El patrimonio y la humanidad

La defensa a ultranza de todo lo que huela a patrimonio se ha convertido en un asunto popular e incuestionable. Quién lo iba a decir. A día de hoy ricos y pobres, letrados e iletrados, mujeres y hombres de todas las edades y de todas las clases manejan con desenvoltura y armados de fundamento expresiones como “patrimonio cultural inmaterial” o “conservación y puesta en valor del patrimonio”; con el mismo desparpajo y firmeza que los políticos más panfletarios y apresurados salpican sus mecánicos discursos con los señuelos feministas de “visibilidad”, “empoderamiento” o “igualdad”.

Expongo una reflexión que me he hecho muchas veces en el transcurso de entrevistas sobre tradición oral. Las mujeres –sobre todo las mujeres–, al cantar tal o cual canción o romance guardado en algún rincón de su memoria, han recordado cómo antaño usaban ese texto para hacer más llevadero el hastío de la costura, del lavado, de la plancha y de tantos y tan ingratos quehaceres domésticos. Ese frondoso patrimonio, efectivamente, ya no está vivo, y siendo honestos habría que añadir que afortunadamente es así. Porque lo cierto es que buena parte de las tradiciones, ritos, prácticas, saberes, oficios y demás elementos etnológicos a los que reconocemos valor patrimonial vivieron asociados a unas condiciones de vida precarias, a un mísero analfabetismo y a una estructura social y familiar plagada de esclavitudes y desigualdades.

Desde tal hecho, debería resultarnos poco honrado valorar sin más el patrimonio cultural como algo que hay que conservar a cualquier precio. Sería tan desatinado como si un arqueólogo que descubre evidencias de un anfiteatro romano bajo un hospital comarcal construido hace cinco años exigiera a la Administración derribar el hospital, dejando sin asistencia médica a cien mil personas para permitir así la contemplación  del yacimiento milenario.

Detalle de la procesión de "Los empalaos" en Valverde de la Vera.

Procesión de “Los empalaos” en Valverde de la Vera.                        Foto: turismoextremaduras.com.

Me contaron hace poco que en la centenaria procesión extremeña de “los empalaos” ya es muy difícil contar con devotos voluntarios que se presten a padecer las terribles secuelas de tener su cuerpo aprisionado por sogas durante horas. Perdida la fe en el sacrificio y la penitencia (que para eso nos han hecho creer que vivimos en el estado de bienestar), al parecer el ayuntamiento paga a alguien que lo necesita para que se someta a la tortura. Así el patrimonio se conserva, los turistas siguen aplaudiendo el espectáculo y el alcalde abona la factura del empleado-empalado justificando el gasto como “una cuestión de humanidad”. Apelar, pues, a la humanidad para vaciar de contenido un patrimonio que, pese a no tener ya sentido ritual, se quiere seguir comercializando como Patrimonio de la Humanidad. Todo queda justificado por una antigüedad que se cifra incuestionable y que indefectiblemente resuelve la irracional ecuación de lo antiguo = lo valioso.

A ese postulado se adhieren quienes se rebelan contra la extinción de la tortura de animales en fiestas, regocijos y demás jolgorios públicos. Claman al cielo y se lamentan de la destrucción del patrimonio que supondría el que se dejaran de arrojar una cabra desde el campanario, de cortar el cuello a un gallo colgado por las patas de una cuerda o de incendiar con bengalas los cuernos de un toro que corre aterrorizado por entre las calles empedradas de un pueblo blanco con arquitectura patrimonial.

Y así se nos colma el orgullo de pertenecer a la Humanidad cuando la UNESCO proclama Patrimonio de la Humanidad a alguna de nuestras fiestas bárbaras, sin pensar por un momento que el mantenimiento de ese supuesto patrimonio pasa por desproveernos de cualquier resquicio de humanidad.

Imagen de portada: Toro de Medinaceli. Foto de Agencia EFE.
María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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2 Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo, María Jesús. Según la lógica de los amantes del patrimonio cultural inmaterial, no sólo habría que recuperar el anfiteatro, por ejemplo, sino aquellos artísticos rituales que lo hacían vibrar de emoción cuando los gladiadores entraban a matar con torería (una pena que toda aquella grandeza se haya perdido). Y qué decir de nuestros bellos autos de fe, con aquellas procesiones de sanbenitos, con aquellos sermones de escalofrío, con aquel olor a leña y carne asada y esas humaredas salvíficas con las que ascendía al cielo el espíritu de los herejes…

    Ya puestos, no sólo habría que mantener vivo el patrimonio sino resucitar el que se hubiera perdido…

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    • María Jesús Ruiz

      Eso es. Yo me voy a poner ahora mismo a tirar los electrodomésticos para lavar a mano ropa y platos, así no se me olvidarán las canciones de mi madre. Besos

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