Retrato de mujer con pistola

Julio Romero de Torres pintó Mujer con pistola en 1925, y por la misma época La copla. Retratan esos cuadros a mujeres armadas, prevenidas en su soledad ante los certeros peligros de la vida en soledad, pero su aislamiento no tiene que ver con la melancolía de las modelos de Hopper, ni con el luto del feminismo lorquiano, ni tampoco con la dolorosa virginidad de la gran madre que procesiona en nuestras primaveras. Son hermanas –por el lado de allá– de Las chicas de la Claudia (Gutiérrrez Solana, 1929), de La Parrala, de La Lirio, de La Guapa y de La bien pagá; y hermanas también –por el lado de acá– de las milicianas republicanas y en general de las mujeres que la Iglesia y los fascistas se encargaron de silenciar a partir de 1939.

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Porque estas mujeres malas de la copla surgen en las primeras décadas del siglo XX, cuando este país intentaba desperezarse de la complacencia burguesa y de la miseria campesina anterior y, entre otras cosas, lo hace poniendo sobre la mesa de debate una cuestión palpitante: el derecho de la mujer a ser libre. Por encendido, el debate presentó modelos extremos, irreconciliables, que simbolizan lo irreconciliable de los bandos de nuestra Guerra Civil. Rafael de León contaba, por ejemplo, que allá por 1938 La bien pagá era una canción republicana: “Por una orilla del río de la guerra iba Concha Piquer cantando Los ojos verdes, y por la otra iba Miguel de Molina cantando La bien pagá”. Surgen estas mujeres como poesía necesaria, reivindicativa, comprometida con la utopía de la igualdad, y desde luego combatiente frente al modelo femenino hacendoso y doméstico que acabó imponiendo la Dictadura.

Mujeres por lo demás cargadas de memoria cultural, puesto que tras ellas, alentándolas, hay una larga tradición hispánica que pendula entre un feminismo atroz provocado por amores contrariados y una misoginia científica que justifica lo demoniaco de la hembra. Cuando Rafael de León escribe su Romance de la Serrana loca está recreando la balada tradicional de La Serrana de la Vera, matadora de hombres, esperando en su guarida boscosa el paso de caminantes a los que primero amar y luego decapitar, como condena vital desde que le negaran un matrimonio por amor. Y también recrea la vieja y firme creencia de que la mujer, por estar más cerca de la naturaleza, está más próxima a lo diabólico y telúrico, consigna que siguiera, por ejemplo, Alfonso X, el rey sabio, cuando en su General estoria (siglo XIII) aconsejara a los navegantes untar con menstruo de mujer la proa de sus barcos, para así ahuyentar los peligros del mar. Todo eso es “Lola la de los claveles”, esa “serrana loca / lleva el demonio en el cuerpo / y se tiene que morir / con los zapatitos puestos”.

La actriz y tonadillera española Concha Piquer posa semidesnuda con mantón de Manila.EFE.
La actriz y tonadillera española Concha Piquer posa semidesnuda con mantón de Manila.EFE/esl

Las canciones de Rafael de León –y las de José Antonio Ochaíta y Ramón Perelló, muchas veces coautores con aquél– habrían de seguir triunfando a partir de los años cuarenta, y quizás eso resulte inexplicable por cuanto parezca que las mujeres malas tuvieron su oportunidad durante la Dictadura. No fue así. Esas canciones sobre mujeres malas fueron transmitidas por al menos dos generaciones de mujeres buenas que, entre el trajín doméstico, hicieron su protesta particular entonando La Parrala, La Lirio, La Guapa, o Tatuaje. Ninguna de ellas tenía marido y a ninguna de ellas parecía importarle la opinión del párroco a la hora de beber, amar o cantar. Sobrevivieron a la Dictadura fingiendo ser desheredadas, dignas de lástima o del Auxilio Social, y los poderes fácticos no las censuraron, pensando que eran eficaces como anti-ejemplo del ideal cristiano y hacendoso que proponía la Sección Femenina; algo similar al aliento institucional que recibieron las vampiresas del cine negro norteamericano tras la II Guerra Mundial.

Pero La Parrala –como el resto de las vampiresas españolas– guarda una distancia esencial con las perversas del país de Mr. Marshall. Porque ni bebe ni fuma ni ama ni canta porque sí, sino por “una agonía que la estaba consumiendo” y que la arrima al vino “sólo para olvidar”. La mala de la copla española sufre por amor, está siempre a un tris de convertirse en la Bernarda de Lorca, “sarmentosa por calentura de varón”, y en ese camino de espinas acarrea la violencia y la muerte de los hombres. No es su culpa. Atada a su soltería, simboliza la semilla abortada de la libertad a la que aspiraba su invención y repite mecánicamente el destino desolador de las mujeres que en este país aspiran a ser libres.

 

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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