Conversar con el escritor y periodista Óscar Lobato (Madrid, 1958) es siempre agradable por su carácter abierto, su socarronería crítica y por la claridad con la que expone sus ideas como lector y como escritor. Esas cualidades, apertura de miras, socarronería y claridad, están cimentadas en un amplio conocimiento de lo real que ha ido forjando durante años, no solo con la lectura de libros, sino también mediante la observación directa en su entorno cercano y en numerosos viajes. Esta forma de trabajar, consustancial a su personalidad, le ha convertido en un periodista respetado y en un novelista ágil, entretenido y «muy visual» según sus propias palabras. Ha publicado hasta la fecha en España tres novelas: Cazadores de humo, Centhaure y La fuerza y el viento.
Buenos días ¿Qué tal, cómo está?
Estupendamente.
¿Es importante para usted el estado de ánimo para escribir, lo aprovecha para escribir sobre determinados ambientes o personajes o intenta aislarse de sí mismo cuando se sienta a trabajar?
Yo pertenezco al grupo de los escritores torpes, necesito hacer cada día en torno a diez horas, que es el tiempo que dedico a escribir, por eso tengo que madrugar y por eso continúo trabajando por la tarde. El momento creativo, el momento en que escribes por primera vez un capítulo, es lo que suelo desarrollar en la jornada de mañana y la tarde la dedico a revisión, bien a acelerar, bien a meter tensión o simplemente a reflexionar sobre lo escrito e intentar mejorarlo. La inspiración es un diez por cierto y la transpiración es un noventa por ciento.
De las actividades de su taller personal de trabajo: leer, escribir, corregir, pulir, ¿Cuál es su verbo preferido?
Es que es todo. Escribir es el momento más creativo, el momento en el que estás manchando por primera vez el atril de la pantalla, antes era el folio en blanco. Lo que a mi me sucede es que mi propio estilo literario deja poco lugar para lo que se entiende la creación libre literaria. Quiero decir que yo no soy un poeta que puede utilizar más libremente sus sentimientos sino que soy un novelista y, por tanto, un relator. Hay personas que son capaces de definir muy bien personajes, situaciones y pasajes de lo que está escribiendo desde un punto de vista muy subjetivo y hay otros que narramos desde el punto de vista del narrador omniscente. Eso, si además se atiene a otra de las características de mi estilo, según los lectores, que es que ellos pueden leer muy rápidamente y avanzar muy rápidamente por la trama, es un producto de técnica, no de naturalidad. Yo mismo me someto varias veces a ese proceso a fin de acelerar el resultado final y por eso no puedo decir que el tema sea escribir, corregir, leer o recapacitar porque forma parte de todo el proceso, más aún cuando mis novelas tienen otra condición inherente: al menos el cincuenta por ciento de lo que narro en la novela es verdad, son hechos reales, lo que no quiere decir que los hayan vivido mis protagonistas, que pueden ser más o menos ficticios; pueden ser sucesos que hayan ocurrido en otro tiempo a otra persona pero que yo estructuro en la narración que estoy realizando. Y eso también me obliga a mantener el tercer desafío que me propongo cuando escribo una novela, y es que todas mis novelas tienen que estar escritas en un tiempo cercano al lector, puede ser el presente, puede ser un pasado muy cercano o puede ser una cosa de futuro muy inmediato. Ese período, evidentemente, lo hago abarcable pues, a lo mejor, hasta retraerme a cincuenta años antes posiblemente, en el más largo de los casos, y eso es algo que obliga mucho al escritor a verificar lo que está haciendo porque el lector puede haber vivido o puede conocer muy bien eso que estás narrando.
Hablemos de su última novela publicada, La fuerza y el viento. Es un relato muy cinematográfico, ¿Hay algún productor interesado en hacer un largometraje o una serie de televisión? ¿Algún proyecto en ciernes?
Yo de ese aspecto no suelo preocuparme porque para eso pago a una agente literaria que es la que se supone que al final va a negociar esos temas. Lo que sí me gustaría es hacer un poco de hincapié: Yo soy un gran amante del cine desde mi más tierna edad, es más, considero que soy de la generación que recibe una gran parte de su formación cultural a través del cine teniendo en cuenta que el cine es una ficción, por tanto una mentira y por tanto me está mintiendo para contarme una aventura entretenida. Lo que sucede es que cuando hablamos de cine, inmediatamente se nos viene a la memoria o a la mente la industria cinematográfica estadounidense. Esa industria vive al margen de la industria a la cual pueden acceder la mayor parte de los novelistas españoles, que es la industria cinematográfica española o la producción televisiva española que, afortunadamente, en los últimos tiempos está dando series muy interesantes a las que no hay que pedir veracidad pero que sí hacen pasar un buen rato. ¿Qué sucede?, pues que el momento económico no es idóneo para producciones cinematográficas, por supuesto tampoco para producciones televisivas, que además los directores cinematográficos suelen leer poco, son personas que viven alimentándose de cine pero, con algunas contadas excepciones, no son grandes lectores, y entonces quien les propone la idea a lo mejor suele ser un guionista o un productor, pero el director de cine está muy preocupado en hacer películas, lo que en España es un auténtico logro. A esto hay que añadir que la diferencia salarial de guionistas/novelistas entre Hollywood y Europa es abismal y entre Hollywood y España ya ni te cuento. Los mejores guionistas de televisión, de las series que más triunfan actualmente en televisión, ganan casi menos de la mitad que el guionista en activo peor pagado de una productora de televisión o de cine. Hay una anécdota famosa de un guionista de renombre al que se le llegaron a pagar dos millones de dólares por una sinópsis de cuatro páginas; yo creo que es una exageración, por eso no voy a citar al personaje, pero sí quiero decir que esa industria en Estados Unidos maneja unos capitales que en Europa no existen, ni mucho menos en España. Luego si un director se interesa por el tema de una novela el ofrecimiento en España va a ser realmente miserable, digamos que va a compartir toda la carencia que tiene la industria cinematográfica española.

¿Me está diciendo que ha rechazado una oferta para llevar esta novela a las pantallas porque no le ofrecían suficiente dinero a la editorial o a usted?
Vamos a ver, los derechos de adaptación para cine son míos, no son de la editorial. No esta novela, desde que yo empecé a escribir novelas siempre ha habido personas interesadas en hacer películas y eso se debe a que tengo un estilo narrativo muy visual y es muy fácil, digamos, que una persona vea, sin ningún tipo de problemas, lo que estoy narrando; eso también es una técnica que adquirí en el ejercicio de la profesión periodística, y quien más o menos me sigue desde esa época sabe que siempre he escrito así. Entiendo que para vender esos derechos de producción hace falta llegar a un precio que sea acorde, acorde a la capacidad de producción cinematográfica española pero acorde también a la necesidad de creación literaria. Un novelista a lo largo de su vida puede hacer un determinado número de novelas y entonces, regalar esos derechos, tampoco. Y sobre todo hay una cosa que es la que más me tiene, digamos, cavilando, a la hora de ceder: yo no pretendo que mis novelas sean películas. Si un señor o una señora convierte esa novela en película, es el mérito de ese director y de sus guionistas y de su director de fotografía e incluso de sus intérpretes, por supuesto de su productor. Yo no tengo el más mínimo interés en hacer guiones. Mis novelas son novelas, están escritas para ser novelas. Todo ese trabajo lo tienen que hacer los cineastas y evidentemente como adoro el cine pues sé que una novela no es necesariamente una gran película ni una gran película es necesariamente una buena novela.
La fuerza y el viento está dedicada a Victor Dupuy. ¿Tiene este hombre alguna relación con los personajes de la novela? ¿Quién es, quién era?
El trasunto real de Uriel Gamboa.
¿Qué es lo que conoce usted de Víctor Dupuy?
Pues, apenas dos fotos de su infancia, una enorme cantidad de testimonios de personas que estuvieron con él o coincidieron con él a lo largo de su vida y una enorme cantidad de información que existe en archivos administrativos tanto españoles como italianos, franceses y británicos, porque, evidentemente, a las actividades a las que se dedicó Dupuy y sus otros compañeros reales dejaron huella. Otra cosa es que, como se dice en la ficción de la novela, ellos pudieran hacer lo que hicieron, en algunos casos auténticas salvajadas, porque también vivieron en un momento en el que la humanidad estaba más pendiente de otros acontecimientos.
En la realidad se sabía, se intuía, se pensaba, se les atribuían, existían documentos hablando de esta gente, pero lo cierto es que, salvo uno, los verdaderos protagonistas de ésta historia jamás fueron detenidos y cuando se detuvo a uno de ellos fue por una falta menor, pagó la cuantía de la sanción y siguió adelante.
Elegir es también descartar, lo hacen los editores y lo hacen los autores: ¿qué le lleva a decidirse por contar una historia en concreto y descartar otra?
Yo empecé a escribir cuando tenía historias que contar, por eso en mis novelas hay al menos un cincuenta por ciento de realidad, en algunas más, en La Fuerza y el viento yo diría que ese porcentaje llega casi al noventa por ciento de la novela. Insisto en la explicación que he dicho antes, el hecho es lo real, la trama lleva una componente de ficción porque si no, no es una novela . ¿Qué sucede? Que cuando llegamos a esta conclusión de que voy a contar historias es porque tengo esas historias, yo las he ido acumulando. Yo sé de qué va esta novela que viene ahora, pero evidentemente sé también de qué va la siguiente y sé de que va la siguiente y sé todavía de qué va la siguiente, lo que haga por el camino será juntar las piezas. A partir de ahí se me habrán acabado los temas con los que empecé a escribir novelas pero claro, ¿qué ocurre?, que en el camino te van llegando ideas. Creo que los novelistas, o por lo menos yo, trabajamos en dos planos: estoy con unos amigos, con mi familia, o haciendo una presentación en una ciudad determinada y mientras una parte de mí está dedicada a estar charlando con los amigos, con mi esposa, tengo otra parte del cerebro que está fabricando situaciones. Por ejemplo, en La fuerza y el viento hay un episodio en Irlanda que yo viví cuando fuimos a visitar esa zona. Cuando esos amigos míos vieron el episodio reflejado se quedaron de piedra, pero claro, ellos sí sabían que el episodio era real y sabían cómo se había producido y de pronto, al verlo dentro de una narración, se quedaron un poco sorprendidos. Pero curiosamente son los que, por decirlo de alguna manera, lo somatizaron, dijeron «perfecto».
¿Recuerda a qué edad empezó a escribir historias de ficción?
A escribir, posiblemente con once años.
¿Por qué recuerda que fue con once años? ¿Qué detalle le lleva a decir esa edad?
Empecé a leer muy pronto. Empecé a leer, entendámonos, con letras gordotas, pues calculo que tendría tres años. Cuando me fui apasionando por la literatura posiblemente tendría nueve años. Tuve la suerte de que en mi casa, tanto mi padre como mi madre eran muy lectores, y eso les hacía tener una percepción de la literatura muy contraria a la que se daba en aquella época en España. En España otra de las cosas que arrastramos es que el libro era un artículo peligroso, lo fue para el franquismo. El libro es generalmente peligroso para cualquier tipo de dictadura, aunque se suponga que sea de ficción. Obliga a pensar y ninguna dictadura, ningún sistema totalitario, quiere pensamientos ciudadanos, por eso es por lo que este Gobierno presta la consideración que le tiene a la literatura, no hay más que echar un vistazo a la Ley Wert y saber de qué va el tema.
Yo podía leer con esa edad historias que no eran específicamente para niños. Luego estudié en un internado donde la televisión era algo realmente muy limitado, primero porque no había muchas y las que habían estaban evidentemente destinadas al profesorado y en segundo lugar porque cuando se nos permitía ver televisión estabas en un horario de recreo en el que no tenías acceso a ningún tipo de contenido que no fuera lo que se conoce ahora como la franja horaria infantil o juvenil. Y a mí no me interesaba, a mí me interesaba todo lo que había en la biblioteca. Era muy curioso porque, gracias también a un magnífico profesor que tuve, tenía oportunidad de leer novelas que se supone que son para adolescentes y alternarlas con novelas que no lo son en absoluto y con libros clásicos. Recuerdo que yo terminé en una misma semana Dubai de Robin Moore, El Rey Lear en la colección de libros de Argos-Vergara, y La máscara de carne de Maxence Van Der Meersh, y tendría quince años. Cuando hoy tú le planteas a una persona que en ese instituto, en ese colegio donde yo estudié, que era un colegio religioso, tenías acceso a una de las primeras novelas en las que se planteaba muy abiertamente el tema de la prostitución homosexual, tenías acceso a una novela de aventuras y de ficción que era un proceso de confabulación y de golpe de Estado, y podías leer una obra de teatro de Shakespeare, se queda cuadrado. Pero sobre todo es que me mirabas a mí y decías, «y éste imbécil ¡cómo disfruta con eso!, ¿no?». El lector creo que hay un momento en el que deja de tener edad, es decir, tiene la edad cronológica que tiene pero su edad digamos literaria o cultural avanza mucho. Y claro, a partir de ese momento, yo llevaba muchos libros leídos y lógicamente te entra el gusanillo de escribir, otra cosa es que lo que tú estés escribiendo tenga el más mínimo interés.
¿Y recuerda sobre qué fue lo primero que escribió?
Sí, fue la historia de una evasión. Era un caso de unos chicos que son llevados a lo que entonces era un reformatorio, hoy sería un centro de menores, y deciden escaparse. Pero, evidentemente, no olvidemos que yo tenía once años, con lo cual, las sandeces que pueden ocurrirle a los miembros de Harry Potter era lo que yo intentaba. Por supuesto yo no me voy a comparar con H.K.Rowling ni de lejos porque la prueba está en que ella ha triunfado y aquel relato no hubiera llegado nunca a nada, pero sí me acuerdo de eso.

¿Qué lecturas le han gustado más de las que ha hecho en lo que va de año?
Suelo leer como poco cuatro libros al mes, casi uno por semana, así que decir que es lo que más me ha impresionado éste año… Me voy a referir justo al libro que estoy leyendo ahora, entre otras cosas porque es un libro de un compañero, se llama Ya vendrán tiempos peores, lo ha escrito José Landi, creo que es un periodista gaditano, y posiblemente andaluz, con una pluma muy sólida, muy bien construida, y tiene unas magníficas reflexiones. El libro está concebido como una especie de, digamos, relatos-artículos, para que nos hagamos una idea, y hay uno fantástico que se llama «El intermediario» que es una reflexión brutal sobre el estado del periodismo en estos momentos. Yo ese libro, o ese relato, el libro igual, pero al menos ese relato, lo hacía lectura obligatoria en todas las facultades de Ciencias de la Información.
Para preparar esta entrevista leí la que concedió a Daniel Heredia en 2013. Hablaba mucho de los libros, hablaba entonces de que usted era más bibliófago que bibliófilo. A una persona que es bibliófaga le atrae más la novedad que la relectura, ¿no? Querría saber cuáles son sus relecturas.
Sí hago relecturas, y a veces doy tres y cuatro vueltas a un libro, pero no está en función del libro, está en función de lo que a mí me inspira ese libro. Cuando yo hablaba de bibliófago es porque soy muy caótico en la lectura, es decir, ahora estoy leyendo un libro de un compañero, me está esperando una novela negra de otra escritora, Carmen Moreno, a la que admiro bastante, pero en medio de eso alternaré con libros de tipo técnico, bien periodísticos, bien de los temas que yo suelo desarrollar cuando escribo periodismo; alterno con libros científicos, alterno con libros de historia, y siempre recuerdo que tengo un libro, que es un regalo de un excelente amigo, que es algo que suelo leer cada noche antes de acostarme, que son los Ensayos de Montaigne. Coincido con lo que decía Ortega y Gasset: ese libro depara una cierta paz espiritual, al menos las reflexiones de Montaigne a mí me la inspiran, como también me la inspiran en cierta manera las de Gracián. Eso es así porque tengo una edad y una trayectoria como lector, no es algo que pueda extrapolarse fuera de mí ni por generación, ni por edad, ni por apetencias ni gustos, uno tiene los que tiene. Vives así porque siempre has leído así.
Relecturas pocas entonces.
No, no, tengo libros que releo pero es que me parece ridículo decir he releído El Quijote o he releído Chacal porque son libros que a un lector exterior no les van a decir nada. Cada lector recibe del libro una respuesta, un estímulo y va a leer ese libro a pesar de que al resto de la humanidad nos pueda caer gordísimo. Creo que hay gente que relee las Cincuenta sombras de Grey.
Para terminar, me gustaría saber si le gustaría publicar en libro una selección de sus crónicas periodísticas y también, sin excluir lo anterior, si ha pensado alguna vez en escribir sus observaciones de viajes.
Yo intento no enredar fuera de lo que sé. Creo que escribo bien novela, al menos muchos lectores me mienten diciéndome eso, creo que escribo unas novelas que al lector le entretienen, le hacen reflexionar, le permiten vivir una aventura, una experiencia, una intriga, y cuando te lo comentan ves que han disfrutado y, sobre todo, ves que ellos han creado esa parte de la novela que tú no podrías hacer porque está dentro de su cerebro. Creo que eso me sale bastante bien, sería pecar de inmodesto decir que mejor que a otros, pero es lo que explicaba antes, hoy bajo la socapa de «he publicado» podemos ver auténticas barbaridades. Eso explica que yo no voy a intentar un estilo literario como es el libro de viajes porque existen magníficos libros de viaje. Por citar un ejemplo con nombre y apellidos hay una reciente guía de Creta de un compañero que fue en Diario de Cádiz, Manolo Muñoz Fossati, hoy es subdirector de ese medio de comunicación, y es un libro espléndido de viajes porque es un libro para llevar visitando Creta, pero también es un libro sobre su historia y sobre la explicación de por qué Creta es hoy como es y la prueba es que ha sido un éxito de ventas. Hay gente mucho más capacitada para hacer ese tipo de narración. Lo que sucede es que yo esa experiencia que tengo en mis viajes la vierto en mis novelas.



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