Alicia ya no vive aquí

Ciento cincuenta años después de que se publicara Alicia en el país de las maravillas (1865) la cultura tradicional infantil europea ha sido devastada. No debería haber ocurrido así. El libro que su autor inicialmente tituló Las aventuras subterráneas de Alicia (Alice’s Adventures Under Ground) era fértil heredero de los descensos a los infiernos de Dante y de la novela de caballería, y deudor, en su vertiente más lúdica, de las fantasías pictóricas de Brueghel el Viejo, caso de Juegos de niños. El libro de Charles L. Dodgson (Lewis Carroll) nacía, además, en un momento en el que el romanticismo más humanista (y menos retrógrado) ponía la cultura popular (y con ella la infantil) a la altura merecida de patrimonio, en un momento en el que el krausismo alentaba la educación en libertad, en un momento, en fin, transido de imaginación y de creatividad que hacía soñar que los niños de entonces, desde entonces, serían hombres y mujeres capaces de transformar el mundo.

La novela de Carroll nace del relato oral, es ésa su primera virtud: la oralidad que anima el paseo veraniego de Alice Liddell y sus hermanas, embobadas ante el cuento de Dodgson. Nace de lo oral y deviene en lo oral, de ahí que la novela esté plagada de canciones, estribillos, rimas diversas, cuentos, retahílas, juegos de palabras y adivinanzas: “Llego tarde, llego tarde…”, “¡Curiorífico, curiorífico!”, “Ves como el industrioso cocodrilo / aprovecha su lustrosa cola…”, “¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?”, “Brilla, brilla, ratita alada, / ¿en qué estás tan atareada?”, “¡Que le corten la cabeza!”, “¡Venga, baila, venga, baila, / venga, baila y déjate llevar!”, “La voz de la langosta / he oído declarar…”, “Hermosa sopa en la sopera / tan verde y rica nos espera…”.

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Es novela, además, de pedagogo, maestro Dodgson, en el viejo y venturoso estilo del magisterio de Juan de Mairena, por ejemplo, que no adoctrina y que plantea la escuela como un aprendizaje integral de la vida. La tortuga lamenta que Alicia no vaya a una “buena escuela”, como a la que ella asiste, en donde, además de “clases especiales de francés, música y lavado”, recibe  las enseñanzas “normales”, a saber: “Nos enseñan a beber y a escupir, naturalmente, y luego las diversas materias de la aritmética: fumar, reptar, feificar, y sobre todo la dimisión”.

Y además el relato de Dodgson-Carroll es un ejercicio de seducción. Como las más de cien niñas con quien el extravagante y meticuloso Reverendo mantuvo una intensa correspondencia epistolar, Alice Liddell fue seducida por la palabra del maestro y, como casi todas ellas, posó para él, para su cámara fotográfica, empeñada –como su verbo– en captar la magia del otro lado. No creo que debamos insistir en esquivar el tabú in crescendo de la relación de Carroll con sus niñas (“Me chiflan los pequeños, salvo si son niños”, declara en su epistolario), porque eso nos llevaría a una discronía estéril entre nuestro tiempo de pánicos sexuales y el tiempo de Carroll, sospecho que de un erotismo mucho más rico y diverso. Alicia en el país de las maravillas revela una comunicación entre el adulto imaginativo y el niño inteligente que se ha perdido, que se nos ha ido de las manos en las últimas décadas, empeñados como hemos estado en encapsular a los niños en una inocencia idiota y en erigirnos, los adultos, en protectores del pecado.

Lo cierto es que Alicia ya no vive aquí. Como su homónima de la película de Scorsese, ha dimitido de un mundo de niños domesticados y ha emprendido su huida a algún sitio, a algún tiempo, desconocido para nuestro mundo, para nuestro presente, en el que seguir apostando por la aventura emocional e intelectual que le niega “esta aburrida vida” que les damos a nuestros hijos. “Por último, imaginó cómo sería, en el futuro, esta pequeña hermana suya, cómo sería Alicia cuando se convirtiera en una mujer. Y pensó que Alicia conservaría, a lo largo de los años, el mismo corazón sencillo y entusiasta de su niñez, y que reuniría a su alrededor a otros chiquillos, y haría brillar los ojos de los pequeños al contarles un cuento extraño, quizás este mismo sueño del País de las Maravillas que había tenido años atrás; y que Alicia sentiría las pequeñas tristezas y se alegraría con los ingenuos goces de los chiquillos, recordando su propia infancia y los felices días del verano.”

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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