Capítulo 11. Clara.
La tos de cada mañana, producto del tabaco. La sofocó con más tabaco. Y con café. Le pasaba siempre, desde hacía años. Terminaba el programa, la frase hecha de cada mañana, y el acceso de tos que esperaba allí oculto, fuera de la pecera, como los índices de audiencia, para amargarle el resto del día.
Repasó los teletipos, echó un vistazo a las noticias de la red. Como siempre: terminar un programa era empezar a preparar el del día siguiente. No hay tregua para el guerrero. Una guerra se acaba y en seguida empiezas a armarte para la próxima guerra.
Munición, hoy en día, no faltaba. Huelgas, despidos, desahucios, escándalos, corruptelas, manifestaciones, represiones. A veces a Clara le parecía que estaba viviendo en otro país. O que había retrocedido en el tiempo, a aquellos otros años oscuros en que todavía era una niña y los adultos miraban al futuro con una mezcla de esperanza y miedo. Ahora había más miedo que esperanza: ese era el cambio, así estaban las cosas.
La noticia del momento era, claro, la detención de Trajano Roldán, el hombre fuerte de la banca, el amigo de jeques y políticos de este gobierno y de tantos otros gobiernos, de Europa y de América. La manifestación que había terminado a palos, con tantos detenidos que no cabían en las lecheras. Como siempre, las cifras eran alarmantes: más heridos entre las fuerzas de policía que entre los que se manifestaban. A ver si iba a ser verdad que no eran los soldados de asalto de La Guerra de las Galaxias los únicos que eran unos manazas. Un anciano había asesinado a su esposa y luego se había ahorcado en la cocina. Violencia de género una vez más, el pan nuestro de cada día.

Un telefonazo entonces. Casi la asustó. Una llamada a estas horas, justo después del programa, sólo podía significar que los jefazos (y los jefazos ya no eran los patrocinadores, sino los políticos, la libertad de prensa era una más de las cosas que se habían perdido en esta marcha atrás en la que vivía el país desde que se inventó la crisis) no estaban nada contentos con los invitados al programa y lo que habían dicho en las ondas. Está muy bien eso de generar polémicas y debates temáticos, pero en cuando el ogro de las izquierdas intelectuales había empezado a engordar llegaba el miedo. La ley mordaza no era sólo para los ciudadanos que protestaran en las calles: los periodistas eran los primeros que habían probado las correas. Hannibal Lecter y no San Francisco de Sales, a este paso, sería el santo patrón del gremio.
—¿Clara? Soy Roberto.
Como siempre, el alivio de que la llamada no fuera de los jefazos. Como siempre, esa punzadita de dolor. Roberto Martínez, aquel amor de facultad, de los primeros años de ejercicio. El novio que la dejó para irse a cubrir guerras remotas. El novio al que dejó cuando, a la vuelta, ella empezaba ya a ser una figura mediática en la tele y en la radio.
—Dime, ¿qué pasa?
—Nos ha llegado una carta, a la redacción.
—¿Una sola? ¿Eso significa que no tendréis que inventaros la correspondencia de los lectores? Mira que se nota mucho que están escritas por la misma mano.
—Ja, ja. Esto es serio. Es una carta de Andrés Hidalgo.
—¿Tendría que sonarme ese nombre?
—Si te conozco bien, tienes su nombre justo delante de ti. En la pantalla del Mac.
Clara se volvió hacia el ordenador. Sí, allí estaba.
—¿El hombre que ha matado a la mujer? ¿Ha reivindicado el asesinato mandando una carta a tu periódico? ¿Como los terroristas?
—A mí periódico y, que yo sepa, a cuatro periódicos más.
—Para que luego digan que el medio más inmediato es la radio.
—No ha sido un asesinato, Clara. Es un suicidio pactado. El hombre mató a la mujer porque estaba enferma. Y luego se suicidó porque no quería vivir sin ella.
—Muy romántico.
—Déjate de coñas, y escucha. Iban a echarlos de la casa. Una mujer con cáncer terminal y un jubilado con quién sabe qué enfermedad acechando para dentro de equis meses. Vivir en la calle o no vivir.
—Parece que han encontrado la respuesta.
—No sólo eso. ¿Sabes quién se queda con la casa?
—¿Un banco malo?
—Borja Armada.
—¿El hijo de…?
—Ese mismo. Se está haciendo de oro a costa de los desahucios de la gente. No hay quien le tosa. Aquí, Clara, tienes una historia. A mí no me van a dejar publicarla.

