Oscuro y jondo

Es curioso lo del flamenco y la fotografía: lo del color, el flamenco y la fotografía, para ser más precisos. Mientras el cante gitano-andaluz ha sido recogido por los fotógrafos extranjeros en un registro cromático saturado de colores; excesiva toda la escenificación y rabiosamente arquetípica –herencia, quizá, de haber soportado esa forma de arte el núcleo de cierta idea juguetona de España transmitida desde el XIX por los viajeros románticos, y años después aprovechada para la proyección internacional desarrollista–, la mejor fotografía sobre flamenco que se ha filmado de puertas para adentro ha sido en el más ascético blanco y en el más riguroso negro.

Adrián Morillo, portuense que hasta el próximo cinco de julio expone en la Galería-Pub Blanco y Negro (en la Calle Alarcón, también de El Puerto), no había nacido cuando se publicó el que quizá sea el álbum de imágenes más importante de todos cuantos, aquí y fuera de aquí, han visto la luz después de que su autor –autora en este caso– se abrasara con el resplandor oscuro de los sonidos negros. Hablo de Luces y sombras del flamenco, firmado por la legendaria Colita en la primera mitad de los setenta, editado por Tusquets y con textos de José Manuel Caballero Bonald. Ahí quedó eso. No sabemos siquiera si Morillo conoce esa obra genial, pero algo, o mucho de aquella textura, hay en Jondo, título rotundo de esta muestra –suena casi a martillazo sobre el yunque que acompañaba a las tonás– porque no es poco lo que debe esta veintena de imágenes a lo mejor que sobre ese universo artístico han sabido ofrecer otras formas de representación.

Cuando la poesía, la pintura y la fotografía han conseguido capturar, y transmitir, lo intemporal, lo telúrico y lo socialmente desgarrador de ese grito imponente de un pueblo tantas veces sojuzgado, es cuando de verdad se ha estado cerca de que un poema, un cuadro o una foto puedan estremecer como lo hace el mejor flamenco en estado de gracia. Y es esa emoción –ese duende del que habló Lorca, o lo que los iniciados llaman “pellizco”– la que viene a nosotros cuando recorremos la derrota, la vejez, el cansancio de estas escenas; pero también la sensualidad, la juventud o la pura juerga que emanan de este proyecto documental, de esta película en imágenes quietas, al que su autor dedicó una buena temporada de trabajo después de que, casualmente, se topara con un arte que se fraguó hace siglos en la Baja Andalucía y que él mismo, en una entrevista reciente, iguala a la experiencia mística. Intenso y bien medido el gesto de los protagonistas, evitando el peligroso precipicio del tópico machacón. Escenas de hoy, pero que podrían ser de hace cincuenta o sesenta años, porque susurran un aire añejo, humeante y cavernoso –atmósfera de un tiempo fuera del tiempo– por más que los vasos largos de los cubatas hayan sucedido a los catavinos y las medias botellas. Espectacular juego de contrastes con especial mención al perfil impactante y sombrío de Manuel Agujetas al que mira un refulgente punto de luz con maneras de Luna.

Licenciado en audiovisuales por la Universidad Rey Juan Carlos, Adrián Morillo ha cursado una Maestría en Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid y ha conseguido una beca para estudiar en la escuela de fotografía MadPhoto. Su trabajo ha sido publicado en revistas nacionales e internacionales: Vice, Dodho Magazine, Xataka Foto o Resource Magazine.

Ángel Mendoza

Autor/a: Ángel Mendoza

Ángel Mendoza (El Puerto de Santa María, 1969), maestro y pedagogo, ha publicado, entre otros, los libros de poemas 'Pequeñas posesiones', 'Horario de invierno' y 'La luz de hoy' y la colección de relatos 'Huellas de elefante'. Como crítico literario colabora en diferentes publicaciones periódicas.

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