Jorge Grau o las singularidades del cine español

Emitió el segundo canal de TVE, en su programa dedicado a la historia del cine español, la copia restaurada de Noche de verano (1963), el primer largometraje de Jorge Grau (Barcelona, 1930). Casi no hay semana en la que la emisión de determinadas películas en este programa no sea noticia; y no solo por el indudable acierto de sus responsables a la hora de proponer tales o cuales títulos, sino también por evidenciar un curioso rasgo de nuestro cine: la escasez, en él, de trayectorias autorales destacadas, que permitan al espectador remitirse a una serie de títulos que conformen la visión del mundo de un determinado director y sus rasgos de estilo más destacados. Por el contrario, abunda el cine español en películas aisladas que supusieron, en el momento de su estreno o en su consideración posterior, verdaderos hitos que permitían esperar nuevas obras notables de sus autores, sin que la promesa llegara a cumplirse más que en contados casos.

Francisco Rabal en 'Noche de verano'.

Francisco Rabal en ‘Noche de verano’.

No es éste exactamente el caso de Jorge Grau. El conjunto de su obra certifica la existencia de un cineasta con voluntad de estilo, curiosidad indagatoria y una mirada atenta al cine más innovador de su momento. Abocado a hacer cine comercial destinado a los circuitos de consumo, tanto nacionales como internacionales, y en una época en la que los cineastas españoles acusaban sin duda el desfase existente entre las restrictivas condiciones de producción que propiciaba la censura española y la abierta permisividad existente en los países en los que había de distribuirse el producto, Grau supo hacer de la necesidad virtud e imprimir a sus películas de los años 70, y especialmente a títulos como Ceremonia sangrienta (1973), Pena de muerte (1973) y No profanarás el sueño de los muertos (1974), una curiosa textura visual y moral, por la que lo explícito se ajustaba siempre a los límites de lo permisible, pero abría las puertas a que la imaginación del espectador añadiera por su cuenta todo aquello que las imágenes oportunamente se negaban a mostrarle, ya fueran crímenes sangrientos, escenas de cama –casi siempre, en situaciones que suponían una crítica implícita a la hipocresía social imperante– o simples desvíos de la moralidad burguesa.

Lucía Bosé en 'Cermonia sangrienta'.

Lucía Bosé en ‘Cermonia sangrienta’.

Célebre fue, por ejemplo, la escena de Pena de muerte en la que los protagonistas –un juez francés y su esposa, que veranean en un balneario gallego– asisten a un estrambótico concurso en el que unas chicas en biquini deben devorar cantidades ingentes de marisco a la vista de un jurado… Una de las concursantes viene acompañada de su madre, que es quien le guarda el vestido del que inopinadamente se despoja para lanzarse al escenario del concurso; otra, la ganadora, es la telefonista del hotel donde residen los protagonistas, y a quien el juez, al verla al día siguiente en su puesto, no reconoce. Tienen estas escenas la textura de los chistes visuales de raigambre surrealista que tanto abundan en los filmes de Luis Buñuel; pero aderezados, cabría decir, con un toque de farsa social que las emparenta también con el sarcasmo de tono grueso que salpimenta las películas de Claude Chabrol, por ejemplo. Hay que decir que al juez en cuestión lo atormenta el recuerdo de las múltiples condenas a muerte que ha emitido y que su reprimida mala conciencia lo lleva a interiorizar el comportamiento criminal de sus víctimas, casi siempre culpables de actos extremos de violencia sexual. Por ello es significativo que en su otra película del mismo año, Ceremonia sangrienta, la textura visual se ajuste, como corresponde a una trama de asunto vampírico,  a los tópicos de las producciones sensacionalistas de la productora británica Hammer o del italiano Dario Argento, pero que el verdadero interés de la película esté en la disección que hace de la sexualidad reprimida de una mujer de mediana edad, sensacionalmente encarnada por la italiana Lucía Bosé. El cine de Grau ha jugado siempre con ese tipo de ambigüedades; y, casi siempre, a contrapelo de los fines e intenciones a los que parecían responder los planteamientos nominales de sus filmes. Uno de los más afamados en su día, Tuset Street (1968), pareció concebirse como vehículo de lucimiento de la actriz Sara Montiel, que interpretaba su habitual papel de dama del espectáculo en horas bajas y expuesta a los engaños de un seductor sin escrúpulos. La novedad estribaba en que la historia no habría de transcurrir en los ambientes habituales en los que el público estaba acostumbrado a ver a la actriz, el mundo de la canción española o el teatro de variedades, sino en un entorno rigurosamente contemporáneo: la sofisticación impostada de los ambientes barceloneses que remedaban el swinging London de la época. Y Grau consigue lo que parecía poco menos que imposible: que su película haya quedado como un documento fidedigno de ese momento fugaz en la historia de las costumbres de la burguesía barcelonesa. No en vano sus orígenes como cineasta hay que situarlos en el documental “social”; y es curioso que alguna de sus realizaciones en este campo –por ejemplo, el cortometraje Ocharcoaga (1961), sobre la construcción de un complejo de viviendas destinado a erradicar el chabolismo rampante en el cinturón industrial de Bilbao–, lograran, a despecho de su condición de documentos puramente propagandísticos, transmitir el pavoroso trasfondo de miseria y desigualdad que subyacía a los presuntos logros económicos y sociales del “desarrollismo” oficial de la época.

Sara Montiel en 'Tuset Street'.

Sara Montiel en ‘Tuset Street’.

Pero decíamos que la historia del cine español parece hecha a golpe de singularidades. Y en la obra de Grau, a pesar de la coherencia y el indudable interés que presenta el conjunto que hemos comentado, no deja de destacar como singularidad absoluta su película primera, la ya citada Noche de verano (1963). Seducido por el cine italiano, y explícitamente por el ejemplo que suponían La dolce vita (1960) de Fellini y Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954) de Rossellini, Grau intentó nada menos que ofrecer un despiadado panorama de lo que eran las relaciones entre hombre y mujer en los ambientes de clase media de la Barcelona de su tiempo. Irónicamente, la película fue financiada por una productora controlada por el Opus Dei, lo que hizo que, a la vista de los resultados, ésta obstaculizara lo más posible su distribución e incluso forzara algunos cortes en su metraje. La versión restaurada que ha emitido TVE la muestra, no obstante, en todo su esplendor: como un magnífico documento de la realidad social de su tiempo, articulado en las historias entrecruzadas de tres parejas que coinciden en la celebración de la noche de San Juan en Barcelona dos años consecutivos. En el primero, filmado con el nervio con el que Fellini inmortalizó la noche romana en su película de 1960, los personajes quedan perfectamente retratados en sus alicortos deseos y aspiraciones: desde el mujeriego impenitente (Francisco Rabal) que se justifica en el desapego que le manifiesta su mujer, hasta la esposa desatendida y, sin embargo, enamorada de su marido, o el indeciso que empieza la noche con una chica y acaba en brazos de una novia anterior… Al año siguiente el mujeriego, su mujer y la esposa desatendida coinciden en una celebración de San Juan en el lujoso chalé del primero, mientras el marido de esta última se juega el futuro de su negocio en una vertiginosa noche de transacciones fallidas. El tercero en discordia, al cabo de un año de matrimonio fallido con su primera novia, encuentra de nuevo a la chica del año anterior y efectúa un penoso intento de seducción. El círculo se cierra bajo la impresión de que esas vidas descentradas, como la incontrolada multitud que deambula por Las Ramblas bajo los dictados de la fiesta, están condenadas a repetir ad infinitum su ciclo de desencuentro y soledad, bajo los dictados de unos códigos sociales que no permiten otra cosa. Fue, sin duda, una película muy sorprendente para su tiempo. Pasó, quizá, sin pena ni gloria; y su director, desde luego, no volvió a tener ocasión de filmar otra igual.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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