¿Por qué un ratón? Un roedor, que en otras circunstancias nos asustaría, es el personaje mágico en el que ponemos nuestra primera gran confianza. Nos abandonamos al sueño seguros de que se deslizará por la noche bajo nuestra almohada para llevarse el diente de leche y dejarnos en su lugar un regalo preciadísimo.
¿Por qué un ratón? Seguramente muchos me responderían que el Ratón Pérez no es exactamente un roedor, que al menos no responde a la idea más o menos repugnante que tenemos de estos animales. Me responderían que el Ratón Pérez es “un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja, terciada a la espalda”. Así lo describió el jesuita Luis Coloma, a quien se le atribuye la paternidad del personaje desde que a finales del siglo XIX escribiera –por encargo de la Casa Real– un cuento para el rey Alfonso XIII, entonces niño de ocho años, con motivo de haber perdido su primer diente. Sin embargo, el tal ratón llevaba siglos en nuestra tradición cultural, menos adornado, eso sí, y sobre todo más apegado a su condición de roedor.
La vinculación de ratones, ardillas, castores o lirones a la mudanza de dientes se expresó en las costumbre de colgar del cuello o de la cintura del niño la mandíbula de alguno de estos animales, evidentes representantes de una dentadura poderosa. Garantes de un crecimiento sano y fuerte, estos amuletos acompañaron ensalmos y conjuros que a su vez firmaban con la palabra la calidad del futuro incisivo. En diversas zonas de la Península el folklorista José Manuel Fraile ha recogido textos como éste: “Este diente tiro al techo / pa que me salga otro más derecho, / este diente tiro al alto / pa que me salga otro más largo”. Y la tradición oral sefardí, testimoniando siempre lo que fuimos (o lo que no alcanzamos a ser) es prolija en conjuros similares: “Pocico, pocico, / toma este dientecito, / al año que viene / dame uno nuevecico” salmodian aún los niños turcos.

Tejados y pozos. Los dientes inferiores se tiraban hacia arriba para que hacia arriba, derechos y largos, crecieran; los superiores iban a lo más profundo del pozo para que hacia abajo alcanzaran su fuerza. Aquellos deseos avisaban al niño de que una dentadura fuerte lo defendería en el futuro de algunas pérdidas inevitables, y lo preparaban para sentirse capaz de batallar contra lo aciago. Miguel Hernández, que fue niño pastor, habla de todo eso cuando celebra los cinco primeros jazmines de su hijo en La nana de la cebolla, y también cuando se rebela contra la muerte de su amigo Ramón Sijé y quiere desenterrarlo “a dentelladas secas y calientes”.
La cultura anglosajona, más dada que nosotros a la construcción de mundos fantásticos, tiene en el Hada de los Dientes su equivalencia de nuestros roedores. Esa tendencia a esquivar la realidad, a hacerla menos evidente, ya se percibe en la interpretación que hace Luis Coloma del Ratón de los dientes, al que el escritor dibuja como lo han acabado imponiendo el siglo XX y Disney, uno de sus grandes demiurgos. Versión blanda de uno de los momentos más duros –y más apasionantes y decisivos– en la vida del ser humano, el de la mudanza dental.
Quizás más y mejor por todos nosotros hubiera hecho Coloma dando el protagonismo de su cuento a Maritxu la del tejado, que fue la encargada en el País Vasco de recoger los dientes que los niños lanzaban al alero de sus casas. Pero me temo que Maritxu tampoco tendría visos de ser aceptada por las paternidades mcdonalizadas de las últimas décadas: ¿una mujer que vive en el tejado? Salvaje o bruja.
No sé si hago un flaco favor a los niños cuyos padres lean esto. Como sepan que quien nos visita con nocturnidad y alevosía es un roedor, van a acabar con él y a sustituirlo por el hada de los dientes o algo peor.

