‘Tempore temporum’

La faceta creativa de Pedro López Lara (Madrid, 1963) era desconocida hasta 2021, momento idóneo y adecuado para publicar varios manuscritos que permanecían guardados en secreto. A partir de entonces, se activa su producción lírica con la aparición de libros de poemas tan destacados como Destiempo (Premio Rafael Morales, Talavera de la Reina, 2021), Dársena (La Discreta Ediciones, 2022), Museo (Premio Ciudad de Alcalá de Poesía, Huerga y Fierro, 2022) y Singladura (Renacimiento, 2023), entre otros. Así que es motivo de gozo encontrarnos con la lectura de uno de los últimos, Singladura.

El título de este libro responde a una navegación por la cálida corriente de la tradición clásica occidental. El poeta incorpora a su tripulación, además de los eminentemente poéticos, elementos filosóficos, literarios y religiosos. Y parte a veces de frases hechas o lugares comunes para, mediante una visión de raigambre existencialista aderezada con notas irónicas, llegar a lugares insospechados. Es, por otro lado, una poesía de raigambre meditativa porque interroga o se dirige a un tú callado.

La voz poética de Pedro López Lara encuentra en la tradición el punto de partida. Se aparta de la experiencia y los conceptos son relacionados con la realidad circundante basándose en el pensamiento. Amplía a partir de distintas reflexiones las ideas heredadas, profundizando en ellas sin conceder que el olvido marque nuestro legado. El poema viene a efectuar una labor de tanteo: “Es solo un animal sonámbulo”, dijo en Destiempo. Nos conecta con el pasado, con lo que fuimos y, tal vez, dejó de ser. Así es como sale a relucir uno de los motivos más destacados, el fluir inexorable del tiempo, entre aquellos sobre los que el poeta ha meditado. “Solo es bueno un poema / cuando el último verso se acuerda de todo”, dejó escrito en Dársena. La condición alusiva, elíptica, de los poemas en busca de un horizonte de expectativas (insinuaciones, contexto cultural…), de acuerdo con Umberto Eco, apuntan a un lector implícito. Así, los versos de Museo no tienen límites ni paredes, salvo las que el lector no quiera derribar: “Solo sabe sus límites aquel que los traspasa / y puede luego constatar / que ese país irreversible no era el suyo”.

Singladura se compone de una sucesión de casi setenta poemas titulados, breves, contenidos en una a dos estrofas en su mayoría, aunque algunos llegan hasta las siete. Un único movimiento, como el tránsito por la vida. Muchos de los títulos amarran la sabiduría compartida, por su capacidad evocadora, mediante resonancias trazan derroteros conocidos, nos retrotraen a otras partidas; otros, en cambio, motivan una reflexión mayor o trazan el itinerario –diáfano o difuso– al lector. El autor es fiel a la unidad de cohesión mantenida en el tono (cercano a las máximas o sentencias, a los dísticos palatinos, a los tigres borgeanos), pese a la distancia temática entre unas y otras composiciones, pues se deduce la propuesta de que no hay certeza posible más que el fin. La estructura es circular: el inicio explora la poesía y el final aborda el aspecto físico del libro (metapoesía).

Nos encontramos con versos que alimentan la poética del autor como un recolector de tiempos, como alguien cuya voz poética trata lúcidamente de la descomposición de la memoria. Al unirnos a ella, formaríamos parte de la misma desintegración, tan atenta al vivir como a lo que puede haber cambiado tras la vivencia. Ya desde el poema inicial, “Palabras antiguas”: “Busca el poema traducir / algo que en un remoto tiempo vio u oyó, / […] pero que era / nuestra tarea recordar y transcribir”.  Estos versos podrían enlazar internamente con el poema “Antepasado”, donde leemos: “Conservamos memoria del tigre que fuimos, / nostalgia de la fiera que, en satisfactoria jungla, / despedazaba cuerpos”. Y asimismo, en el poema “Regazo”, donde estamos destinados, con el paso del tiempo, a no encontrar “un lugar al que poder volver / sin ser reconocidos, / el umbral y la memoria sosegados. // En el que no vamos a entrar y no estuvimos”.

Además de estos poemas, podríamos añadir toda una serie (“Lacrado”, “Herraje”, “Envés”, “El encargo”, “Lobo nocturno”, entre otros), que comulgan del mismo decir lacónico, de palabras certeras y sugerentes en su disposición. Tal rasgo se aprecia también en anteriores obras, como, por ejemplo, Filacterias.

Este cuidado cuaderno de bitácora tiene trazadas las ideas en torno a tiempos vividos. En él trasciende la experiencia diaria al compartir situaciones cotidianas comunes. En el poema titulado “Voz paterna”, ya provengan de vivencias, ya de sueños, no hay huida para eludir nuestras obligaciones, adonde nos lleva la herencia: “[…] el difuso malestar diurno / que no podemos explicar mirando alrededor / y viendo lo que simplemente vemos, / girando suspicaces la cabeza para constatar / que en apariencia nada nos hostiga”.

A la luz de estos versos la realidad pactada muestra, en todo caso, un ámbito desrealizado como la propia escritura poética. El poeta despliega el objeto de la duda mediante la tensión en el lenguaje entre la literalidad y el sentido (por medio de juegos de palabras y paradojas), como muestra “Lo que fue evidente”, al referirse a quienes “estuvieron allí, y vieron y supieron / algo, que a diferencia de ellos, ha dejado de ser, / algo que no fue nunca razonable y tal vez nadie / -–creen ahora, delirantes, sus fieles–- pudo ver”. En esa misma línea, tras él, podría leerse “Tropas entrenadas”, donde el factor de la memoria vuelve a incorporarse. No se abandona el ritmo con la reiteración temática, como tampoco se abandona lo que en esencia somos a pesar de la sobrexplotación continuada de nuestro cerebro. Queda el decir fijado en los versos tendidos que seducen en sus imágenes, tan cercanos a la sentencia y al aforismo: “Nada que es primordial se pierde sin esfuerzo”; “El desprestigio nace en el momento / en que la invitación es aceptada”.

Quedémonos con el uso tan significativo que hace López Lara en Singladura de palabras y frases hechas, topicalizadas en los textos legislativos y administrativos. Como si las palabras se rebelasen y se apartasen del surco hecho para aportar nuevos y cotidianos sentidos, como ocurre en los magníficos “Alegato”, “El demandante”, “Licencia”, o en el compuesto a partir de lemas latinos  “Quod erat demonstrandum”, cuyo inicio se aparta de la premisa: “Fiel hasta el fin, el miedo nos preserva / de todo aquello que podría / rasgar o endurecer la piel: valer la pena”. O como sucede en la conclusión del estupendo “Expediente íntimo”, que nos lleva –o nos debería llevar– a la conciencia primera del ser humano: “qué clase de árbol fue, / qué hizo con la savia que le fue entregada. // Hasta qué punto fue capaz de entender / el cometido íntimo que le asignó la tierra”.

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