Capítulo 8. Andrés y Concha.
Ya nadie enviaba cartas por correo. Ahora usaban el internet, o se comunicaban con los móviles, esas letras chiquititas que él no veía bien, porque las pantallas estaban hechas para los jóvenes. Ahora las cartas sólo las enviaban los bancos. Facturas y más facturas, avisos de cobro. Qué dolor de papeles malgastados
Dudó ante la boca del buzón, que ahora era amarillo y feo, no metálico, como en sus tiempos. Y al dudar recordó el miedo que le daban esos otros buzones, los más antiguos, los de su niñez, cuando tenían forma de león con la boca abierta. A veces soñaba que al meter la mano, ñam, el león se la comía. También podía, ya puestos, pillarle los dedos cualquiera de estos otros buzones modernos. Otra trampa, como tantas. Otro cepo.
Se armó de valor, otra vez. Fue sacando las cartas, una a una, y las introdujo en la ranura con parsimonia, como si fuera un cura que reparte la hostia a los feligreses. Una, dos, tres, cuatro. Dudó en las dos últimas. Era muy posible que no sirvieran de nada. Pero qué demonios, también era muy posible que las demás tampoco.
Esperó un momento ante el buzón, las manos ya vacías, temblorosas. Como si esperara que fuera a escupírselas o, si acaso, pudiera escuchar el sonido mecánico de engranajes secretos que llevaran sus cartas a sus destinos. Luego, porque sabía que el servicio de correos no funciona así, se dio media vuelta y regresó a casa.
Pasó ante la panadería. No compró pan hoy. Debía, por cierto, el de dos semanas. Lo sentía por Manolo. De todas formas, era poca deuda.
Pasó ante la plaza, las manos en los bolsillos, la mirada perdida en el dibujo de su sombra en el suelo. No lo saludó nadie. No tuvo necesidad de hacerse el tonto. Tal vez no lo reconocieron, tal vez tenían sus problemas propios. Los apestados se reconocen entre sí, no lloran en público.

Llegó a su calle. Hoy no había reporteros, ni periodistas a la espera, ni manifestantes. Mejor. Entró en el portal, miró si había cartas (qué ironía) en el buzón. No había ninguna. Subió las escaleras, pese al esfuerzo, porque no quería, hoy, la velocidad del ascensor.
Entró en la casa. El olor familiar mezclado con el de la podredumbre y el deterioro. Cerró la puerta, pero hoy no echó la llave.
Lo recibió la tos apagada y débil, como siempre. Concha estaba despierta. Se había despertado igual que él, o no había dormido en toda la noche, como no había dormido él tampoco. La tos que no la dejaba, y lo que significaba.
Entró en la habitación. Concha estaba acostada, apoyada en las almohadas, el vaso de agua sobre la mesilla de noche.
—¿Ya? —preguntó con una voz que era ya un hilo.
Andrés se quitó la chaqueta. Se sentó junto a la cama, le cogió la mano. Tantos años, tantas vivencias, tanto tiempo de amores y de discusiones, de estrecheces y de alegrías. Hasta llegar a esto.
—Cuando tú quieras, Andrés.
La voz de Concha, tan débil, tan dolorida, un susurro que venía de lo más profundo de la tristeza.
—Es que no quiero.
—Ni yo tampoco. Pero no nos queda más remedio.
Con lentitud, Andrés se levantó, dio un paso adelante, notando que las piernas le temblaban. Ella le sostuvo la mano, con fuerza, como cuando eran novios. Y lo besó, un beso arrugado y melancólico. No lloraba. Andrés sí.
Retiró la almohada de debajo de la cabeza de la anciana. La colocó con ternura sobre su nariz y su boca. Apretó. No hizo falta demasiada presión, ni demasiado esfuerzo. Ella se rendía ya, como se había rendido hacía meses a la invasión del cáncer. La mano sobre su mano se detuvo, hasta quedar flácida. Aun así, entre lágrimas, Andrés no retiró las manos hasta que estuvo seguro de que ya no respiraba.
Dio un paso atrás. No se atrevió a retirar la almohada del rostro asesinado. Quería recordarla tal como era, tal como la veía en su imaginación, tal como había sido en otro tiempo.
Salió a trompicones de la habitación. En las películas, siempre había una escopeta a mano, una pistola, una katana. Él no tenía nada de eso. Con paciencia, porque le dolían las articulaciones, se aupó a la silla. Se colocó la soga al cuello. Un segundo de vacilación, pero qué importaba ya nada. Iba a morir, como ella, en la calle en cuanto vinieran a echarlos.
Colgó un minuto largo, hasta que ya no pudo respirar. Ni lo sintió. Cuando duele el alma, no importan los dolores del cuerpo. Pensó, mientras se apagaban sus luces, en las cartas y sus destinatarios: los periódicos de la ciudad. No quería, cuando llegaran los jueces, que pensaran que esto era un crimen pasional, o eso que estaba tan de moda, un caso más de violencia de género. Las cartas no eran una confesión, sino una acusación. Un testamento.
Que supieran todos que esto no era ni siquiera un asesinato con suicidio posterior. Era un doble asesinato. Y tanto Andrés como Concha, jubilados, rotos, engañados, estafados, eran las víctimas.
Luego el mundo se pintó de negro. Sólo quedó el blanco de las cartas revoloteando hacia su destino. Eso fue todo.

