Para Juan Abreu (La Habana, 1952) Cuba es un Estado, pero de excepción. O sea, una dictadura de izquierda pura y dura, prácticamente desde que el movimiento revolucionario liderado por Fidel Castro asaltara el Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y cinco años después acabara con la dictadura de derecha de Fulgencio Batista. Pero Cuba también es un estado de ánimo, aunque más bien de ánimo cada vez más desanimado, precisamente a consecuencia de las penalidades y de las miserias a las que el régimen castrista ha ido sometiendo a los otrora animosos e idealistas revolucionarios que, con ingenua y crédula sinceridad, pensaban que su isla, siguiendo los principios dogmáticos del comunismo marxista, se convertiría en un paraíso de igualdad, fraternidad y prosperidad, cuando en realidad en lo que ha acabado convertida es un infierno a la medida de casi todos los cubanos, idealistas o no. Abreu —que descree de cualquier idealismo redentor del ser humano porque ha vivido en sus propias carnes que cuando el idealismo se vuelve pragmático en lugar de redimir oprime, tiraniza y somete a cualquiera que no comulgue con sus ideas— vive exiliado en Barcelona desde que en 1980 tuvo que salir de «La Pavorosa» en barca, como deportado oficial, junto con su gran amigo Reinaldo Arenas (lo cuenta en Debajo de la mesa) para mantener a flote su libre conciencia y no morir esclavizado dentro de un régimen despótico, cruel y arbitrario, que, entre otros muchos desmanes, ya le había hecho la vida imposible no solo a él y a Reinaldo Arenas sino también a otros escritores malquistos por el castrismo. Los cubanos tienen fama de sandungueros, de festivos vividores y parranderos. La sociología (esa ciencia infusa) los reputa de gentes despreocupadas, incluso indolentes, como si para ellos la vida no fuese sino un perpetuo presente sin visos de apurarse por alcanzar un mejor porvenir. De ahí, tal vez, que lleven más de sesenta años sin rebelarse contra la pobreza y la falta de libertad en la que viven, como sombras sin sombras dentro de una oscura caverna. Sin embargo, quienes, desde fuera, observamos esa triste y tenebrosa realidad no nos dejamos engañar por aquellos que vocean a los cuatro vientos que el régimen político cubano, desde sus inicios hasta hoy, no ha hecho sino hacer el bien e impartir justicia contra el viento y la marea del capitalismo. Esas voces apologéticas del castrismo y desdeñosas del capitalismo son, curiosamente, las voces representativas de lo que Ignacio Vidal-Folch llamó en una de sus novelas «turistas del ideal», por aquello de que viven la mar de bien —con grandes sueldos, estupendas casas, prestigio social y toda clase de libertades— precisamente a cuenta del sistema capitalista que tanto denuestan, y que van de vez en cuando de visita a Cuba para ver desde la balconada de un gran hotel, daiquiri o mojito fresquito en mano, el éxito (¿el éxito?) aplastante de la Revolución. Juan Abreu sabe bien que esos «turistas» son unos impostores, unos cínicos y unos charlatanes que si tuvieran que soportar, como cualquier cubano, las brutales imposiciones del castrismo ya no vocearían sus supuestas virtudes como gallos. Pues serían, como poco, gallinas…, gallinas calladas dentro del corral de Castro y sus correligionarios. Juan Abreu ha escrito un libro prodigioso, Eros y política (Editorial Alegoría), donde se suelta la lengua y la polla para satirizar a una serie de políticos, políticas, escritores y periodistas españoles a los que fustiga sin compasión, pero con humor, mucho humor, descubriéndonos que «la política es erótica y la libertad, un placer» (Cayetana Álvarez de Toledo dixit en el prólogo). Porque a Abreu le gusta el sexo, pero sobre todo mezclar el sexo con la política, o viceversa. Y es que nada excita más que el poder. Si no que se lo digan a Mao o a Fidel, que tuvieron cuantas coimas quisieron para mayor gloria de sus placeres carnales gratis et sine amore. ¿Qué deseos, qué pasiones, qué concupiscencias, qué parafilias eróticas han despertado en Juan Abreu nuestros reyes del mambo político y literario? Si no leen Eros y política no lo sabrán, pero esta entrevista puede servir de apetitoso aperitivo.
–Eros y política se abre con una cita de Reinaldo Arenas: «Yo no he venido aquí a respetar», que usted extiende a todos los escritores. ¿La literatura y el periodismo es hoy demasiado respetuoso?
Sin irreverencia no hay literatura. Si se viene al mundo de la literatura a respetar, no se puede escribir libremente. Entiendo que la mayoría de los escritores no estén de acuerdo con esto, ahora está de moda la literatura seminarista, pero vale para mí. Ser libre es difícil. Y no me refiero sólo al acto de escribir. El pensamiento independiente es escaso y siempre se halla bajo asedio. Y en los últimos años la situación ha empeorado. Vivimos en una burbuja de censura políticamente correcta que excluye el lenguaje recto. Muy pocos se arriesgan a decir lo que el Poder, las convenciones sociales, la hipocresía o el instinto de supervivencia aconsejan no decir.
-¿Ha llegado usted al buen sexo por amor a la libertad o a la verdadera libertad por afición al buen sexo?
Creo que hay un tipo de libertad a la que sólo se llega mediante la libertad sexual. Entre otras razones, porque la monogamia no es natural, es una forma de auto represión y una renuncia empobrecedora a la libertad individual y a la verdad física.
-Si ha titulado su libro Eros y política será porque la política es erótica y no porque la erótica sea política, ¿no?
Pienso que la relación entre el erotismo y la política tiene una importancia mucho mayor de la que suele atribuírsele. Desde el inicio de los tiempos, las mujeres han usado el sexo para sobrevivir, o controlar, a hombres poderosos. Y los hombres poderosos para obtener una mayor cantidad y variedad de sexo, que es lo que ha incrustado en sus genes la evolución. El sexo es un arma poderosa. Las mujeres tienen algo que los hombres queremos, que necesitamos, como comer o beber. Y estamos en desventaja, porque ellas no lo necesitan en la misma medida. Y así vamos, dando trompicones sexuales por la vida.
-¿El sexo le despierta amor o humor?
Goce, plenitud física, y cierta ternura en algunos casos. Hay algo infantil en el sexo. De ahí la ternura, creo. Resulta difícil de explicar. El amor es otra cosa. Aunque si el objeto amoroso y sexual coinciden en una persona, la experiencia resultante puede ser muy especial.
-¿Ha encontrado algo que los políticos y las políticas españoles que no tengan los extranjeros?
Viví en Estados Unidos más de una década y los políticos me parecían mediocres, pero, cuando vine a España, comencé a ver a los de allá como estadistas ilustrados. Aunque seguramente es un prejuicio.
-Dos de los ámbitos de la vida en los que más se miente son la política y el sexo… ¿No le parece que ambos casan muy bien?
En la política se miente mucho porque la mentira está en la naturaleza de la política. Casi podría decir, exagerando un poco, que es el alma (sea eso lo que sea) de la política. En el sexo, si nos remitimos al acto, se miente menos. Es importante diferenciar el sexo del erotismo. El sexo es el acto sexual, que es limitado, visto crudamente. Sin embargo el erotismo es un territorio muy complejo, rico, truculento a veces (las cosas que nos excitan pueden llegar a ser sorprendentes), un territorio que permite ser más honesto con uno mismo y con los demás.
-¿Cuál es su ideal de mujer política sexualmente deseable?
En España, Cayetana Álvarez de Toledo. Cayetana es una mujer capaz de convertir lo apolíneo en erótico. Es muy difícil hacer que lo apolíneo adquiera categoría sexual, pero Cayetana lo consigue. Es un tipo de fenómeno que suele darse con mayor frecuencia en los hombres. Los hombres brillantes, al margen de su físico, resultan muy atractivos. Véase el caso de novelista Houellebecq, un hombre muy feo, emparejado con mujeres jóvenes y hermosas. Las mujeres brillantes, por el contrario, infunden cierto temor erótico en los hombres. Pero volviendo a Cayetana, yo me conformaría, eróticamente hablando, con apoyar la cabeza en su hombro mientras lee, con esa voz suya llena de jugos, «El Sur», mi cuento preferido de Borges.
-En uno de sus aforismos La Bruyère decía que «las mujeres son seres extremos: o mejores o peores que los hombres». ¿Ocurre lo mismo en el terreno de la política y en el del sexo?
No entiendo el aforismo de La Bruyère. ¿Quiere decir que si las mujeres son buenas en algo, son mucho mejores que los hombres, y si son malas en algo son mucho peores? Bueno. No sé. Creo que hay hombres extremos y mujeres extremas; es complicado meter la realidad en un aforismo.
-¿Hay relación entre una polla grande o, como usted la llama, “el rabo bastón de mando” y la buena gestión política?
Yo creo que el tamaño de la polla tiene mucho que ver con la manera en que los hombres van por el mundo; se tiende a ser más seguro y expedito si se tiene una polla grande. Una polla pequeña, por otro lado, causa el efecto contrario. Y esto no es sólo literatura, está demostrado científicamente. Hace poco un estudio exhaustivo ha revelado, cito, “que las dimensiones del órgano masculino no sólo influyen en la atracción femenina, sino que han evolucionado como una potente arma de intimidación psicológica contra otros machos rivales”. Y las mujeres las prefieren grandes, sin duda. La polla es un órgano maravilloso, la joya, junto al cerebro, de la evolución humana. Por eso suelo decir que tengo dos cerebros, el primero en la polla y el segundo en la cabeza.
-Usted afirma que «la política es la mentira organizada y la hipocresía sacralizada». ¿Son tontos entonces los demócratas?
Supongo que cuando dice los demócratas se refiere a los que creen en la democracia. No son tontos, pero están obligados a jugar con las cartas que tienen. Qué remedio les queda. Una cosa es la democracia, y otra lo que los políticos hacen con ella.
-Por lo que deja caer en su libro, usted es un hombre al que le gustan todas las mujeres. ¿Es que los cubanos llevan en el cuerpo una pulsión sexual totalizadora?
Es sólo una hipérbole cortés, no todas las mujeres me gustan, como es lógico. Y en cuanto a la sexualidad de los cubanos, se exagera mucho. Los hay muy buenos en la cama y los hay muy malos. Como es natural. Sin embargo, esa fama exagerada conviene mucho a los cubanos porque algunas mujeres se van a la cama con ellos por curiosidad. Para comprobar si esa fama es real. Las mujeres son maravillosas. Por otro lado, y esto es sólo una hipótesis, a veces pienso que en los países más fríos y ricos se folla poco y mal, y en los de climas más calientes y atrasados se folla más y mejor. Pero es sólo una hipótesis, repito.
-De todas las mujeres políticas que ha retratado en Eros y política, cuál es la que menos ardor le despierta.
Hay muchas. Me causaba especial repelús Almudena Grandes, pero hay muchos casos de anti erotismo rampante en la política española, digamos Mertxe Aizpurua (una mujer cuya presencia me hace concebir impulsos de mutilación fálica), Maruja Torres (que me recuerda a los cocodrilos del río Mara), Núria de Gispert (una mujer que, a simple vista, disminuye el flujo sanguíneo en el pene masculino, al menos en el mío), Cristina Narbona, personaje de una fealdad antológica, o Lucía Méndez cuya escritura compite en aridez con los desiertos africanos. Por mencionar sólo algunas.
-En la semblanza que le dedica a Pablo Echenique deja usted caer, como si no quisiera la cosa, que en España ya no hay periodismo…
El periodismo español vive uno de sus peores momentos, demasiado periodista a sueldo (de una manera u otra) de los partidos políticos, demasiada sumisión a dogmas ideológicos, y demasiado “pensamiento grupal” que es lo peor de todo. El pensamiento grupal es el peor enemigo de la libertad de expresión en nuestra época; añade a la llamada información, que hace tiempo es más entretenimiento que otra cosa, una intención adoctrinadora que terminará convirtiéndonos en corderos colectivizados.
-¿Cualquier señal de inteligencia en la política española ha de buscarse en la derecha? ¿Qué derecha exactamente? ¿Qué gentes de la derecha?
A mí la izquierda me parece una de las mayores estafas de la historia de la Humanidad. Una especie de cáncer que ha afectado, fatalmente, a las élites intelectuales de Occidente. Sartre, Foucault, Beauvoir, y la legión de intelectuales europeos que aplaudieron, apoyaron y justificaron a los más feroces criminales y genocidas comunistas, es decir de izquierda, han causado un daño enorme a la democracia y a la causa de la libertad. Los dictadores de derecha, como está probado, matan y arruinan menos que los de izquierda y, lo mejor, sus dictaduras duran menos. Pinochet aceptó someterse a un plebiscito popular, lo perdió, y se fue, algo inconcebible en una dictadura de izquierda como la de los Castro, Ortega o Maduro. Para no hablar de Papá Stalin o de Mao.
-«España está llena de falsos genios, de pomposos líricos, y de quincallería literata elviralindo y rosamontero», dice usted, y añade que también «hay una cantidad enorme de gente cultural y literariamente tarada». ¿Siempre ha sido así o ahora es peor? ¿Puede poner más ejemplos?
Peor. Dónde encontrar ahora a un Ortega, una María Zambrano, un Galdós, un Unamuno, un Rafael Cansinos, un Chaves Nogales, un Pla, un Gaziel. El nivel ha bajado mucho, y la esperanza de excelencia es poca porque ya salen analfabetizados de las universidades. Hoy hay que conformarse con gente como el plomizo y apesebrado Muñoz Molina, Mendoza, Cercas, Montero (Rosa y Luis García), Antonio Lucas Lírico, Millás, Llamazares, Jabois, y ya bajando a la sentina una Redondo, un Falcones o una Dueñas. Y eso no es lo peor, están los premios Planeta, etcétera. En España si te dan un premio, ya sea gubernamental o de la industria editorial, puedes estar seguro de que como escritor estás acabado.
-Se define usted como Primera pluma sexual del Reino de España…, y eso por qué.
Bueno, es un título que carece de prestigio, porque la competencia es escasa y pobre. En España se escribe muy mal de sexo. Hay poca gran literatura erótica en la actualidad, por no decir ninguna. Trabajé como lector para la editorial Tusquets y leí muchas novelas supuestamente eróticas que competían por el premio La sonrisa vertical y aquello era deplorable. Excepto mis libros, no hay literatura erótica en España.
-Y ya que hablamos del Reino, ¿cómo es que en su libro no aparece una sátira de los Reyes don Felipe y doña Letizia? ¿Es que acaso están por encima del bien y del mal eróticos?
De ninguna manera. Pero a los Reyes los encuentro bastante asexuales, sobre todo a la Reina. Una mujer que hubiera dejado impávido a Casanova. No me inspiran. Sin embargo, soy un admirador entregado de la Princesa Leonor. Algún día escribiré su retrato erótico. Qué nariz, qué ojos, qué boca. Ella sí que inspira mucho.
-Al terminar de leer su libro uno tiene la sensación de que, al contrario de lo que decía Joubert, no ha sido benigno ni indulgente con casi nadie…, excepto consigo mismo. ¿Se atrevería a hacer un autorretrato de sí mismo al modo en que lo ha hecho con muchos de nuestros políticos y políticas?
Ya lo hizo Cayetana. Aquí se lo dejo: “Al señor Abreu le gusta el sexo. Es decir, la vida. Él querría que ensalzásemos aquí su celebrísimo pito, pero yo soy empírica. De lo que sí soy testigo es de su vigorizante humor y hedonismo, un palmeral en este paramo de puritanismo, pesimismo, pandemia y prohibición. No sé si llegó al buen sexo por amor a la libertad o a la verdadera libertad por afición al buen sexo. En todo caso, el resultado es el mismo. He aquí a un escritor, más bien un artista, capaz de crear un nuevo género a partir de la conciencia adulta de que la política es erótica y la libertad un placer”.
-Arcadi Espada dice que su libro es un ejercicio de humor libre… ¿Sólo es humor?
El humor es un elemento importante, pero no el único. Concibo la escritura como una forma de irreverencia e irrespeto, pero en la misma medida detesto lo pomposo, lo solemne y amo la alegría; si mis libros no provocan risas o al menos sonrisitas, los considero un fracaso.
-Y, a propósito del humor, ¿le falta humor a la literatura española actual?
No conozco bien la literatura española actual. Pero a la que conozco le sobra solemnidad, lirismo, lugares comunes y mensaje. Los libros españoles que la gente encuentra divertidos, digamos alguno de Eduardo Mendoza, a mí me resultan soporíferos.
-Y, por último, ¿cree que la izquierda española en estos últimos años se va pareciendo cada vez más a la izquierda castrista? Si es así, vamos mal, ¿no?
La izquierda española siempre ha sido muy castrista, y alguna, la más cerril y descerebrada, todavía lo es. En los últimos años, sin embargo, se han hecho chavistas (que es una forma actualizada de ser castrista, no hay que olvidarlo), ¡e islamistas! Se han integrado a la corriente suicida europea ante la invasión musulmana. Algo que expone crudamente la calaña de podemitas y gente por el estilo.
Pero España es un país aún libre, como demuestra esta entrevista. Y eso es lo que cuenta.



