CriSSis

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Capítulo 45. Rotativas.

Siempre había sido un hijo de puta. Eso lo sabía Blanca García cuando los dos eran más jóvenes y lo seguía sabiendo ahora, cuando ya era imposible dar marcha atrás a las manecillas del tiempo. Guapo y valiente, cierto. Pero a su bola. Siempre a su bola. Centro del mundo. Tan pagado de sí mismo, de la manera en que había que hacer las cosas, que sin duda ese era el motivo por el que en tantos años en el cuerpo de policía no había ascendido en el escalafón. Ir por libre tiene ventajas pero también inconvenientes. Ser un poco tarambana en sus asuntos personales tampoco ayudaba demasiado.

Le había sonsacado información: aquellas fotos de la matanza (ahora sí podían pensar que eso había sido) en aquella boda de postín. A cambio de mantenerla informada de los pasos que fuera dando en la investigación.  A cambio de eso que los periodistas tanto veneran: la exclusiva. Pero (puesto que los nombres de varios de los muertos aparecían en el comunicado del tal “Isidoro”) Blanca se había enterado de que todo estaba relacionado precisamente por la prensa. Ella, nada menos, que dirigía el semanario de noticias más importante del país. Las redes sociales, ese inmenso patio de vecino, se estaban comiendo la parte del león: todo lo que ellos pudieran sacar a la luz era ya noticia vieja una semana más tarde.

Eso los obligaba, sí, a ponerse las pilas. El chafarderío de Twitter o Facebook era inmediato, pero un buen periodista sabe que la noticia hay que cotejarla en varias fuentes. Si no, todo era libelo. Todo desinformación. Ahí tenía las fotos de esta semana, aquellas supuestas fotos de feminazis podemitas meando en una catedral identificada por alguien como la Almudena… y que si acaso era una foto de hacía varios años tomada en la Patagonia. Así funcionaba el mundo de la “nueva prensa”. Una cosa era que el oficio se aprenda en las calles y no en las facultades y otra que se diera crédito a chismes de portera.

Blanca sabía que lo único que podía contrarrestar todo aquel caudal de desinformación, de rumores, paranoias, conspiraciones de tebeo era ser rigurosa en las investigaciones, inflexible en las exclusivas. Contaba con Galiardo para eso: habían sido amantes, seguía existiendo, aunque soterrada, una corriente de afecto entre los dos. Pero el hijo de puta, después de alguna descarga de información poco importante, no había vuelto a soltar prenda.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.
Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Blanca llevaba muchos cierres de edición a las espaldas como para saber que si no había noticias que compartir era, precisamente, porque había noticias. Y de las noticias gordas. Galiardo estaba metido en una investigación hasta las trancas. Que aquel “Isidoro” o aquellos “Isidoros” hubieran decidido de buenas a primeras quitarse la careta del anonimato y el disimulo y presentarse en sociedad como lo que ahora todos sabían que eran, un grupúsculo terrorista, sin duda había pillado a la policía a contrapié. Por mucho que lo negaran. Y por eso, porque también la policía se había puesto las pilas, Galiardo no la llamaba ni atendía sus continuas llamadas al móvil. Era su pauta de conducta: molestaba hasta que te tocaba el turno de molestarlo. Entonces, desaparecía del mapa.

Blanca contempló los dossiers de los supuestos asesinados. Todos, hombre y mujeres, situados en la vida. Ambiciosos, de ese tipo de ambición que nunca cesa. No gente de primera línea de las finanzas o de la alta política, quizás porque eran inaccesibles o porque estaban demasiado bien protegidos, sino curritos curtidos en segunda línea, los que se manchan la mano sabiendo que la limpiará un buen cheque o una transferencia a una cuenta en Suiza. «Isidoro», fuera quien fuese, fueran quienes fuesen, no se estaban cebando en los ministros, por poner un símil, sino en los subsecretarios.

Salvo el caso de Roldán, que era hasta ahora la muerte más espectacular, la más peliculera. Una mujer le saltó un ojo, en un atentado quizá improvisado que solo sirvió para revelar a Roldán al mundo con un nuevo rostro de pirata y con la muerte a tiros de la desdichada. «Isidoro», fueran quienes fuesen, fuera quien fuese, no se había dado por satisfecho. Cuando nadie pensaba que fueran a insistir, Roldán había muerto acribillado en la puerta giratoria (vaya ironía) del hotel donde se alojaba. A pesar de los dos escoltas y de las cámaras de seguridad. Isidoro había hecho tan bien su trabajo que corrían ya chistes: si organizaban tan bien las muertes, quizás era hora de que sustituyeran a los pelagatos que dirigían el país y se encargaran ellos de llevar las riendas.

Muchos años en el sillón de mando no habían hecho olvidar  a Blanca la emoción de la caza en la calle. Seguía siendo aquella joven reportera que se hundía hasta las trancas en las historias que investigaba. Todavía hoy, tantos años más tarde, cuando le llegaba un artículo o el esbozo de una investigación por parte de sus colaboradores en la revista, sabía ver dónde estaba la pega, en qué cajón se encerraba el gato. Se llama instinto. Quizá porque de un tiempo a esta parte se encarga sobre todo de difundir mentiras, un periodista de raza sabe distinguirla de la verdad, nota al momento cuándo algo no cuadra.

Roldán había sido enterrado en la más estricta intimidad. Ni siquiera, por aquello de las sospechas de corrupción y sobres repletos de estampitas de quinientos euros, habían asistido miembros del gobierno ni altos representantes de la banca. Lo habían incinerado, esa especie de venganza en la muerte que se reserva solo para los enfermos de cáncer. Y aquí paz y luego gloria.

Sin embargo, la esposa de Roldán, dos días más tarde, había volado sola a Londres. Lo hizo de nuevo, dos semanas más tarde. O tenía un amante o estaba enganchada como nadie a las rebajas de Harrod’s.

O había algo más.

Blanca García descolgó el teléfono y llamó al corresponsal de la revista en Inglaterra.

Autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *