Echo de menos, entre tantas sombras de Grey, una segunda parte de aquel ensayo lúcido y sentimental -¡qué difícil!- que Carmen Martín Gaite publicó en 1987 con el título de Usos amorosos de la postguerra española. El libro de la salmantina, siempre esperando el porvenir, terminaba así: “Pero ésa es otra historia, también bastante enredosa y compleja: la de los usos amorosos de los años sesenta y setenta. Esperemos que alguien tenga la paciencia de reunir los materiales de archivo y de memoria suficientes para contárnosla bien algún día”.
Se me ocurre que esa “otra historia” podría empezar el día en que José María ïñigo entrevistó ante toda España a Esther Vilar. Corría el año de paz de 1975, Íñigo ya había provocado dos escándalos: el de Aleksandr Solzhenitsyn (“ustedes tienen mucha suerte con Franco”) y el de Uri Geller (de inquietante parecido físico con Georgie Dann). A Esther Vilar la trajo a televisión para que hablara de su último libro, El varón domado, el cual, a raíz de aquello, se colocó fulgurantemente entre los tres libros más vendidos del año, como si lo de “lo dejo todo atado y bien atado” del agonizante no tuviera límites.
Por aquélla y otras entrevistas realizadas en diversas televisiones europeas la Vilar sufrió escarnio, violencia y persecución perennes, nunca comprendidos del todo por la autora, que -según ella- se había limitado a constatar hechos objetivos: “El hombre fue entrenado y condicionado por la mujer, de manera no muy distinta a como Pavlov condicionó sus perros, para convertirlos en sus esclavos. Como compensación por su labor los hombres son premiados periódicamente con una vagina”. O sea, más o menos lo que las españolas nacidas de los sesenta para atrás habíamos venido escuchando en las conversaciones de nuestras madres, tías y primas mayores.

Por poner una fecha, terminaría esa “otra historia” con una novela de Antonio Gómez Rufo, Adiós a los hombres (2004), buen recuento de la soledad en la que hombres y mujeres cayeron –caímos– tras décadas de rebelarse –rebelarnos– contra la cacareada doma amorosa.
Para algunos prologuistas de la obra de Gómez Rufo el mensaje del relato es indudable. Antonio Gómez Yebra, en concreto, propone la etiqueta de femina hominis lupus para una novela que, a su juicio, plantea esencialmente cómo “la mujer abusa del hombre”, cómo “la mujer del siglo XXI ha encontrado las debilidades del hombre y utiliza ese conocimiento para hacer de él y con él lo que le place, para convertirlo en un juguete entre sus manos”. Indudablemente Juan, el protagonista, es un emblema de la masculinidad quebrada, de ese antihéroe que en la literatura y en el cine se puede atisbar desde mediados del siglo XX, cuando la feminidad hegemónica comienza a desestructurar los pilares básicos del sistema patriarcal.
Sin embargo, opino que la tesis de Adiós a los hombres va más allá de ese planteamiento unilateral de las relaciones hombre-mujer, y que la novela no solo descansa en la idea de la masculinidad indefensa, sino en una más amplia certeza de soledad: soledad e incomunicación entre hombres y mujeres, e incapacidad de unos y otras para la interlocución.
Es cierto que la tragedia de Juan, ahogada en el insuperable silencio, tiene dimensiones gigantescas que se pronuncian sobre el apocalipsis humano vivido por el individuo moderno. Pero no lo es menos que los dramas de Claudia, Laura y Consuelo –pilar complementario de la novela– delatan la batalla perdida por el feminismo del siglo XX: la del amor. Que Claudia no sea capaz de vivir el sexo con su pareja tras comprobar su esterilidad, que Laura no sea capaz de comunicarse con su amante a través de la poesía, o que Consuelo no sea capaz de despertar en un hombre otra cosa que la necesidad de protección, son evidentes fracasos, muestras de que la independencia de hombres y mujeres no ha sabido, en nuestra historia, identificarse nada más que con la más amarga de las soledades.
Entre una (El varón domado) y otra (Adiós a los hombres) colocaría yo la segunda parte de lo que Carmen Martín Gaite quería contar, a saber: el descrédito del feminismo. A ver si alguien reúne la paciencia, el archivo y la memoria para explicarlo.

