Soy periodista

Cartas al siglo XX. 11 de abril de 1980, viernes.

Soy periodista. Sé que lo he sido siempre. De los demás no estoy seguro, pero de mí hay pruebas, en algún cajón del armario guardo el título que me dieron. Ciencias de la Información. Creo que incluso pertenezco a una de las primeras promociones. Estudié en la Autónoma de Barcelona. No me acuerdo de gran cosa de lo que me enseñaron, pero es lo que tienen los diplomas, certifican. Lo que me gustaba era escribir. Desde niño. A mi madre, el doctor para el que limpiaba su consulta le daba las libretas de notas con que las que las farmacéuticas se promocionaban. Es cierto que la cubierta era un anuncio, pero por dentro existía un paraíso de hojas en blanco encuadernadas. En algún lugar del piso deben de estar, todas caligrafiadas con cientos de historias. Lo que me ocurría o me contaron, ahí está copiado. En letra menuda, con frecuentes faltas de ortografía. Alguna vez les echo un vistazo. Solo por nostalgia. Tenía entonces un interés, creo, antes de escritor que de periodista. Conforme iba creciendo, sin embargo, me atraía más el presente, contado desde el presente para ser leído en ese mismo momento. La inmediatez acabó por fascinarme.  No me veía con ánimo para trabajar una historia durante años y después esperar meses y meses a que se imprimiera. Absorbía entonces el sentido propio de la época en su modo de respirar.

Tengo desde hace una década un contrato de colaboración en exclusiva con uno de los mejores periódicos del país. Me da para vivir bien. No puedo escribir en otros medios, pero tampoco lo necesito. Me lo prorrogan cada año, religiosamente. Quejarse sería de idiotas. La verdad es que he tenido suerte. Había empezado a hacer mis pinitos en el periodismo en medios marginales. Revistas de ateneos populares, publicaciones sindicales, fanzines barriobajeros. Donde fuera. Nadie me conocía, nadie me pedía un artículo, era yo quien los enviaba y al poco los veía aparecer. Esa magia me bastaba. Casi nunca me pagaban, o una miseria, pero en aquel momento inicial eso no era lo importante. Cuando me llamaron del periódico donde escribo, aluciné. Era un salto mortal, pasar de la nada al cénit. «Te seguimos atentamente», me dijo el redactor jefe que había entonces. «Te necesitamos, tienes un gran potencial». No era más que un mindundi, pero una llamada telefónica me convirtió, de repente, en un dios del periodismo. Nunca he sabido dónde se esconde el hada madrina que trafica con nuestros destinos y con nuestra vanidad.

 Viajé en un tren nocturno, en una litera, para estar por la mañana en Madrid. No pegué ojo en toda la noche. Aunque es posible que la durmiera entera soñando que estaba despierto para no pasarme de parada. En Madrid, que es el final de todos los trayectos. La redacción del periódico era como las que había visto en las películas americanas. Un delirio de voces y timbres de teléfonos. Ya buscaba con la mirada una mesa libre para imaginarme dónde iba a trabajar antes de haber firmado aún nada. Creo que, si me dijeran que no me podían pagar, aceptaría el puesto sin dudarlo. Al instante. El redactor jefe que me recibió me hizo poco caso. Me abandonó en la mesa de una administrativa, que fue quien me contó las condiciones. Habría firmado antes de oírlas. Tenía que entregar un artículo cada miércoles. De actualidad. Sobre lo que quisiera. Podía hacer crónica, entrevista, opinión, sin otro límite que la extensión ni otra pauta que la rabiosa actualidad.  Cada lunes tenía que llamar a un número de teléfono y anunciar el asunto que iba a tratar en mi texto, para que fueran preparando el reportaje fotográfico. Firmé, con los ojos cerrados. En la copia que me dieron figuraba estampada la firma del director del periódico. Lloré de gozo. Arrancaba la década de los setenta y yo salía a la pista del hipódromo a lomos del mejor purasangre.

Ilustración de José Ángel Cilleruelo.

Al lunes siguiente llamé a primera hora para explicar qué haría en mi primer artículo. Ya lo tenía escrito, claro. De hecho, me costó más elaborar la presentación de mi propósito que haría por teléfono. Que fuera el de una simple administrativa me dejó perplejo. Esperaba, por lo menos, hablar con el redactor jefe, si no era posible hacerlo directamente con el director. Tomó nota de lo que le dije, menos y peor expresado de lo que había pensado decir, y me puse a mecanografiar en limpio el primer escalón de mi gloria periodística. Cuando acabé, lo leí en voz alta y me dije a mí mismo: «Es que eres el copón de bueno, tío». Esperé el jueves su publicación. Luego, el viernes. Lo habrán dejado para el fin de semana, pensé, que hay más lectores. El lunes le pregunté a la administrativa. Me dijo que a veces las colaboraciones salían o no salían, que eso dependía de la dirección, pero que el hecho no afectaba ni a la periodicidad pactada ni al cobro de lo convenido por contrato. Y me preguntó cuál sería el tema del siguiente. No había pensado nada, improvisé algo y de inmediato me puse a redactarlo. Seis meses más tarde apareció publicado mi primer artículo en el diario. Era el que había escrito en decimoctavo lugar. No puedo negar que me alegró. Subí a casa con el diario, como hacía cada mañana, y nada más verlo volví a bajar a toda prisa para comprar cinco ejemplares. El recorte lo enmarqué y está por ahí colgado, ya amarillento. Los cuatro restantes los tiré años después, cuando necesitaba espacio en el estudio.

El siguiente no lo publicaron hasta varios meses después, y así pasó el primer año. Tenía un trabajo de prestigio, un excelente sueldo, pero solo la administrativa y yo sabíamos que era periodista. Luego pasó el segundo año, en el que publicaron de modo aleatorio cuatro o cinco colaboraciones de las que semanalmente enviaba. El tercero, lo mismo. Y al cumplirse el cuarto año, de repente, empezó a aparecer cada semana uno, no en orden, sino de modo aleatorio. Hoy se han cumplido diez años desde la firma de mi contrato. Desde hace seis publico en las páginas del principal diario nacional asiduamente. Soy un periodista reconocido, no un humorista como a veces se ha dicho con muy mala intención.

El artículo que mandé la misma semana de la firma, el primero, apareció un viernes siete años después de escrito. El que acaba de salir hoy mismo lo redacté hace ocho años. El que he enviado este miércoles se publicará a finales de esta década que acaba de empezar. Todos mis artículos, fruto de las investigaciones que desarrollé, de las entrevistas que hice en cada momento, de las opiniones que destilé en el alambique del trabajo personal y de la exhaustiva información que había recabado, representan el desarrollo de un ejercicio profesional impecable y, por cierto, bien remunerado. Y todos han merecido la tipografía de un gran periódico internacional, aunque hayan aparecido siempre con cierta dilación en relación al presente que retratan con extrema fidelidad. Lo que no justifica el mote con el que usualmente se me conoce en el mundillo: «el rancio».

Reconozco que durante años he trabajado a oscuras, atado al noray del oficio solo por el cabo de unos honorarios que nunca se retrasaron y que cada año han ido aumentando al mismo nivel que subía la vida. Pero no enloquecí. Realicé mi trabajo periodístico como si el artículo enviado cada miércoles apareciera cada viernes en el diario. Así cuando no aparecía ninguno, y así también cuando empezaron a publicarse regularmente, aunque fuera de modo aleatorio. Era, literalmente, lo que había firmado en mi contrato. Las dos partes cumplimos. Punto y final.

Un día, de viaje a Madrid, me crucé por acaso con el antiguo redactor jefe, el que me contrató, ya jubilado. Le invité a un café y aceptó. Pedí una copita y se sumó. Ya no era nadie en ninguna parte y tenía ganas de hablar. «Fue una idea del director que había entonces, un iluminado. Estaba convencido de que un gran diario no podía sustentarse solo con la actualidad. Contrató a filósofos, a historiadores y a científicos para que escribieran, y eso nos proporcionó notoriedad. «Pero falta algo, me repetía, falta algo. Insistía: Tenemos que desmitificar el presente». Hasta que se le ocurrió la idea: «Sería genial tener un periodista que publicara noticias atrasadas, no sé, cuatro años después de que haya ocurrido algo, escribir tal como se pensaba la víspera. Por ejemplo, un artículo que previera lo que iba a ocurrir, cuando todo el mundo ya sabe que pasó lo contrario a lo previsto. Cosas así. Un periodista anacrónico».  Y le dije: «Te lo busco y lo montamos». ¿Y por qué yo?, le pregunté incrédulo ante lo que estaba escuchado. «Verás, tenía que ser alguien joven, lejos de Madrid, inexperto, pero con verdadera vocación periodística. Le pedí a mi hermano, que vive en Sevilla, que me enviara los números que pillara del boletín que se publicaba en el ateneo de su barrio. Ahí vi tus artículos, creo que ni llegué a leerlos. Pero tuve un presentimiento y te llamé. Apareciste enseguida. Y aceptaste el trato a la primera. Eres nuestro invento: la desmitificación del periodismo. Cada semana pruebas cómo amarillea no solo el papel donde publicamos».

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