Yo estaré con vuestra sombra ¡oh hermosamente vivos!
Gabriel Celaya
El pasado verano publicó Renacimiento el segundo libro de poemas de María Regla Prieto (Sanlúcar, 1964), Noviembre. Encabeza el libro un bello prólogo de Salvador Daza, quien, con palabras muy afectuosas, hace hincapié en la huella que un padre deja en nuestras vidas y lo difícil que resulta llenar ese vacío tras su muerte. Este libro lo ha dedicado María Regla a su padre, fallecido en el mes de noviembre, a modo de homenaje y de diálogo póstumo. Son veinticuatro poemas cargados de belleza y sentimiento, en los que comparte con los lectores su ausencia, los recuerdos y el poso de dolor.
Nos habla del pequeño latido que queda tras perder a un ser querido. Exánime, agonizante, apenas sintiendo la sangre recorrer el cuerpo, porque este se ha quedado sin la energía suficiente para bombear con fuerza el corazón, la poeta se compara con «la última hoja de ese sauce seco / que agoniza junto a mi ventana», una hoja temblorosa empujada por el viento, huérfana de la savia que el árbol le ofrecía. Muerto el padre, la pequeña hoja ha de desprenderse de la rama y buscar algo a que aferrarse para que su vida continúe. Entre tanto va «mordisqueando / la ebriedad del dolor y soporta la extrañeza / de ese silencio helado» que su ausencia ha dejado. A la deriva, en la oscura noche, queda esperar la luz y la cicatrización de las heridas. Queda la memoria de tantos momentos compartidos con su padre, sobre todo recuerdos de la infancia, una etapa en que todo parecía un descubrimiento fascinante. Era el padre quien inculcaba seguridad y calor, el dios que ordenaba el mundo y se lo iba mostrando, un ser entre la ira y la ternura, el tesón y el miedo a fallar a su familia.
Recuerda María Regla aquel parvulario donde lo llevó su padre de la mano para aprender las letras, trazos mágicos que nunca la han abandonado, y aquellos libros que amó desde niña, capaces de descubrirle un mundo de libertad y rebeldía al que no estaba acostumbrada y de ofrecerle el oxígeno suficiente para soportar la rutina. Es ahora cuando comienza a entender el carácter paterno, un hombre que no tuvo infancia ni adolescencia pues con muy pocos años tuvo que ponerse a trabajar y hacerse responsable: su gusto por la puntualidad y el orden, su pasión por los viajes, su costumbre de hablar poco, su resignación y su orgullo. Se mira la poeta en el espejo en busca del rastro de su padre en su propio rostro, para hacer tangible lo intangible e identificarse con él, y se adentra en los laberintos de dolor compartiendo amistad con Minotauro.
Hay también en este libro –a modo de abrazo familiar para compartir el dolor– tres poemas dedicados a la madre, que ha quedado sumida en el silencio y la soledad, un poema dedicado a la abuela «domadora de tormentas», otro al abuelo a quien no llegó a conocer pero plantó una higuera a la que abrazarse, y un poema dedicado a su hermano fallecido.
Termina el libro con dos poemas en los que ruega a su padre que no llegue el tiempo del olvido, sino de aprender a convivir con su ausencia; tiempo para echar de menos sus consejos y ser perdonada: «Perdóname todas esas veces que no estuve a la altura / y, sobre todo, perdóname las omisiones / más que las acciones», pues quedaron muchas cosas por decir. Es Noviembre un libro de lenguaje sencillo y emotivo, con una gran capacidad de evocación. Me ha hecho recordar El retorno (1955) y Final de un adiós (1984), libros en que José Agustín Goytisolo hace una elegía de su madre, recordando la expulsión del paraíso que supuso su muerte, convirtiéndolo en un huérfano desvalido ante el mundo.


