Comenzaron a aparecer en metros y autobuses, que yo recuerde hace unos veinte años. Fragmentos del Quijote, versos de Machado, de Benedetti, de Salinas, exabruptos poéticos de Quevedo, ingenios de Góngora, ímpetus amorosos de Lope de Vega… Tenían algo de onírico, algo para trascender la cotidianidad en los momentos más insoportablemente cotidianos. Había poesía en marquesinas, cornisas y ventanillas y –borrachos como estábamos de democracia– no advertimos lo que podían significar: la institucionalización del grafiti y, en consecuencia, su muerte; y algo más: el comienzo del fin de la larga historia de amor entre la libertad y la literatura.
Desde entonces se nos han ido prohibiendo de este modo varias cosas: elegir lo que leemos, reflexionar sobre ello y, en último término, la incertidumbre, la duda, la crítica y la lucidez.
Porque, como todo fenómeno de esta época barroca, la tal literatura ambulante comenzó pronto a degradarse (lo llevaba en su semilla) y para ello encontró su mejor sustrato en las redes sociales. Ahí se inició un proceso por el cual Machado, Lorca o Góngora fueron perdiendo credibilidad a favor de anónimos lemas pseudofilosóficos o, peor aún, a favor de las frases huecas, estúpidas y melosas de Paulo Coelho y sus mercaderes. Esa “literatura” que deambula por los vigilados caminos de lo digital nos hace creer que, leyéndola, lo hemos leído todo y nos acomoda en una sensación más tonta aún, relacionada con la pereza del no pensar y con la convicción de que la verdad está en uno mismo, ahí, accesible, al alcance del teclado.
Pero el asunto podía empeorar más aún. Y lo hizo, y habitó entre nosotros. Ahora mi ciudad –y me temo que otras muchas– está poblada de pantallas gigantescas que, como megalíticos dólmenes, exhiben sus doctrinas poéticas (¿hay algo más irreconciliable que la doctrina y la poesía?) desde la autoridad y la jerarquía de su tamaño. Pantallas irreductibles a la luz del sol, enormes lobos con piel de cordero que entreveran los elogios al ayuntamiento y las marcas publicitarias con presuntos versos ridículos (“sin poesía no hay ciudad…”). El nuevo alcalde ha dicho que las pantallas nunca más servirán de propaganda de la institución municipal, pero no sabe (¿o sí?) que lo más nocivo no son los mensajes políticos explícitos (contra eso, más o menos bien, nos vamos defendiendo), sino la literatura malversada, ese opio culturalista que nos encadena a tres o cuatro consignas y que hace cada vez más angosto e imposible el sendero del conocimiento. No me extraña que nadie proteste, que nadie exija la desaparición de la pantalla que vela la verdad. Debe resultar muy cómodo ser esclavo de un solo dueño. ¿Quién, a estas alturas, quiere ser anarquista?



Hay que exigir al Kichi que quite esas terribles pantallas. El contrato del Ayuntamiento con la empresa termina a finales de año, así que ATENTOS