¡Señoritoooo…!

Fotografía de Ramón Muñoz. Publicada en el libro ‘Cádiz 1900’, de Julián Oslé.

Lo más doloroso de Antonio Machado es su optimismo social, su confianza en el progreso de este país, en la igualdad y en la cultura como herramienta de regeneración. Las reflexiones de Juan de Mairena y poemas como «Don Guido«, «Del mañana efímero« o «Del pasado efímero« destilan esa idea revolucionaria y desoladora. Habla Machado del “fin de una aristocracia”, a la “España de charanga y pandereta” la ve finiquitada porque vislumbra otra España que nace, la “de la rabia y de la idea” y piensa que “ese hombre del casino provinciano” ya es de un país casi extinto, “ése que tiene la cabeza cana”. Muerto, en fin, apenas un mes después de cruzar hacia el exilio, Machado quiso dejarnos la esperanza y nos dejó la impotencia de lo que no pudo ser.

En las décadas siguientes, Don Guido no dejó de vestir el corinto y terciopelo de la chaqueta, ni el pantalón abotinado, y se acomodó con indolencia y desprecio a Machado en la puerta de su casino mientras el limpiabotas se inclinaba ante él. Había ganado la guerra. Las cosas habían vuelto a ser como Dios manda. Limpio el país de gente incómoda, el testigo de la denuncia social recayó en el cine, en ese cine pobre y vivísimo que tan inteligentemente hizo creer a los poderosos que el limpiabotas estaba conforme y que la criada se sentía bien pagada. La voz de Gracita Morales puso así el justo tono de burla al grito rebelde: “¡Señoritoooo…!”

Gracita Morales, junto a José Sacristán, en una escena de ¡Cómo está el servicio!.
Gracita Morales, junto a José Sacristán, en una escena de ¡Cómo está el servicio!.

Para la Europa civilizada El grito es la denuncia anaranjada y marítima de Munch; en España, el grito es “¡Señoritoooo…!”, inventado por una actriz breve y menuda que —a decir suyo— se sintió más cómoda en el papel de vampiresa que en el de criada o monja, una actriz salida de ese teatro que ponía en pie las palabras para cambiar las cosas. El grito de María Gracia Morales Carvajal hizo de los sesenta de nuevo una época esperanzadora y trascendió con firmeza a la muerte del dictador cuando Fernán Gómez lo homenajeó en El viaje a ninguna parte.

Pero he aquí que, andando el tiempo, el grito se quedó sin quien lo gritara, pues ocurrió que todos los que podían gritarlo tenían como máxima y secreta aspiración llegar a ser señoritos. En Andalucía al menos la adaptación fue portentosamente camaleónica y por primera vez dejó sinceramente contentos a los pobres: el señorito ya no tendría chófer particular, sino vehículo oficial, no pagado con el dinero obtenido por la explotación de su latifundio, sino por los impuestos de todos; lacayos y limpiabotas desaparecieron, siendo sustituidos por guardaespaldas, jefes de prensa y asesores de gabinete; las criadas dejaron de venir del pueblo, ahora venían de Bolivia, Venezuela o Marruecos, con lo que —hablantes de otro idioma— no podían usar el grito; el señorito no ocultó sus banquetes con pato a la naranja y Ribera del Duero, es más, exhibió su gusto por el cocido, el gazpacho y el cartucho de pescado frito, con lo que reafirmó la convicción de todos de poder llegar a ser señoritos. Ser señorito, por tanto, llegó a democratizarse, la forma más inteligente y estratégica de desactivar una situación de injusticia. ¡Ave María Purísima! (como hubiera dicho Gracita Morales).

Imagen de portada: Fotografía de Ramón Muñoz. Publicada en el libro ‘Cádiz 1900’ de Julián Oslé.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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