Poética del buceador

Entre los frescos de uno de los palacios de Teotihuacán, la ciudad azteca, hay una imagen muy llamativa: la de un buceador que se desliza entre ondas marinas portando, en su mano izquierda, una red, y en la derecha una concha que intenta meter en la red. Debemos suponer que aquel hombre, aquellos buceadores de hace catorce o quince siglos, viviendo a más de quinientos kilómetros del mar, arriesgaban su vida para obtener de él simplemente adornos, pues ése era el destino de aquellos moluscos tan preciados.

Más allá de lo anecdótico del buceador azteca, la imagen del hombre sumergido a la búsqueda de un insignificante tesoro se repite en culturas muy distantes. Hay, por ejemplo, necrópolis etruscas (siglos V-VI a.C.) ilustradas con la misma figura y, al parecer, los restos de nassa reticulata hallados en algunas cuevas de Guipúzcoa atestiguan que hace más de cuarenta mil años sus habitantes arriesgaban sus vidas para llegar hasta el muy distante mar y sumergirse para obtener esos moluscos destinados al adorno.

El significado ambivalente de vida y muerte que en la cultura occidental tienen las aguas submarinas parece, en estos casos, disipar su ambigüedad para referirse al momento más crítico de la existencia, el del amor, ése donde vida y muerte llegan a ser una misma cosa. De ello hablan una serie de antiguas baladas europeas, misteriosamente emparentadas entre sí, pues recrean en términos muy similares esta enigmática figura del buceador.

Buceador de Teotihuacán.

Las tradiciones literarias orales francesa, bretona, italiana, croata, griega, lituana, turca, portuguesa y española comparten un relato cuya fábula arquetípica podría exponerse así: una mujer joven sufre un percance por el cual pierde su anillo o su preciado ramo de flores en el mar; desolada, pide ayuda a un grupo de marineros o pescadores, los cuales echan a suerte entre ellos quien será el encargado de recuperar la prenda; el afortunado se sumerge en el agua y, tras varios intentos, o bien perece ahogado o bien rescata el tesoro y logra, con ello, el amor de la joven. Esta versión francesa documentada a fines del siglo XIX recoge los principales motivos del relato: «Cath´rine se promèneble long de son jardín. / Aperçoit une barque de trente matelots. / Le plus jeune des trente chantait une chanson. / -La chanson que tu chantes, je voudrais la savoir. / -Belle, entrez dans la barque, je vous l´apprenderai. / En entrant dans la barque ell` se mit à pleurer. / On lui demanda: -Belle, qu´avez-vous à pleurer? / -C´est mon bel anneau d´ore à la mer qu´est tombé. / -Ne pleurez pas, la belle, j´irai vous le chercher. / Du premier coup qu´il plonge, du sable il a trouvé. / Du second coup qu´il plonge, l´anneau d´or a sonné. / Du troisiem´ coup qu´il plonge, le garçon s´est noyé».

Larga (y nada concluyente) ha sido la diatriba de los investigadores en torno a la monogénesis o la poligénesis de este relato mítico: ¿estamos ante un tema literario nacido en algún lugar de la antigua Europa y luego difundido a merced de migraciones y trasiegos?, o, por el contrario, ¿sería connatural a la representación imaginaria de los seres humanos esta narración del hombre que se aventura a sumergirse para encontrar un objeto que lo llevará al amor o a la muerte?

Quizás ambas cosas. Quizás el buceador pertenezca, como diría Lévi-Strauss, a esas estructuras antropológicas de lo imaginario en la que podemos reconocernos como seres ficcionadores, imprescindibles para nosotros ciertos símbolos con los que representar el deseo; y quizás también algún poeta, humano al fin, trovó la canción que todos quisieron repetir para así dar forma a ese deseo, una canción de la que sólo hemos podido oír, en el último siglo, apenas retazos prendidos aquí y allá en la memoria de unos cuantos ancianos.

Lo cierto es que la balada del buceador, desde Lisboa a Anatolia, se ha cantado durante cientos de años produciendo en quien la escucha lo que produce estar sumergido en el fondo del mar: que el tiempo se para, que se organiza de otra manera al tiempo terrestre y que nos permite estar con nuestro corazón a solas contemplando con nitidez (paradoja: desde la visión refractaria) la verdad. En una de las películas más hondas de los últimos tiempos, Drive my car, el amante susurra: «El silencio de esta habitación es muy similar al mundo submarino. El tiempo de detiene, el pasado y el presente se desvanecen».

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