“Puedo pagar el alquiler y, como trabajadora de la música, he alcanzado lo que me propuse conseguir. Me respetan, continuo haciendo lo que quiero y la gente sostiene un paraguas sobre mi cabeza cuando llueve”. Rickie Lee Jones (Chicago, 1954) celebraba hace unos años su consolidado estatus en el mundo de la música, lejos de las sentencias grandilocuentes y los pomposos aspavientos: bastaba con reconocer su posición en un mundo habituado a desenvolverse entre confusas sacudidas y efectismos sin fondo para describir la esencia de una voz singular iniciada en pleno relevo generacional de la mano de un álbum homónimo (1979) que hizo detonar su poderosa carga emocional. Aquella imagen frágil e introvertida, su voz aniñada y profunda a la vez, escondían ya entonces a una mujer de arraigada personalidad que encontró en sus relaciones con colegas como Tom Waits o Chuck E. Weiss tanto episodios descorazonadores como flamantes estímulos y que pronto orientó su punto de mira hacia una versátil trayectoria.
La pluralidad ha fijado desde entonces el sello de una Rickie Lee Jones decidida a no depender de las rentas ya fuera a través de sólidos exponentes de su dimensión como autora e intérprete del peso de Pirates (1981) o mediante aproximaciones a estándares del jazz o al cancionero pop de otros autores –Girl at Her Volcano (1983), Pop Pop (1989), It’s Like This (2000)–, pasando por actualizaciones de su sonoridad –Flying Cowboys” (1989)– o flirteos con las atmósferas electrónicas en Ghostyhead (1997).
Su paso por Cádiz en 2009 evidenció que no había bajado los brazos y que sus composiciones mantenían una vigencia que ahora se renueva con The Other Side of Desire (The Other Side of Desire Music. Popstock!. 2015). Conformado después de más de una década de pausa compositora y grabado en Nueva Orleans, donde Rickie Lee Jones vive desde 2013, sus once canciones rememoran su geografía emocional y la conexión con su nuevo hogar. Aunque lejos de sus grandes obras, el álbum ofrece lirismo y atractivo propios de una autora que llegó a “Nueva Orleans a componer y a vivir de una manera diferente a la que había conocido en la Costa Oeste” y que se muestra satisfecha con “un disco hecho con mi imaginación y con todo aquello que no tiene palabras, usando la arcilla de este lugar y las formas de mis ojos para darle vida a una especie de fotografía de mi vida o de mi corazón, que yo sola puedo entender y que espero que otros puedan disfrutar.»

