En la última página de este tomo que supera las setecientas incluye Andrés Trapiello una posible definición de la “novela en marcha” que forman sus diarios: “un ensayo de literatura para una vida de estreno, siempre nueva”; es decir, la idea de que estos libros suponen, en el acto de recreación literaria en que consiste revisarlos y prepararlos para la imprenta a unos años de distancia de cuando fueron escritas las anotaciones de las que se componen, una especie de recreación de la propia vida que se narra en ellos; y, por tanto, una segunda oportunidad para esa vida ya vivida.
No es ésta la única página de esta nueva entrega –la decimonovena de la serie– dedicada a la reflexión sobre la naturaleza del género. Los seis prólogos con los que se abre –“Si por mí fuera, haría libros sólo de prólogos”, dice en uno de ellos quien en Las vidas de Miguel de Cervantes (1993) dedicó algunas páginas a poner en valor los del autor del Quijote– son otros tantos intentos de cuestionar las presuposiciones que normalmente se tienen en torno a los diarios y a la literatura autobiográfica en general. Pero, a pesar de la pertinencia de esas reflexiones, adobadas de no poca ironía, la conclusión a la que abocan –que estos libros han de entenderse como novela, y no como diarios– no deja de ser una nueva maniobra de distracción o puesta en cuestión del género. Este Salón de pasos perdidos –título del conjunto de la serie– es, no hay que olvidarlo, un ambicioso experimento literario; y, como tal, tiene derecho a cuestionar los límites que quieren constreñirlo, a la vez que se esfuerza por definir sus propias reglas, las más evidentes de las cuales son ya bien conocidas de los lectores: el escritor anota sus experiencias inmediatas en un cuaderno y somete estas notas a reelaboración unos años después, en un intervalo que empezó siendo de tres y en esta entrega alcanza ya los diez. Algunos nombres propios son sustituidos por otras tantas equis o zetas, como si se tratara de las incógnitas de una ecuación, y otros se dan en sus iniciales reales –casi todas muy transparentes: RG por “Ramón Gaya”, por ejemplo–. Pero sostiene el autor que lo importante no es tanto descifrar esas incógnitas o iniciales –cuyas equivalencias, al fin y al cabo, serán irrelevantes con el paso del tiempo–, como apreciar la verdad humana que desprenden las historias en las que se insertan.
Naturalmente, el autor propone y el lector dispone: es casi imposible, por poco conocimiento que se tenga de los intríngulis del mundillo literario, leer estos diarios sin sentir la curiosidad de despejar esas incógnitas. Hacerlo es fácil: basta, a veces, con hacer una consulta en el teléfono móvil. Y lo que se averigua en esas pesquisas –que no aconsejo– no siempre es grato: en algún caso, resultan en la atribución de una historia penosa a una persona particular que nunca buscó la notoriedad y que, por tanto, tiene derecho a que se preserve su anonimato. No queremos decir con ello que esa historia en concreto no tenga interés humano y literario; todo lo contrario: la que aludimos –y no nos corresponde dar aquí más detalles– pertenece a uno de los bloques temáticos más interesantes de esta “novela en marcha”: el referido al ambiente vital entre canallesco y bohemio, amén de un tanto violento y pretencioso, que se respiraba en Madrid a finales de los setenta y primeros ochenta, años de iniciación literaria del autor. Y casi es mejor no entrar en juicios de valor, porque sería difícil dilucidar a quién correspondería en primera instancia la imputación de indiscreción, si al autor por dar acaso alguna clave de más, o al lector que ha indagado demasiado.

Por lo demás, esta nueva entrega corresponde al año que fue “el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote”, en el que el autor, que lo es también de la ya mencionada biografía de Cervantes y de la novela Al morir Don Quijote, fue requerido para participar en actos conmemorativos de la efeméride en España y en algunos países extranjeros. Y se presenta, por ello, como “el más accidental y accidentado” de todos los tomos que componen este Salón de pasos perdidos –título genérico de esta “novela en marcha”–. La cuestión de la irrelevancia de los actos literarios en general, y los intereses espurios que concurren en ellos, ya había dado mucho de sí en las entregas anteriores; pero este año anómalo ofrecerá infinitas ocasiones de redundar en esa vieja obsesión: la “vida de viajante” del autor metido en “bolos”, forzado a convivir con los anfitriones ocasionales de cada acto y trasegar –a veces, todo hay que decirlo, muy poco caritativamente– las confidencias irrelevantes de éstos, las eventuales envidias y desconsideraciones del público letraherido de cada localidad y un sinfín de situaciones entre cómicas y grotescas, como suele serlo esa parte de la vida cultural que depende del capricho o las miras particulares del gestor de turno. Hay un tipo de lector de estos diarios que agradecerá la abundancia de situaciones de este tipo –al fin y al cabo, casi siempre muy divertidas en su narración retrospectiva–, como hay otro que posiblemente lamentará que este ingrediente haya crecido en detrimento de otros muy apreciados, tales como los momentos de intimidad familiar o de contemplación meditativa. También aquí los hay, desde luego, y muy logrados: el conmovedor relato de una falsa alarma referente a la salud de la mujer del autor, por ejemplo; o la voluntariamente atenuada crónica de los últimos momentos y muerte de RG; o las abundosas impresiones de una fugaz visita de setenta y dos horas a Tánger y Tetuán, o la de un viaje a un Bucarest mágico y miserable al mismo tiempo.
Son las mejores páginas de este diario, que también contiene otras muy destacables referidas a la muerte de –debemos despejar las incógnitas?– personajes muy conocidos del mundillo periodístico, literario e intelectual, tales como el columnista y crítico de teatro EHT, o el filósofo –y padre de un famoso novelista– JM, entre otros. En ambos casos, la nota necrológica –o, mejor, la glosa del obituario oficial– incide en otra de las constantes en la ideología literaria del autor: la insistencia en la arbitrariedad que supone haber expedido certificados de excelencia literaria en función de la postura de cada cual respecto al franquismo; sobre todo, cuando esos mismos certificados de limpieza de sangre democrática suelen estar casi siempre muy falseados o adolecen de esa bendita ambigüedad que hace posible la vida misma.
Incluye también esta entrega una desternillante crónica de un almuerzo con el afrancesado dramaturgo FA, reputado autor de obras de “teatro del absurdo”; y una demoledora página sobre una visita del autor a un recién inaugurado museo de arte contemporáneo en su León natal. También, los habituales capítulos en torno a la búsqueda de “papeles viejos” en el Rastro, que, además de dar pábulo a un cierto costumbrismo entre barojiano y solanesco, son otras tantas ocasiones de melancólica reflexión en torno a la pervivencia literaria y el inevitable olvido.
No nos cabe la menor duda de que estas páginas, con el tiempo, serán insustituibles para entender en que consistió la vida cultural española en la transición del siglo XX al XXI; y, también, de que ese retrato no resulta precisamente favorecedor. Hoy por hoy, asombran por su audacia, a la vez que nos hacen preguntarnos por la difícil posición del cronista que ha querido asumir semejante responsabilidad. ¿Indiscreto? ¿Temerario? ¿Más de lo uno que de lo otro? En cualquier caso, ha inventado un género, lo que quizá demuestra que éste era necesario. Y, por las trazas, parece que destinado a perdurar.

