La estación de amor (ritos de primavera)

La estación de amor es el título de un hermoso librito publicado por el sabio y delicado Julio Caro Baroja en los años ochenta. Decía el antropólogo que entre marzo y San Juan la España rural se alborotaba y desplegaba su lado más sensual en múltiples rituales de cortejo, galanteo, enamoramiento y fecundidad, recreando así cada primavera la percepción de la vida como un ciclo colectivo que se repite año a año, y recreando asimismo la certeza de que el ser humano forma parte de la naturaleza. Percepciones y certezas que Caro Baroja documentaba desde los umbrales de la Edad Media y que hoy –al menos desde mediados del siglo XX– se nos hacen huidizas.

Grabado ochocentista alusivo al mes de mayo

Grabado ochocentista alusivo al mes de mayo.

Cuando –en la mitad norte de España– el anhelo de que la nieve se retirase se hacía apremiante, comenzaban las marzas: cuadrillas petitorias masculinas que, de casa en casa, reclamaban huevos, los restos de la matanza de enero, chorizos y alguna perra de cobre. Para hacer más amable su petición, los muchachos cántabros entonaban viejos romances, cuyas melodías esperaban abrir la generosidad de los vecinos: “Ave María, señores, / buenas noches nos dé el cielo, / aquí tienen a la puerta / los mocitos de este pueblo, / que vienen a pedir marzas / y es estilo que tenemos / de nuestros antepasados / y no queremos perderlo…”. Fueron también niñas del norte rondadoras de marzo y en torno a la semana santa anduvieron por los pueblos con ramas de laurel adornadas con cintas rojas, mientras cantaban “Jueves Santo, Jueves Santo, / tres días antes de Pascua, / cuando la Virgen María / los cabellos se peinaba, / de uno en uno los peina, / de dos en dos los trenzaba…”.

La imagen sensual de la Virgen María mesándose los cabellos la emparenta con las seductoras sirenas y evoca una divinización de la feminidad que eclosiona (o eclosionaba) en la primavera de muchos pueblos y aldeas, cuando alrededor de abril y mayo se convocaba la fiesta. Los rituales de mayo tuvieron hasta hace muy poco en la Sierra pobre de Madrid una poética codificada, articulada en torno a tres ejes: el mayo, árbol sin ramas que los hombres traían desde el monte y que clavaban en el centro de la plaza, para así hacer corros en torno a él o competir por treparlo; la maya, niña-adolescente que –sobre un altar o en andas– encarnaba esa feminidad virginal que evoca la primavera, cuando todo está por estrenar; y los mayos, rondas de nuevo masculinas que, de balcón en balcón, de puerta en puerta, evidenciaban el deseo erótico varonil explayándose en elogios a la belleza de la que se pretendía: “A cantar los mayos, / señora, venimos, / y para cantarlos licencia pedimos. / Éste es tu cabello, rubio y anillado, / con cinta de oro / lo lleva adornado; / ésta es tu frente, / un campo de guerra, / donde el rey Cupido / puso su bandera; / éstos son tus labios, / son dos coralitos / y los dientes blancos / son lo más bonito…”.

Ritual del columpio.

Ritual del columpio.

Más al sur, en la Sierra de Cádiz, fue la diversión de los columpios la que aglutinó el apremio por mocearse. Situados en la frontera de la cuaresma, los columpios campestres fueron ritual carnavalesco y primaveral, y desde los años cuarenta –prohibido el disoluto carnaval por Franco– se refugiaron en los meses de primavera de Grazalema, Benamahoma, Arcos, Ubrique o Benaocaz. Con el buen tiempo, hombres y mujeres jóvenes salían al campo con gruesas sogas y buscaban una fuerte encina, un robusto alcornoque, un pino resistente, de los que colgar el columpio. Eran las mujeres quienes se subían al juguete y los hombres –ocasión de tocar– quienes empujaban. Desde su trono aéreo, las jóvenes tenían la oportunidad de decir –cantando– lo que el resto del año les estaba prohibido. Rito de paso de la niñez a la madurez (y, por tanto, ingreso en el Amor), la copla de columpio (bamba o meceor, según los sitios) evoca con las palabras más explícitas el irresistible anhelo femenino del sexo: “Si la soga se partiera, / ¿adónde iría a parar? / A los brazos de mi amante / y un poquito más allá”. Más allá.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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2 Comentarios

  1. La revista me parece espléndida y el artículo de María Jesús un placer para los sentidos (libre de polvo y paja)

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    • CaoCultura

      Muchas gracias, Rafael. Saludos.

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