En pleno proceso de ocaso estructural de la industria discográfica tal y como la conocíamos no hace mucho tiempo, la búsqueda de recursos económicos y fuentes de financiación que permitan mantener el estatus de las partes implicadas parece haberse convertido en objetivo primordial. Un abaratamiento de costes que fomente el incremento de beneficios, sensiblemente mermados por el acceso gratuito a la música, vuelve a señalarse como una de las más seguras fórmulas para atenuar la caída económica deparada por un cambio radical de sistema que la industria musical abordó en su momento con demasiada parsimonia.
Las señales no engañan y el presente parece pasar por la convivencia de diversos sistemas de acceso a la música: del cada día más restringido formato clásico de soporte en CD o del resucitado vinilo a la propagada difusión o descarga instantánea y gratuita a través de Internet o el formato streaming convertido en modelo por plataformas como Spotify o Deezer, ambas con más 15 millones de usuarios de pago.
Obviaremos el debate digital para arrojar luz sobre el productivo proceso de recuperación de añejos registros, adaptados a CD o vinilo. El escaso coste industrial de su producción y el interés de los propios músicos en recuperar su discografía, embolsándose, de paso, pingües beneficios por ello, han generado un incremento del cuadro de reediciones que saltan continuamente a las diversas plataformas de mercado.
Centrándonos en el formato tradicional, no es complicado evaluar las armas manejadas por la industria para atraer la atención tanto del curtido aficionado dispuesto a refrescar su colección de recuerdos como de jóvenes recién llegados prestos a realizar sus introductorias excursiones por el baúl de los recuerdos. Así, los procesos de remasterización y restauración sonora, la aplicación de una estética que enriquece su original presentación y la inclusión de material (música o imágenes) inédito han sido cebos esgrimidos en una política de reediciones a la que las diferentes compañías han ido dando prioridad en sus respectivos planes editoriales, tanto a través de la recuperación de piezas puntuales como de cajas recopilatorias o integrales, ya sea en CD o vinilo .
El pasado se ha convertido, pues, en un recurso que ha atenuado en parte el descenso de ingresos y nombres como King Crimson, The Doors, MC5, Joan Manuel Serrat, Extremoduro, Led Zeppelin, Nirvana, Bob Dylan o Creedence Clearwater Revival se sitúan en este momento en la cima de las listas de ventas de los grandes distribuidores, tal y como si el tiempo no hubiese transcurrido. La nostalgia se exhibe productiva pero también peligrosa –por cuanto tiene de inmovilista–, conocedora de que no existe mejor incentivo para disparar el interés por la arqueología musical que el acomodado regreso a nuestro pasado musical o el privado descubrimiento de cualquier joya oculta en los recovecos de los fondos de catálogo. Un yacimiento donde a casi nadie le interesa que la búsqueda llegue a su fin.

