Nos quedamos con la miel en los labios en noviembre de 2011 cuando canceló la gira española que tenía previsto acercarlo al escenario del Campus Rock Cádiz junto a Rauelsson, alter ego del castellonense Raúl Pastor. Llegaba entonces Peter Broderick con la vitola de músico poliédrico e intenso, capaz de saltar del pop intimista a la electrónica hipnótica de la mano de una apretada agenda que le permitió estampar su firmar en un promedio de seis grabaciones anuales entre 2007 y 2012, contando tanto discos a su nombre como colaboraciones con amigos y proyectos del calibre de M. Ward, Laura Gibson, Zooey Deschanel, Efterklang, Oliveray (junto a Nils Frahm) o Horse Feathers. Por si faltara algo, este joven autor norteamericano aún encontraba tiempo para ampliar las herramientas de su expresividad a través de una relación que lo asociaba a instrumentos como piano, violín, guitarra, banjo o mandolina. Conclusión: una estupenda colección de trabajos, bautizada con títulos como Home (2008) o Music for Falling from Trees (2009), atiborrada de argumentos para exhibir las fortalezas de su autor.
Tres años de reposo en Suiza ha necesitado el norteamericano de veintiocho años para recobrar el aliento después de tan considerable esfuerzo. Grabado en Lucerna junto a un grupo de músicos locales, Colours Of The Night (Bella Union; 2015) nace con vocación redentora a la vez que nos devuelve al Broderick más convencional pero también al más luminoso e instantáneo. Vestido con ropajes de cantautor contemporáneo, el autor de Oregón ha construido una colección de canciones de sencillo armazón (guitarras, bajo y batería secundadas a lo sumo por contados arreglos de cuerda como en “Our Best”, viento en “More and More” o electrónicos en el conmovedor “If I Sinned”) pero profundo calado melódico, guiada con lucidez por su acogedora voz si exceptuamos el breve cierre instrumental “Rotebode”.
Basculando entre la sobria americana, el folk confesional e incluso el pop saltarín de “One Way”, el álbum nos devuelve a un autor oxigenado e incluso abierto si lo comparamos con algunas épocas pretéritas. Un Broderick reactivado –ahí queda un título como “The Reconnection” para constatarlo– que sigue enriqueciendo su crónica gracias a una brillante vuelta de tuerca que, estamos seguros, no será la última.

