Capítulo 12. Virtudes (3).
Ni puto caso.
En ningún sitio le habían hecho ni puto caso.
Ni en el centro de acogida, ni en la comisaría del barrio, ni ahora en el tribunal.
No tenía dinero para mantener a las niñas. La casa era de alquiler y debía seis meses. Del colegio se quejaban de que las niñas faltaban demasiado a clase y que cuando asistían se las veía sucias, incluso desnutridas.
Una de las niñas sufría terrores nocturnos. La otra, la mayorcita, había mostrado algún conato de violencia contra las compañeras de clase. En uno de los recreos, pese a sus once años, la habían pillado fumando.
Virtudes nunca estaba en casa. La abuela era incapaz de cuidar a las niñas, como ella era incapaz de controlar la camada. Un padre presidiario tampoco obraba a favor de la estabilidad familiar.
No, las niñas permanecerían en el centro de acogida. Lo dijo muy serio la jueza, para que luego te vendan la idea de que las mujeres son más comprensivas que los hombres cuando tienen cargos de responsabilidad y de importancia. Allí estaban bajo supervisión, se les daba clases, se les enseñaba urbanidad. Si de aquí a seis meses Virtudes lograba encontrar empleo, o su marido salía de la cárcel por buena conducta y encontraba trabajo, se revisaría el caso. No antes.
Seis meses. Por Dios bendito, seis meses. ¿Quién sabía qué podía pasar de aquí a entonces? ¿Encontrar trabajo? ¿Dónde? ¿De qué? Y si el maromo salía de la cárcel, lo más seguro es que tampoco encontrara trabajo, o si lo hacía (cosa imposible) seguro que le quitaba él la custodia. De sus niñas. Él, que ni siquiera se molestaba en llamarlas por sus nombres. Él, que ni siquiera las conocía en el día a día.
Pero no había nada que hacer. La jueza ni siquiera dio un martillazo sobre la mesa, como hacen en las películas. Simplemente, recogió los papeles y se levantó, sin hacer ni el más mínimo caso a sus lágrimas.
Un ujier la acompañó a la salida del tribunal, le indicó dónde estaba la puerta. Virtudes vaciló, sobrecogida. Aquel pasillo que conducía a la calle se le antojó (como en las películas, sí, siempre le habían dicho que era demasiado peliculera) el pasillo que conducía a los reos a la silla eléctrica. Ojalá lo fuera. A ella la conducía directamente a la calle, a un sitio sin nada, a una vida sin niñas.
Una explosión de flases y de clics clics clics la recibió cuando franqueó la puerta. Virtudes parpadeó, sin comprender durante medio minuto que aquel montón de periodistas a la puerta de la sala segunda no estaban aquí por ella. Se hizo a un lado, se detuvo.
La puerta se abrió de nuevo. Dos policías como dos armarios. Dos hombres trajeados, uno de ellos con gafas. Virtudes reconoció a uno de ellos, de la tele, de la prensa, pero no pudo situar quién era. Entonces las preguntas de los periodistas la sacaron de la duda.
—¡Señor Roldán, señor Roldán! ¿Qué opina de la resolución?
—¿Qué le parece que el juez haya decidido concederle la libertad sin cargos?
Trajano Roldán, el trajeado que no llevaba gafas, no dijo nada. Fue el otro hombre, el más joven, el que tomó la palabra para responder a las preguntas, insistir una vez más en la inocencia de su acusado y en recalcar, con palabras muy bonitas que sonaban a hueco, que el juez había decidido libremente y que los supuestos casos de malversación y tráfico de influencias de su cliente eran, una vez más, insidias provocadas por la oposición política y los grupos de sinvergüenzas anti-sistema.
Virtudes lo escuchó todo, atónita, a un lado, como una estatua de sal. Ella, porque no tenía un duro, se queda sin la custodia de sus hijas. Aquel tipo forrado de billetes (porque se le notaba a la legua) salía de rositas a pesar de todas las escuchas, todos los documentos y todas las declaraciones de los otros corruptos que habían levantado la liebre y lo habían acusado de estar detrás de una gigantesca trama de corruptelas.
Al otro lado de la muralla de los periodistas, un grupo de gente con pancartas. Ancianos y jóvenes, una marea de indignados. Virtudes sabía que los llamaban perroflautas. Protestaban por la libertad de aquel tipo trajeado. Pero ninguno se atrevía a hacer más que gritar.
Nadie movía un dedo por nadie. La pequeña gran tragedia de Virtudes no le importaba a ninguno. Ni a la jueza, ni a la prensa, ni siquiera a aquellos que en la acera de enfrente protestaban e insultaban.
¿Por qué nadie daba un paso? ¿Por qué nadie se armaba de valor y decía basta? ¿Por qué la justicia era tan injusta?
Virtudes sintió que el rostro se le acaloraba. Empezó a temblar. Nadie haría nada por ella. Nadie movería un dedo por sus hijas. Este hijo de puta que tenía delante estaría esta noche cenando en un restaurante de postín y celebrando con los otros peces gordos que tenía al mundo en la palma de la mano.
Ay, si ella tuviera una pistola. Si tuviera un cuchillo, cualquier cosa que le permitiera desquitarse, abrir un camino, expresar su protesta.
Pero no tenía ningún cuchillo.
No tenía ninguna pistola.
Ella no era nadie. No tenía nada.
No lo pensó. Actuó como un autómata. Un velo rojo le nublaba la visión. El corazón le palpitaba en las sienes.
Dio dos pasos hacia el periodista que intentaba inútilmente que Trajano Roldán diera de viva voz su opinión sobre la absolución que acaban de regalarle. Le quitó el boli del bolsillo, sacó el capuchón, se giró hacia el hombre trajeado y se lo clavó en el ojo.
Trajano Roldán gritó de dolor mientras la cuenca se le vaciaba y la sangre le chorreaba por la mejilla y ensuciaba su cara camisa de seda italiana. El disparo del policía, demasiado tarde, llenó la puerta de la sala segunda del olor acre de la cordita.


