Hijas de un sol naciente. Tríptico zenital (2020-2025). Joan de la Vega. Editorial Cántico. Córdoba, 2026. 232 pp.
Reconozco que cuando leí por primera vez el subtítulo de Hijas de un sol naciente, de Joan de la Vega, no pude evitar rememorar el cuadro de El Bosco, El jardín de las delicias, la pintura más compleja y enigmática, también una de las más conocidas, del pintor neerlandés Jheronimus Bosche. De hecho, cuando abordé el prólogo de este poemario, supe que también iba a encontrarme un libro complejo y enigmático al que debía acercarme, no con un lápiz en la mano, sino en una actitud contemplativa, casi reverencial.
Los biombos japoneses –esos objetos absolutamente fetichistas por el erotismo que encierran– también comparten tres paneles, tres formas que ocultan o muestran, según la luz y el lugar donde estén colocados. Tres superficies. Tres caras. Tres vertientes, tres espacios temporales, igual que Hijas de un sol naciente: tres libros, recogidos en uno sólo, igual que cuando se pliega el biombo.
Si los poemas son lugares habitables y no lugares de paso, si el poema es un espacio que hay que atravesar e interiorizar aquello que nos enseña, este libro es una casa con multitud de habitaciones, cada una bañada por una luz distinta, cada una impregnada de un perfume distinto, pero con una sala común, donde convergen todos y cada uno de los espacios.
Cada lector entra en un libro por unos motivos determinados, recorre un camino propio y vive una experiencia singular. Cada libro es distinto en manos de cada lector que decide leerlo. No hay una lectura igual, porque así lo dispone la poesía. Cada cual recorre el sendero prestando atención a una cosa u otra y yo me acerco a este libro desde una perspectiva distinta, conociendo al autor, por eso, esta no es una reseña que se limite a alabar las virtudes estilísticas de un haijin.
Ya que, en Joan de la Vega, no veo sólo a un haijin, que domina con maestría el arte del tanka y su versión posterior, más humilde aún, pero de una potencia escénica y conceptual sobrecogedora, el haiku (Tres líneas al azar/ son suficientes/ para sostener mi mundo). Su conocimiento de la cultura, la estética y la literatura japonesas me resultan casi asombroso; su pozo de lecturas se vuelca en este libro como un cuenco de tinta, bañando cada uno de sus versos, cada uno de sus apartados, cada una de sus meticulosas explicaciones. No obstante, como digo, el poeta no se nos muestra como un simple haijin –si es que este adjetivo puede aplicársele a alguien que vive con atención plena el momento presente y tiene la destreza de captar en un texto un instante efímero y bello (Aware)–, el poeta que se adivina entre este despliegue de virtuosismo oriental es un humanista convencido.
Una naturaleza arrolladora y fascinante aparece como escenario de fondo; la montaña como refugio y el tiempo que transcurre, como consuelo, como respuesta, como cicatriz visible de algo que sanó y reconvirtió al autor en lo que es en el momento presente. El aliento vegetal discurre por todo el poemario, como una enredadera ascendente por ese biombo zenital, impregnado de emociones primarias como el dolor, el duelo, la incertidumbre o el amor.
Veo un reflejo claro de Whitman y su cosmic consciousness; esa evocación del misterio del cosmos, esa perplejidad por aquello que no logra abarca la mirada. La unión trascendental con el Todo, ese Todo incomprensible que la vida humana no consigue asir del todo. La pertenencia, como un átomo más en perpetua vibración, a todo el universo, sin ser parte más alta, más digna, más noble, sino simplemente parte. El poeta describe desde el «asombro de su pequeñez, desde «el agradecimiento que surge del corazón» (Kansha), con la inocencia de un niño, «la inocencia en su máxima expresión» (Tenshinranman).
Entiende el poeta, y así nos lo transmite, lo verdaderamente importante, quizá el único cometido que nos es encomendado al nacer: el Ikigai, ese bellísimo término tan profundo y tan simple a la vez, que nos describe lo que realmente vale la pena hacer en la vida. Así es «la palabra que irrumpe detrás de cada loma o la razón del río por encima de sus aguas».
Hijas de un sol naciente es un poemario-lanza, que hiere y ahonda en todas las vertientes de la herida humana. Porque la poesía debe herir la sensibilidad del lector, si no, no es poesía, es un producto artístico. El poeta nos dice: «Sanar la mirada/ de los residuos del arte. Librar el aliento/ de las transparencias del plástico».
Me conmueve este poeta-montañero; corredor, trepador de bosques y senderos, autor de este poemario de luz, Hijas de un sol naciente. No es fácil encontrar hoy un poeta que traspase la fina capa de piel y sea capaz de acceder al interior de quien se acerque a su lectura. Joan de la Vega lo consigue y, como dije al principio, sus poemas se habitan y te invitan a caminar con ellos, a escalar cumbres y bañarte en arroyos secretos.
Hay algo luminiscente que se advierte tras su mirada profunda, como una hoguera que le ardiera dentro.



