Algunas baladas de tradición oral recogen con más o menos detalle el motivo de la prisión, y en concreto el de las penas padecidas en ella. En muchos casos el sufrimiento que la privación de libertad y la soledad producen se expresa intensificado por el hecho de penar en primavera, tiempo en el que los sentidos se despiertan del letargo invernal y el cuerpo –y el amor en consecuencia– se siente más cerca que nunca de la naturaleza.
Tal trágica ocasión expresa el viejo romance de El prisionero, muy difundido en todo el mundo hispánico, cuya historia suele desenvolverse como en esta versión zamorana: “Mes de mayo, mes de mayo, mes de las fuertes calores, / cuando los toros son bravos, los caballos corredores, / cuando los trigos encañan, los lirios están en flores, / Las damas andan en gala, los galanes en jubones. / Cuando los enamorados regalan a sus amores: / quién los sirve con naranjas, quién los sirve con limones, / quién los sirve con manzanas, el fruto de los amores. / Pero yo, triste de mí, metida en esta prisión, / sin saber cuándo amanece, ni cuando arrayaba el sol; / si no es por tres avecicas, que me cantan al albor: / la primera es la calandria, el otro es el ruiseñor, / la otra la tortolica, que anda sola, sin amor: / no se posa en el romero, ni en ramos que tengan flor, / que se posa en las aradas a la sombra de un terrón, / a recoger el granito que derrama el labrador. / Ahora, por mis pecados, no sé quién me las mató; / ¡malhaya sea la escopeta, malhaya sea el cazador!”
Es muy probable que la enorme vitalidad del romance en la oralidad tradicional se haya debido a la concentración de significados que en la mayoría de las versiones se produce en torno a la primavera, y más en concreto al contraste dramático entre el expansionismo vital y erótico de esa época del año y la oscuridad y el aislamiento en que vive el protagonista. Al hilo de ello, la balada incorpora en ocasiones un estribillo goliardesco (“¡vitor vitanda!”, ¡viva lo prohibido!) vinculado al goce amoroso carnal.

Pero no es menos cierto que El prisionero es un relato que sugiere algún elemento misterioso, lo no dicho, la causa de la prisión, escondido quizás bajo la potente advocación de la cebada, los trigos, los lirios y los pájaros. En ellos –y especialmente en las aves– se concentra un simbolismo que podría desvelar el secreto.
Siguiendo una tradición que se remonta al menos hasta Anacreonte, la poesía amorosa (culta y popular) de los siglos XV y XVI convocó con frecuencia a los pájaros como mensajeros de amor, siendo los favoritos el ruiseñor y la calandria, cantor nocturno el primero, anunciadora del alba (y, por tanto, de la separación de los amantes) la segunda. La tradición literaria habla, además, de que el ruiseñor no simboliza el legítimo amor conyugal, sino la lujuria y el adulterio. Al hilo de esta simbología, puede interpretarse que tras el llanto de El prisionero hay un relato (perdido) que se referiría a que la cárcel del protagonista viene impuesta por un amor adúltero, y por el consecuente castigo de un marido celoso; y con el mismo fundamento cabría leer que el ruiseñor y la calandria, -siendo las aves que despiertan la melancolía del cautivo por el amor perdido, y siendo por demás el único consuelo de éste- caigan atravesadas por la ballesta furiosa de ese mismo marido, que así eliminaría cualquier rastro del adulterio.
Sea como fuere, leer y oír el romance del anónimo cautivo no puede dejar de evocarnos el momento milagroso del “alba del romancero”: la fecha, 1825; el lugar, la Cárcel de Señores de Sevilla. Allí, sufriendo prisión real a manos del absolutismo de Fernando VII, el bibliófilo Bartolomé José Gallardo, romántico y liberal, compartió celda con dos hombres de Marchena, quizás gitanos, Curro el Moreno y Pepe Sánchez. Ellos le cantaron a Gallardo los romances de Gerineldo y de La boda estorbada, y pudo reconocer en ellos el intelectual la prodigiosa supervivencia de viejas baladas a través de generaciones y con el único soporte de la voz y la memoria. Gerineldo, el relato que recoge los amores ilícitos de la hija de Carlomagno, Enma, con su paje Eginardo, también principia en muchas versiones con versos de El prisionero, que en aquella cárcel sevillana seguro que hubieron de sonar, más que nunca, como el bálsamo y la melancolía que la evocación de la primavera llevan a cualquier encarcelado.

