A la noticia de la muerte del actor Christopher Lee le he puesto el rostro, no de algunas de sus actuaciones más recientes, ni tampoco el de los muchos vampiros en tecnicolor que interpretó entre los años 60 y 70, sino la contrastada imagen en blanco y negro con la que compareció en Cuadecuc Vampir, una película vanguardista que filmó el catalán Pere Portabella en 1970.
Eran tiempos broncos, pero había también quien entendía que la rebeldía podía traducirse en travesura. Y de eso se trataba: filmaba Jesús Franco por entonces en Barcelona, por encargo de la productora británica Hammer, una enésima versión del Drácula de Bram Stoker, y en ese rodaje se colaron, con poco más que una cámara manual cargada con una película en blanco y negro de alto contraste, el todavía cineasta cuasi amateur Pere Portabella y su equipo. La intención no era otra que vampirizar al vampiro: robar algunas escenas del rodaje oficial, añadir alguna que otra toma extemporánea que mostrase el utillaje, los tiempos muertos o las sesiones de maquillaje, y poner de manifiesto la delgadísima línea que separaba la realidad propiamente dicha –paisajes de extrarradio, trenes de cercanías, etcétera– de la pretendida atmósfera “gótica” y decimonónica del filme. El resultado es sobrecogedor: la película de la Hammer, plagada de estilizados convencionalismos destinados a satisfacer el gusto de la clientela de los cines de barrio, se convierte en una cinta paroxística, nerviosa, inquietante, con esa textura onírica que todavía conservaban las películas mudas de la época en que Dreyer, Murnau y otros codificaron para siempre el relato en imágenes del mito vampírico. No termino de explicarme por qué la película tardó decenios en estrenarse en España: más por desidia que por otra cosa, imagino, porque lo cierto es que la censura franquista sabía muy bien que tenía poco que temer del lenguaje sincopado y un tanto hermético de la vanguardia.

Vista hoy día, la película de Portabella arroja, si acaso, una luz distinta sobre el actor que con más frecuencia y éxito encarnó al vampiro en esos años: Christopher Lee. El primer vampiro célebre del cine, el Nosferatu de Murnau, no era más que un espantajo. Hubo que esperar a la llegada del cine sonoro para que el personaje de Stoker recobrara su don más característico: su discurso elegante y nostálgico, que exigía modales a tono. Fue el húngaro Bela Lugosi el encargado de encarnar esa nueva versión teatral y parlanchina del vampiro. Y en esos cauces se mantuvo el personaje hasta que, en los años sesenta, el espíritu de los tiempos quiso subrayar otro aspecto indiscutible del mismo: la posibilidad de que su inclinación a beber la sangre de cuerpos hermosos y jóvenes fuese una forma de perversión sexual. Christopher Lee puso rostro a esa nueva versión del vampiro, y lo hizo en un momento en que el cine comercial dejaba definitivamente atrás la fotografía en blanco y negro y se entregaba a las estridencias del tecnicolor. Mundialmente famoso, estridente y sexy, el Drácula moderno era un icono pop, como lo fueron los rostros de Marilyn Monroe y del Che Guevara o la lata de la sopa Campbell. La gamberrada de Portabella y los suyos fue apoderarse de ese icono y despojarlo de sus atributos para encontrar en él, quizá, una verdad más esencial: su pertenencia a ese espacio de irrealidad que comparten el sueño y el cine.
Hoy Christopher Lee –Drácula, Sarumán, Sherlock Holmes, Conde Dooku– es ya del todo materia de sueño. Descanse en paz. Y sin estaca.

