Swing de carnaval

Hubo un tiempo en el que una de las diversiones predilectas del tiempo de Carnaval fue mecerse en el columpio. Hombres y mujeres tenían en ese juego ocasión para dar rienda suelta al goce, el vértigo, la sensualidad y la lujuria que en lo cotidiano se les negaba. En la mayoría de las poblaciones de Cádiz, Córdoba, Sevilla y Huelva instalar columpios en los patios de las casas de vecindad fue prólogo obligado de las Carnestolendas: después de Navidad, solían ser los días de los Santos Viejos (San Antón, San Sebastián, San Ildefonso, San Blas y Santa Águeda) los que primero acogían el esparcimiento que se prolongaba, intensificándose, hasta el miércoles de ceniza, fecha en la que el comienzo de la cuaresma imponía el ayuno, el recato y el rechazo a la carnalidad.

Los majos de Cádiz –esa novela de Palacio Valdés que, más que una ficción costumbrista, es un documento etnográfico– testimonia este uso social en el Cádiz de las últimas décadas del siglo XIX: “Al día siguiente, víspera de Carnaval, fueron ambos a la tienda de la Parra, por ser día de columpio. Es costumbre en Cádiz fijar columpios en los patios de las casas, y aun dentro de éstas cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes se reúnen mancebos y zagalas en torno del aparato y pasan gozosamente el tiempo columpiándose, en medio de alegres cánticos y algazaras”. Y de lo mismo da fe Luis Coloma en su Juan Miseria, cuadro de costumbres populares (1873-1888) respecto a este tiempo de regocijo en su Jerez natal: “Era Domingo de Carnaval, y desde el amanecer se notaba el trasiego y algazara de este día. A media tarde, los vecinos del Corral de los Chícharos improvisaron una fiesta en el patio, en torno de un columpio, hecho con la soga del pozo, por ser esta diversión de las más frecuentes durante el Carnaval en las casas de cabo de barrio. Uno de ellos tocaba la guitarra, y todos jaleaban, bailaban y se mecían por turno, cantando al compás coplas como éstas: Mocito que está en la puerta / entre usté y me mecerá; / que los que me están meciendo / han comido poleás. A cada instante interrumpían la música y el canto mascarones desarrapados, que entraban dando atiplados gritos…”

'El patio de una casa de Córdoba en día de Carnaval' de Díaz Huertas.
‘El patio de una casa de Córdoba en día de Carnaval’ de Díaz Huertas.

El evidente significado de goce de los sentidos y de voluntad de trastocar el orden natural de las cosas que tiene el columpio ha hecho que la antropología vincule el swing de su fiesta a la ritualidad carnavalesca, definible por su vocación de “mundo al revés”. El columpio daba ocasión a que la mujer –que era quien habitualmente ocupaba el trono aéreo- tuviera voz pública y que las coplas atrevidas y procaces que desde el aire lanzaba fueran dardos (a veces envenenados) al hombre que la despreciaba o al que debía obediencia y silencio el resto del año. Algunas de las  transmisoras de más edad que se mecieron así me han contado, entre risas, cómo desde el columpio pergeñaron algún día su venganza amorosa contra un amante apocado o una suegra censora. Asombrado ante tales desparpajos quedó en su día Sebastien Blaze de Bury, un boticario francés a quien aquí trajo la Guerra de la Independencia y lo relató así en sus memorias publicadas en París en 1828: “Un pueblo que se ocupa de fiestas y disfraces durante el verano no puede dejar de entregarse sin reserva a las locuras del carnaval; las más originales máscaras sobresalen en Sevilla tanto como en Venecia. Al menos en Sevilla, los placeres del carnaval no se limitan al columpio, recreo favorito de la juventud que se reserva expresamente para el tiempo de júbilo que precede a la Cuaresma”.

Como ya sabemos, la cuaresma de 1939 transformó sus días en años y las bruscas prohibiciones del Carnaval se extendieron explícitamente a la fiesta del columpio, que así quedó desterrado de los patios, pero también de la memoria, pues quienes no pudieron mecerse tampoco pudieron transmitir a sus hijos la emoción de hacerlo. El Carnaval quedó sin swing y mires por donde mires no lo ha recuperado.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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