Acudir a un estreno de Woody Allen es más tomar parte en un rito –es decir, en una ceremonia en la que cabe la emoción, pero no necesariamente la sorpresa– que disponerse al mero disfrute de una película; lo que no significa que esto último esté excluido. El caso es que el cineasta, en las dos décadas en las que delimitó el tipo de cine por el que llegó a ser universalmente querido y admirado –las transcurridas entre el estreno de Annie Hall (1977) y Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, 1997)– no hizo otra cosa que propiciar ese modo de asumir su obra: en cada entrega, sus espectadores creían asistir a una nueva rendición de cuentas de un personaje que en cierto modo les representaba, a la vez que se les ofrecía como víctima de un incruento sacrificio que se saldaba en risas a costa de los temores y neurosis sacados a colación.
Ese personaje estaba ya básicamente delineado en las películas humorísticas que el cineasta filmó entre 1969 y 1975, pero alcanzó su concreción en la mencionada Annie Hall: un judío neoyorquino con querencias intelectuales, enamoradizo e inseguro y casi patológicamente propenso a poner su bagaje intelectual al servicio de su neurosis para armar un discurso en el que el humor, frecuentemente sesgado hacia la autoironía, sirve de diagnóstico y vía de escape de las propias inseguridades, a la vez que proporciona un medio eficaz para expresar una visión del mundo tan escéptica como pesimista. Es decir, Allen creó un personaje que, en el fondo, resultaba muy halagador para una amplia clase media urbana con estudios, que vio en él una escenificación de su estado de ánimo, a la vez que un alegato a favor de la inteligencia y sensibilidad de quienes se reconocían en el modelo.

Naturalmente, esa relación especular sólo ha podido sostenerse en el intervalo que dura la plena madurez de una persona; es decir, mientras Allen pudo llevar a la pantalla convincentemente su vida profesional y sentimental. Cuando se sintió demasiado mayor para encarnar a sus inseguros personajes, y demasiado reconocido como artista como para hacer creíble la escenificación de sus dudas creativas –por ejemplo, el aparente dilema entre desolación existencial y humor que anima sus mejores películas, desde la propia Annie Hall a Hannah y sus hermanas (Hannah and Her Sisters, 1986)–, inteligentemente cambió de tercio e hizo valer otras vertientes de su talento: su instinto natural para la comedia cinéfila –La maldición del escorpión de jade (The Curse of the Jade Scorpion, 2001)–, su añoranza del cine de gags que practicó en su juventud –Granujas de medio pelo (Small Time Crooks, 2000)– o su indudable habilidad para buscar condiciones de producción económicas y rentables, que le llevó a filmar todo un ciclo de películas –quizá las menos afortunadas de su carrera– en Europa.
En su último estreno, Café Society (2016), Woody Allen ha combinado eficazmente algunas de esas inclinaciones, con la relativa novedad de que ha incorporado a esta etapa manierista de su carrera su vieja querencia neoyorquina –buena parte de la historia transcurre en Nueva York– y un modo de recapitular en tono ligero sus permanentes preocupaciones: la volubilidad de los afectos, el sentimiento de culpa e incluso una cierta noción del sinsentido de los actos humanos. Todo ello, en un marco de evocación cinéfila –la otra localización de la película es el Hollywood de los años treinta– y con un protagonista masculino, interpretado por Jesse Eisenberg, que remeda abiertamente, como ya habían hecho otros actores jóvenes en películas anteriores, al personaje titubeante e inseguro que interpretaba el propio Allen en sus películas de madurez.

El resultado, dentro de la previsibilidad de la que adolece toda esta etapa última del cine de Allen, contiene algunas sorpresas. La situación básica –un rico hombre de negocios mantiene una relación amorosa con una empleada, con la que ha prometido casarse tras divorciarse de su esposa– guarda algún parecido, obviando la relación laboral entre los amantes, con la que Allen planteaba ya en uno de sus más logrados dramas, Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989). Pero, a diferencia de lo que ocurría en su antecedente –en la que, recuérdese, el hombre casado opta por hacer asesinar a su incómoda amante, aun a costa de desafiar los resabios de su antigua formación moral y religiosa–, Allen opta ahora por que el amante rico haga valer su promesa y la amada en cuestión renuncie a otro joven pretendiente y se acoja a la seguridad –también afectiva– que le ofrece su poderoso protector. Este planteamiento juega así a invertir el de otro ilustre precedente, El apartamento (1960): como en la película de Wilder, la nostalgia inducida por una celebración de Nochevieja parece a punto de cambiar las tornas. Pero el tiempo ha enseñado a los personajes de Allen a desconfiar de sus impulsos sentimentales y a preferir las ventajas de una relación estable y madura, aunque ello implique el sacrificio de alguna que otra fantasía. Es decir, han aprendido a aceptarse como son y a no soñar constantemente con ser otros.
En Café Society, los nuevos personajes que sustituyen al que solía encarnar el propio Allen en sus películas anteriores ponen voz, no a la reiterada proyección del ego maduro del director, sino a una visión del mundo abierta a la serenidad y la aceptación. A pesar de algunos rasgos discordantes –la pedantería con que son sacados a colación decenas de nombres de cineastas famosos, o la desagradable violencia paródica de la que se vale el hermano gánster del protagonista en su papel de artífice del ascenso social de éste–, la película se beneficia de esa benevolente tonalidad y aporta un punto de sabiduría al nihilismo desesperanzado del que adolecía el universo del cineasta neoyorquino. Al nervioso e impaciente tipo humano del que se ocupaba el cine de Allen le ha llegado la hora de la serenidad. No es un estado de ánimo que suela despertar las simpatías de un público más acostumbrado –en parte, gracias a la frecuentación de películas como las que solía hacer el propio Allen hace unos lustros– a reconocerse en el humor cínico; y, por tanto, es posible que las risas de reconocimiento y complicidad sean menos. Pero no parece que, a estas alturas de su vida, el cineasta vaya a echarlas de menos.


Estupendo. Allen bien vale una misa