiguo Régimen Sexual”.

La portada del libro reproduce un impresionante retrato de 1590 de Brígida del Río, conocida como “La barbuda de Peñaranda”, un caso de transformación de mujer a varón, como esos de Santa Paula o Santa Liberada. Los casos de cambio de sexo documentados por ustedes en la Historia, ¿atañen más a hombres convertidos en mujer o a mujeres transformadas en hombre?

El paso de la condición femenina a la masculina era lo más frecuente en la época dado que las distinciones entre hombres y mujeres tendían a ser pensadas a partir de un esquema jerárquico, de modo que la mujer era percibida como una especie de hombre imperfecto o defectuoso; además, regía también el planteamiento teleológico, de corte aristotélico, según el cual, la naturaleza solo podía cambiar desde lo peor hacia lo mejor, esto es, de mujer a hombre, pero no al revés. En este universo, muchas mujeres europeas, para mejorar de condición, es decir, de rango, se hacían pasar por hombres, y en algunos casos, como sucedió con Catalina de Erauso (la Monja Alférez), llegaron a culminar con éxito su empresa.

Mujeres masculinizadas, entiendo, que de alguna manera preconizaron el feminismo, o que por lo menos pusieron en cuestión el orden patriarcal…

No eran feministas avant la lettre, pero desde luego compartían con el feminismo moderno ciertas claves, el hecho de que la prensa decimonónica tachase a las sufragistas británicas o estadounidenses de hermafroditas indica cierta continuidad entre la historia y la prehistoria del movimiento feminista.

El autor en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz.

No deja de avergonzar un poco que actualmente nos creamos muy modernos porque empezamos a practicar un cierto reconocimiento de estados intermedios de la sexualidad, cuando en realidad —según ustedes demuestran— lo que hacemos es ir remediando una rigidez de pensamiento acrisolada en el siglo XIX, que acabó con esa antigua percepción, mucho más maleable, de las diferencias sexuales.

En la época que limita nuestro estudio existe una comprensión ante la posibilidad de cambios de sexo, particularmente de mejoras de sexo, como se decía entonces, transiciones de mujer a hombre, e igualmente se reconocía la existencia de figuras intermedias (hermafroditas diversos, hombres lactantes o menstruantes, mujeres barbadas, víragos o mujeres megaclitorídeas).

¿El sexo es una construcción cultural o social?, ¿hasta qué punto depende de la fisiología y hasta qué punto se conforma desvinculado de ésta?

En la construcción del sexo se produce una interpenetración de lo biológico, lo social y lo cultural. Lo sociocultural modela lo biológico, pero lo biológico no es puramente pasivo, sino extraordinariamente dinámico. Afortunadamente hoy se tiende a pensar lo biológico, no como un ámbito fijo y compartimentado, fuente de determinismos, sino como una esfera donde rige la pluralidad, la plasticidad, la libertad, la desviación. Somos cultural y sexualmente diversos porque somos biodiversos.

¿Somos ahora más o menos tolerantes y comprensivos con el hermafroditismo de lo que fueron nuestros antepasados de hace doscientos años?

Afortunadamente organismos internacionales vinculados a la defensa de los derechos humanos, como Amnistía Internacional, el Consejo de Europa o las Naciones Unidas, han condenado recientemente la práctica, iniciada hacia 1950 y todavía en curso, consistente en normalizar quirúrgicamente a los bebés nacidos (por motivos genéticos, endocrinos) con genitales ambiguos, transformándolos en mujeres (“normales”). Esta práctica, que al menos desde el denominado Consensus Statement (2006) fijado por los endocrinólogos, exige el consentimiento de los padres, lleva por ejemplo a reducir —y hace unos años a extirpar— el clítoris de niñas genéticas con hiperplasia adrenal congénita (una variante intersexual). Los organismos que he mencionado y cada vez más legislaciones (Malta, Argentina, Dinamarca) consideran esta práctica como un tipo de mutilación genital y establecen la conveniencia de evitar el intervencionismo, al menos hasta que el niño sea capaz de decidir. Para que esto fuera posible ha sido decisivo el compromiso de los activistas intersexuales, cuya movilización, poco conocida por el gran público, se inició en los años noventa. Pero todavía queda mucho que hacer para que nuestras sociedades se acostumbren a aceptar que en materia de sexo la triste y esquemática dualidad debe ser reemplazada por el arco iris que nos atraviesa.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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