Byron en primera persona

‘Diarios’. Lord Byron. Traducción, introducción y notas de Lorenzo Luengo. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018. 383 pp.

Doscientas páginas mal contadas en poco más de diez años: tal es el monto al que asciende la trayectoria diarística de George Gordon (lord) Byron (1788-1824). El conjunto, seis cuadernos o arranques de cuaderno de extensión variable –alguno de no más de dos o tres páginas– lo mismo puede testimoniar, por su extensión en el tiempo, una firme voluntad de afrontar un proyecto de escritura autobiográfica que por circunstancias de la vida no llegó a cuajar, que una declarada incapacidad para estar a la altura de un propósito que exige, ante todo, paciencia y constancia, además de una declarada propensión al autoanálisis sincero.

El resultado, como toda la obra literaria de Byron, es contradictorio, al mismo tiempo que fascinante: el fracaso o el desistimiento delimita un espacio de sugerencia, una suma de cosas no dichas o solo insinuadas, que todavía apela a la imaginación del lector contemporáneo, sobre quien también pesa la fundada sospecha de que prejuicios del propio Byron y de sus albaceas, tanto los más o menos oficiales como los sobrevenidos, tuvieron su parte en que esas omisiones y/o supresiones hayan sido más y mayores de las que hubieran debido ser.

Aún así, decíamos, el resultado sigue siendo fascinante y da fe de que el diarista no del todo logrado que fue Byron albergaba el germen de un escritor que intuía las exigencias del género y sus posibilidades. Ya la primera de las tentativas, la que recoge un diario escrito en Londres entre noviembre de 1813 y abril de 1814, se abre con una declaración significativa al respecto: “¡Si esto lo hubiera empezado hace diez años, y lo hubiera seguido fielmente!”. A pesar de su juventud, Byron intuye que los diarios funcionan tanto por acumulación como por perspectiva, y que su primer intento –eso parece, a pesar de que algún estudioso albergue la sospecha de que pudieron existir tentativas anteriores– suponía asumir el reto de establecer un tono y una distancia desde los que hablar de la propia vida; y sin duda redunda muy a favor de las capacidades de Byron el hecho de que este diario primerizo muy pronto consigue establecer ambas cosas: el tono, entre burlón y ocasionalmente introspectivo, y la distancia, que es básicamente la que mantiene un espectador irónico e inteligente, aunque quizá un tanto pagado de sí mismo y no siempre capaz de la necesaria contención. En algún momento, en efecto, su locuacidad parece anticipar el lúcido cinismo de un Oscar Wilde: “Si por algo la adulación no nos desagrada es porque, aun siendo falsa, nos hace ver que de alguna manera somos lo bastante importantes como para inducir a los demás a la mentira”. En otros, revela que sus reflexiones acusan, incluso cuando se extienden un tanto superficialmente sobre cuestiones de taller, ciertas dicotomías cruciales del pensamiento de la época: la idea, por ejemplo, de que la Imaginación, aquí entendida casi en el sentido que le dio Coleridge, redime a la realidad de su condición confusa y la devuelve “a un país que rezuma los colores más brillantes y oscuros, pero también los más vivos, de mi memoria”.  Finalmente, no desentonan del todo en este conjunto de observaciones casuales en torno a la vida de un joven aristócrata en la capital ciertos apotegmas de matiz desencantado y moralista: “Sin duda el territorio del pensamiento es infinito: ¿qué importancia tiene quién está delante o detrás en una carrera donde no existe la meta?”.

El cansancio, la desconfianza ante la utilidad de esfuerzo y, sobre todo, el desánimo inducido por la derrota de Napoleón y el triunfo aparentemente irreversible de las potencias reaccionarias, hacen que Byron abandone su diario londinense –y así lo hace constar en el último apunte– el 19 de abril de 1814. Algo más de dos años después, sin embargo, retoma la fórmula –de nuevo, con declaración explícita de intenciones: “Voy a llevar un breve diario de los progresos de cada día”– con el propósito de dar cuenta a su hermana Augusta de sus impresiones de una excursión alpina emprendida con su amigo Hobhouse. El lenguaje introspectivo y el intento de delineación de una máscara irónica y desencantada ceden el paso a los hechos desnudos. Byron se vuelve paisajista –“Últimamente he repoblado mi mente de naturaleza”– y factual, al mismo tiempo que parece tomar tácitamente conciencia de que la nueva mirada supone también una renovación de su estilo literario. Queda así establecido una especie de patrón: si en el siguiente breve intento de diario, el italiano (enero y febrero de 1821), vuelve de algún modo el Byron que alterna deportes y sociedad con horas de desencanto y reflexión distanciada, el que mantendrá en Cefalonia, en las costas griegas, poco antes de encontrar la muerte en Missolonghi en 1824, se atendrá de nuevo al preciso registro de hechos y circunstancias.

Byron vestido con una indumentaria típica albanesa. Retrato de Thomas Phillips.

Al lector de estos diarios, en cualquier caso, le caben pocas dudas respecto a cuánto habrían salido ganando de haberse atenido el autor a ese designio de objetividad. El diario italiano, por ejemplo, se beneficia más de los escasos atisbos que da el autor de su comprometida situación en relación a las enrevesadas circunstancias políticas del momento –conjuras y revueltas de “carbonarios” contra la autoridad papal y su principal aliado, el poder austriaco– que de sus algo impostadas declaraciones de tedio; por más que este ánimo introspectivo también dé paso, ocasionalmente, a algún que otro brillante atisbo de rememoración, en anticipo del tono memorialístico que terminará imponiéndose en el truncado “Diccionario” personal que intentará a continuación y los “Pensamientos aislados” que lo ocuparán hasta finales de 1821. Se da el caso de que Byron llegó a redactar unas memorias propiamente dichas, que su albacea testamentario creyó prudente destruir. Del puñado de recuerdos que el autor dejó en sus diarios, no obstante, cabe destacar los referidos a su brillante iniciación parlamentaria, a su merodeo en torno a los ambientes teatrales londinenses, a su estancia en Cambridge e incluso a los protagonistas de ciertas anécdotas que ilustran bien algunas actitudes vitales que heredarán los héroes byronianos e incluso cabe atribuir en gran medida a su autor: por ejemplo, su recuerdo de un tal Edward Noel Long, en el que, además de retrotraerse a “los que probablemente sean los días más felices de mi vida”, da cuenta de la personalidad autodestructiva de su amigo, que “la noche anterior había cogido una pistola, sin saber si estaba cargada y sin comprobarlo siquiera, y se la había descerrajado en la cabeza, dejando que el azar determinara si de veras lo estaba”.

Tales son algunos rasgos del proyecto diarístico que Byron esbozó y no llegó a redondear a lo largo de los diez últimos años de su corta vida. Lo conservado resulta, quizá, menos expresivo, a la hora de conocer mejor al autor, que las variadas digresiones que adornan su Don Juan, por ejemplo. Aún así, sigue siendo un efectivo esbozo de autorretrato y un interesante testimonio del hombre y del tiempo que le tocó vivir. desde luego, aporta algún que otro convincente argumento a favor de que Byron, un poeta tan característicamente unido a las virtudes y defectos de la literatura de su época, merece sin duda seguir siendo leído, y más cuando nos llega en una edición como la que nos ocupa, traducida con esmero y primorosamente prologada y anotada, no sabemos si “desde la parcialidad del entusiasta”, como él mismo ironiza, por Lorenzo Luengo.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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