Una historia triste

‘Marga’. Edición de Juan Ramón Jiménez.
Prólogo de Carmen Hernández-Pinzón y semblanza de Marga Gil-Roësset a cargo de Marga Clark.
Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2015. 103 pp. + láminas y reproducciones.

Marga-portada-630x1024Juan Ramón, que lo guardaba todo, hizo lo propio con los papeles que quedaron de una de los episodios más amargos de su vida. Una muchacha joven y valiosa, prometedora escultora y dibujante, se suicidó por él. Por amor, como suele decirse, aunque posiblemente nuestra moderna tendencia a emitir un diagnóstico donde antes solamente se asentía a la omnipotencia de los sentimientos encontraría hoy otros términos acaso menos gratos para calificar ese trágico gesto.

En la edición que la Fundación José Manuel Lara ha hecho de estos papeles juanramonianos no se ha dado cabida, por fortuna, a ningún forense. Han terciado discretamente familiares de uno y otro lado y se ha dejado la voz a los protagonistas de la historia, que no son otros que la infortunada muchacha, Marga Gil Roësset, el poeta Juan Ramón Jiménez y su mujer, Zenobia Camprubí. La primera dejó un breve diario que hoy puede leerse como la cuenta atrás hacia un desenlace ya previsto que sus coetáneos no pudieron prever o evitar. Juan Ramón dejó un puñado de hermosos poemas de su etapa intermedia, acaso la más plena, en la que se mezclan resquicios de su antigua exuberancia juvenil y certeros atisbos de la contención expresiva que sería la marca más característica de su poesía de madurez. Y Zenobia, con esa especie de desentendimiento suyo supremo hacia el esfuerzo literario –para el que, sin embargo, estaba magníficamente dotada–, un intento de semblanza de la que fue visitante habitual de su casa y luego sombra ineludible en el recuerdo de los dos cónyuges.

Se lee el conjunto en un suspiro. Pasa el lector, primero, con cierta impaciencia por el diario espasmódico y casi agramatical de la suicida; en el que, sin embargo, no dejan de apreciarse rasgos lúcidos, e incluso de cierto humor, a la hora de describir su estado de ánimo y el trato que recibe del poeta, siempre atento aunque quizá inevitablemente distante. Hay también algo de descargo de conciencia: por ejemplo, cuando la autora de estas notas inconexas encuentra asiento para elaborar una relación de los libros primerizos de Juan Ramón Jiménez que ha robado de particulares y bibliotecas para devolver al poeta, entonces obsesionado con destruir toda huella de esa fase concreta de su obra. Y hay, por último, ese implacable modo de razonar del suicida que se cree justificado: “… Y como sin ti … es que ni quiero, ni me importa nada … / … lo mejor es morirme… / … y para morirse cuando aún se es joven … pues … hay que matarse …”.

Vienen luego los poemas de Juan Ramón, que el poeta incluyó en La estación total con las Canciones de la nueva luz (1946), y que adquieren, en el contexto de estos papeles agrupados, un matiz algo distinto al significado más filosófico y reflexivo que tienen en su ubicación final. Marga se convierte, en estos poemas, en una especie de símbolo desencarnado del deseo de plenitud del poeta: “¡Qué plenitud, tú en lo definitivo, / fundida a lo que nunca cambiará ya de historia [!]”. Más concreta y pormenorizada es la semblanza en prosa que le dedicó, y que se publicó en alguna edición póstuma de Españoles de tres mundos. Y más prometedora incluso que esa semblanza es la que dejó inacabada Zenobia Camprubí, en la que quizá ésta temió que su inapelable sentido común, tan certero a la hora de juzgar personas y situaciones (véanse, si no, sus diarios), pudiera terminar infringiendo la sutilísima línea de piedad y delicadeza que el matrimonio se impuso para recordar este desdichado episodio.

De un suspiro se lee, decía, este puñado de papeles, que se complementa con un pequeño dossier de prensa y algunas fotografías y reproducciones de la obra de Marga, y que todavía alcanzan en proyectar sobre el lector la enorme melancolía de la historia que testimonian.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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