Los dances de la comarca de Los Monegros, arcaicos bailes masculinos, todavía se ejecutan al son de una gaita de boto, construida con un espacioso depósito de aire confeccionado con la piel de una cabra y con tres tubos sonoros (clarín, bordón y bordoneta) cubiertos exteriormente con piel de culebra. Cada 26 de julio, al regreso de la procesión de Santa Ana, mientras se baila aparece siempre el diablo tratando de parar la fiesta y siempre, entonces, interviene un ángel que lo derrota y que permite que continúe el canto y la danza.
Distracción también de pastores de las zonas montañosas más al norte ha sido durante siglos el rabel, el violín rústico que tomaba su cuerpo de la madera ahuecada o del latón, y cuyo arco –como las cuerdas de las más primitivas guitarras– eran cerdas de cola de caballo hábilmente tensadas. A falta de otros materiales, el cuerpo del rabel fue a veces una simple vejiga (de cabra u oveja) inflada, a la que hacía sonar una sola cuerda.
Con vejigas de cerdo se apañaron muchas zambombas cuando no hubo cántaro o latón a mano para diversiones. La membrana del animal se inflaba con una paja que a la vez hacía de carrizo y extraía el latido acompasado del instrumento. Vejigas que también fueron humildes pelotas de las infancias más humildes, como retrata Goya en sus cartones.

Tegumentos de diversos animales nos sirvieron para usos tan distantes como la avaricia y la música: desde la piel de gato en la que los más acaudalados guardaban sus monedas hasta la de conejo que estrenamos aún muchos en nuestras zambombas infantiles, o las de cabra y oveja que siguen regalando el sonido de panderos y panderetas. Y hasta cuerpos enteros fueron caja de resonancia para el baile y el canto, como las guitarritas y charangos americanos, construidos con armadillos o mulitas, hoy en peligro de extinción.
Siguen en algunos sitios de Castilla repiqueteando las hueseras o arrabeles, collares de hueso (de mano de oveja o de tibias de cordero o cabrito) que, frotados con una castañuela, son percusión tintineante en rondas y bailes. Y siguen confeccionándose gaitas y pitos con cuernos agujereados, que sonaron en la soledad del pastoreo o en el bullicio de las fiestas populares a veces como serenata y a veces como chanza.
Esto es un homenaje a los animales que nos regalaron su cuerpo para la necesidad quizás más apremiante del hombre pobre: la música. Y es también una protesta contra la mezquindad y la mentira que un puñado de señoritos (toreros y afines al negocio del toreo) exhibieron hace unos días por las calles de Valencia, manifestación pro-taurina en la que manejaron sin escrúpulos y sin vergüenza términos que se ensucian en sus pancartas y sus labios: tradición, cultura, pueblo o libertad.

