Queu, queu

Hasta que la modernidad trajo su horror vacui en forma de mobiliario urbano y ferias de artesanía, la Plaza de San Antonio, en Cádiz, era un espacio amplio, apenas delimitado por las calles aledañas que, más que fronteras, eran senderos que llevaban a los niños aventureros a explorar los misterios de la periferia urbana. Plaza atlántica y luminosa, impregnada por la luz que le otorgara ser escenario de la proclamación de la Constitución de 1812 y, un siglo después, de la celebración bulliciosa del centenario constitucional.

Intuida como territorio de libertad, en la que un día fue llamada Plaza de la Constitución jugaban al fútbol diariamente los niños del franquismo con pelotas de trapo rellenas de serrín habilidosamente cosidas por una mujer que se ganaba la vida con eso y cuyo nombre ninguno de aquellos niños hoy recuerda. Sí que recuerdan que el juego era de vez en cuando interrumpido por el “Queu”, o sea, el guardia urbano de casco blanco y botas negras que imponía su autoridad en forma de malhumoradas multas y temidas represalias. En medio de una jugada maestra, alguien gritaba: “¡Queu, queu, queu!” y los niños salían disparados de la plaza y se dispersaban por cada esquina, atemorizados y convencidos de que el “Queu”, si los alcanzaba, les arrebataría su tesoro, la pelota de trapo tan trabajosamente conseguida. “El grito de aviso no siempre era verdad –cuentan esos niños–, era otra forma de juego: jugar al miedo”.

La plaza de San Antonio de Cádiz en los años 60.

Obviamente, el “Queu” pertenece de pleno derecho a esa amplia galería de asustaniños liderada por el Coco y el Hombre del saco, tipos transmitidos por el folklore como construcciones simbólicas encaminadas a evitar el desorden social y, más concretamente, la desobediencia infantil: “El asustaniños se construye bajo una lógica que estereotipa, deforma y envilece al personaje en cuestión, enfatizando su aspecto y comportamiento maligno y tenebroso, con el fin de provocar el miedo en el niño, de tal manera que se someta a las directrices de los adultos”.

Un reciente estudio sobre estos personajes del imaginario colectivo revela que se ubican recurrentemente en dos de los tipos incluidos por Foucault en la categoría de “anormales”: los monstruos y los incorregibles. Su localización en la marginalidad social, por tanto, se especifica en los arquetipos correspondientes: el mendigo, el delincuente, el borracho, el drogadicto, el loco, la bruja, el lisiado, el gitano, el mendigo, el vagabundo e incluso el vendedor ambulante, aquel inolvidable Drapaire de Serrat que se pregonaba así: “Sóc el drapaire, compro ampolles i papers, compro draps i roba bruta, paraigües i mobles vells… Sóc el drapaire, i els nens segueixen cantant. Ja m’esteu empipant massa. No us ha dit la vostra mare que jo soc l’home del sac?”.

Guardando el “Queu” evidente parentesco con todos ellos, se salta la condición de marginado y la sustituye por una cualificación del todo opuesta: es la autoridad institucional, el brazo armado de la ley. Debería pues homologarse –al menos en la mitología infantil de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo– al Sheriff del western americano, por ejemplo, y ya en décadas posteriores debería devolvernos la imagen de policía protectora que nuestros gobiernos democráticos –y la televisión pública– nos han querido vender.

Manolo Morán, protagonista de ‘Manolo guardia urbano’.

Sin embargo, nuestra memoria cultural no vincula ni una pizca de bondad a la imagen de la policía. Con la excepción de Manolo guardia urbano (1956), aquella película con la que el franquismo nos quiso convencer de las buenas intenciones de la autoridad, la tradición española –y, en concreto, la tradición oral infantil– sigue asimilando la policía al miedo, a la represión y a la muerte. Hay un texto brevísimo y significativo que habla de ello.

Documentado ya en el siglo XVII como juego de niños, las versiones orales del siglo XIX lo documentan así: “Tin, tin, llaman a la puerta, / tin, tin, que no quiero abrir, / tin, tin, si será la muerte, / tin, tin, que viene por mí”; y el juego de corro conocido como el “Cancón de esta forma: “Tan, tan, que a la puerta llaman, / tan, tan, que no quiero abrir, / tan, tan, que será el cancón, / tan, tan, que vendrá por mí”.

El constructo simbólico de la muerte interrumpiendo la vida se trasmuta en la figura del “Cancón”, fantasma para algunos y, en general, pariente otra vez de los asustaniños viles y tenebrosos del folklore. Y desembocan uno y otro en las versiones más actualizadas de la retahíla, en el asustaniños más de carne y hueso reconocido por nuestra infancia: “Rin, rin, llaman a la puerta, / rin, rin, yo no quiero abrir, / rin, rin, es la policía, / rin, rin, que viene por mí”.

Imposible reconocer en el guardia al héroe que puede rescatarnos la pelota del tejado. Por algo será.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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