Apuntes romanos

Una imagen del Tíber. Acuarela de José Manuel Benítez Ariza.

Lo último sobre Roma que recordaba haber leído u oído antes de emprender este viaje fue lo referente a la decisión de las autoridades de cobrar entrada por acceder a la Fontana di Trevi. El objetivo, al parecer, era controlar la enorme afluencia de gente a ese lugar. Se añadía que sólo habría que pagar para acceder a las gradas inmediatas a la fuente, pero no, lógicamente, para atravesar la plazuela viniendo de cualquiera de las calles que allí confluyen. Oyendo la noticia en frío, desde casa, no llegaba uno a entender las ventajas o inconvenientes de ese arreglo. Luego pudimos ver su despropósito: como la Fontana es perfectamente visible, e incluso fotografiable, desde el entorno abierto al paso, la multitud se acumula allí, en plena calle, bloqueando aún más el tránsito, mientras sólo una parte se aviene a pagar los dos euros que permiten acceder al graderío descendente y situarse en primera o segunda fila ante el imponente monumento.

Quiso el azar que, recién llegados a Roma un poco justos de tiempo para cenar, y estando nuestro hotel muy cerca de ese enclave, pasáramos por allí, no del todo convencidos de haber cenado en el mejor de los sitios disponibles, a eso de las once de la noche, ya pasada la hora de retirada de los controles de acceso. Y que se diera el milagro de  que el espacio estuviera, no diré que vacío –podría haber allí, holgadamente, un centenar de personas–, pero sí despejado, hasta tal punto que pudimos encontrar asiento en diferentes puntos del graderío y contemplar y fotografiar el monumento desde ángulos diversos, sin apenas obstáculos.

No fuimos los únicos en percatarnos de tan desacostumbrada circunstancia: se diría que la totalidad de los allí congregados eran igualmente conscientes de estar disfrutando una ocasión especial, y eso los mantenía comedidos e incluso relativamente silenciosos, o al menos eso parecía, quizá porque el fragor del agua al caer, el reclamo sonoro que nos había conducido hasta allí desde las calles adyacentes, se imponía a la suma de las voces y risas del gentío y la convertía apenas en un rumor asordinado y expectante, como ocurre en una playa abierta en la que el rumor del oleaje amortigua considerablemente el resonar de la multitud allí congregada.

La pregunta era entonces: ¿qué habíamos venido todos a hacer aquí, qué prurito de admiración compartida nos unía, pese a las evidentes diferencias en edad, nacionalidad e incluso manera de conducirse? En ese lugar, ya se sabe, confluyen circunstancias que explican sobradamente esa, digamos, polivalencia: el indiscutible valor artístico del monumento, por supuesto; el hecho de que haya devenido icono de la mitología popular –recuérdese, por ejemplo, la escena de La dolce vita de Fellini en la que Anita Ekberg, en vestido de noche, refresca sus calores en la fuente antes los asombrados ojos de Marcello Mastroianni–; o su proclividad a generar ritos fantasiosos tan fáciles de cumplir como el que dicta que, arrojando una moneda a la fuente, se asegura uno el regreso a Roma.

¿Son éstos los factores que explican que las multitudes se congreguen igualmente en otros enclaves de la ciudad? La pregunta me asalta ante el escaparate de un anticuario en Vía del Babuino, la elegante avenida que, entre las piazze de Spagna y del Popolo, acoge algunos de los comercios más caros de la ciudad. En ese escaparate, decía, me saltan a la vista tres bellísimas acuarelas en las que enseguida reconozco otros  tantos enclaves señeros de la urbe: la Piazza Navona, el Coliseo y una vista del Foro en torno al Arco de Tito. Las tres llevan una plaquita en la parte inferior del marco en la que se indica el nombre del pintor: un tal Giovanni Battista Busiri, que vivió entre 1698 y 1757. Pero lo que me llama la atención es el hecho de que, en los tres días escasos que llevaba yo en Roma, y en los que, siguiendo mi costumbre, había hecho algunos dibujos de los lugares visitados, tres de ellos se correspondían con toda exactitud con lo pintado por ese acuarelista trescientos años antes, quizá con la intención de guardar esas pinturas como recordatorio, como es mi caso, o con la más probable de vendérselas a los viajeros que estaban por entonces inaugurando esa pulsión contemporánea que llamamos “turismo”, cuyo nombre deriva precisamente del que los aristócratas ingleses daban a ese obligado itinerario formativo por Italia: el Grand Tour.

‘Visita al Foro’. Acuaerla de José Manuel Benítez Ariza.

La cultura de consumo de masas que hoy vivimos no es otra cosa, en general, que el abaratamiento de esas costumbres que en otros tiempos sólo estaban al alcance de muy pocos. Pero el hecho de que hoy una parte al menos de ese Grand Tour puedan permitírsela millones no significa, desde luego, que sea posible disfrutarlo de la misma manera. Lo que me lleva a otro espacio visitado en estos días: los Museos Vaticanos. Lo ideal, fantasea uno, sería tener una carta de presentación para el cardenal tal o cual, y que eso te permitiera acceder libremente a las colecciones vaticanas durante un tiempo prolongado: un día visitas una sala, otro día otra, al tercero te empapas de amena erudición charlando con el conservador, etcétera. Pero no: los tiempos obligan a una sola visita apresurada en medio de una multitud igualmente apresurada que literalmente te arrastra de sala en sala, sin que apenas dé tiempo a otra cosa que a constatar que allí están tales o cuales obras maestras que sin duda merecerían ser contempladas con más sosiego, y un sinfín de piezas anónimas que permiten soñar en lo placentero que sería ir descubriéndolas y apreciándolas una a una, haciéndose las preguntas pertinentes. El choque, tremendo, hace pensar en lo que sintió Stendhal al visitar la basílica de la Santa Croce, en Florencia, el 22 de enero de 1817, según contó en la entrada de su diario italiano que lleva esa fecha: un malestar general, que incluía palpiltaciones, mareos, amagos de desmayo y una intensa y casi insoportable emoción, todo ello resultado de una excesiva exposición a un despliegue de belleza casi inasimilable. Tal es la descripción del desde entonces famoso “mal de Stendhal”, afección que dicen sentir muchos espíritus refinados y exigentes en circunstancias parecidas. Pero yo creo que el mal que describía el francés era también producto de la ansiedad, de un cierto prurito de querer rentabilizar al máximo el tiempo de visita, así como de una cierta sensación de impotencia para abarcarlo todo y luego recordarlo. Es lo que uno empezó a sentir nada más poner pie en las salas que albergan la colección egipcia, primera etapa de un largo recorrido que ocupó toda una tarde. Y lo que me salvó, creo, de abandonarme sin más a ese malestar un tanto narcisista fue, como otras veces, el recurso a la ironía y el humor. Me sucedió al atisbar, no sin vértigo, los trescientos metros de pasillo flanqueado de estatuas que ocupa el llamado Museo Chiaramonti, una colección de escultura romana que el escultor Cánova reunió para la familia papal que da nombre a la sala. La sola perspectiva de esa doble hilera de casi mil piezas reclamando mi atención resultaba descorazonadora. Pero más llamativo, por inesperado, resultaba el excelente estado de conservación de todas y cada una de las piezas. Ha visto uno mucha escultura romana en infinidad de pequeños museos locales y en el propio Museo de Arte Romano de Mérida, y en todos esos espacios lo normal es que las piezas presenten pequeñas abolladuras, mutilaciones y signos de afectación por el agua, que es lo que cabe esperar de objetos de mármol encontrados entre ruinas o extraídos de una escombrera. No era ése el caso de las aquí reunidas. Y le dio a uno por pensar, sin fundamento, pero con irónica malicia, si el propio Cánova, de quien consta que había repuesto las partes perdidas de algunas de las estatuas, no les colaría a los Chiaramonti alguna que otra pieza completa salida de su taller.

Pero ni siquiera esos chistes privados que uno se hace para atenuar los efectos de la sobreexposición te libran del sobrecogimiento que supone verte, un poco más allá del pasillo Chiaramonti, ante, pongo por caso, el Laocoonte o el Apolo de Belvedere, expuestos en el Patio de las Estatuas por el que se accede al sector llamado Museo Pio-Clementino; o el de confrontar, en las llamadas “estancias de Rafael”, pinturas como La escuela de Atenas o El incendio del Borgho, que llevan sobrevolando el imaginario de uno desde que uno acertó a abrir por primera vez un libro de láminas artísticas. De la Capilla Sixtina, en fin, remate de ese recorrido, no diré nada: sólo que, de nuevo, me llevó a inclinarme hacia la ironía el hecho de que el enorme fresco que representa el Juicio Final estuviera siendo restaurado y, por tanto, cubierto de andamios que lo ocultaban al público: iba uno advertido de no mirar atrás hasta alcanzar el fondo de la sala, para poder así apreciar el efecto; y no, no hubo efecto, y sólo quedó el recurso de admirar, torciendo la cabeza, lo pintado en el techo.

‘Paseantes en el Foro’. Acuarela de J.M.B.A.

Lo andado a cubierto en las dependencias vaticanas equivale a muchos paseos igualmente productivos que pueden hacerse por las calles de Roma. Puede ir uno a tiro hecho, después de informarse, por ejemplo, de que en la iglesia de Santa María de la Victoria puede verse el Éxtasis de Santa Teresa de Bernini –y sentarse tranquilamente a dibujarlo, entre aburridas estudiantes norteamericanas que hacen lo propio y cuchichean interminablemente con sus voces nasales mientras tanto–, o en Santa María Maggiore el Moisés de Miguel Ángel –aunque quizá sería mejor decir el impresionante conjunto escultórico que lo alberga, y en el que hay esculturas de ejemplar serenidad que me gustan más incluso que el titán barbado que da nombre al conjunto–; o bien, simplemente, entrar al azar en las iglesias que te salen al paso, y toparse, por ejemplo, con los tres caravaggios que se guardan en un altarcito lateral de San Luis de los Franceses, o el otro caravaggio, acompañado de un rubens, que cabe contemplar en la iglesia de Santa Inés (Sant’Agnese in Agone), por mencionar sólo algunas de las joyas que el paseante puede encontrar por mero azar; y descontando, por supuesto, que esas obras maestras no podrían apreciarse del mismo modo si se las sacara del entorno para el que fueron concebidas y se exhibieran en un almacén; quiero decir, en un museo.

Sant’Agnese in Agone nos sitúa en Piazza Navona, que, como todo el mundo sabe, debe su característica forma ovalada a que ocupa el espacio de un antiguo estadio. De nuevo, la suntuosidad del exterior hace que la decisión de entrar en un espacio cerrado, el de la iglesia en cuestión, suponga casi una renuncia. En Roma siempre se pierde algo al elegir. De hecho, mientras mi acompañante visitaba la iglesia, yo decidí quedarme fuera y contemplar las fuentes, e incluso sentarme a esbozarlas en mi libreta: la de Neptuno, la del Moro y, sobre todo, la de los Cuatro Ríos, diseñada por Bernini, con sus representaciones de las cuatro divinidades que simbolizan, respectivamente, el Nilo, el de la Plata, el Danubio y el Ganges. Mi estado de concentración era tal que no me di cuenta de que me estaba sobreexponiendo al sol, después de que el suave nublado que nos había acompañado en las horas previas se hubiera disipado. Para huir del amago de quemadura solar hice caso a mi acompañante y entré en la iglesia. Y ya he contado lo que había dentro: otro factor de sobreexposición, quizá igualmente peligroso.

Pero Roma, ya digo, opera por contrapesos, y después de Piazza Navona ofrece, por ejemplo, el baño de cotidianidad que supone Campo de’ Fiori, una plaza en la que sigue operando desde tiempo inmemorial un apretado mercado de flores y verduras, que sirve de antesala a ese otro espacio más habitable que supone, una vez se cruza el Tíber, el inmediato barrio al otro lado. El punto de referencia podría ser ahora Santa María del Trastevere, que no solo lleva el nombre de esa parte de la ciudad, sino que contrasta con lo visto hasta entonces por ser, no una cornucopia barroca, como casi todas las iglesias de Roma, sino un sobrio templo de planta basilical que lo remite a uno a tiempos en los que el cristianismo era más severo y comedido, quizá también menos complaciente con los gozos mundanos, que quedan fuera, en la calle: por ejemplo, en la infinidad de terrazas y cafés en los que uno puede ir haciendo estómago sorbiendo poco a poco un Aperol Spritz, antes de hacerse la ilusión de escapar de la horda turística y entrar en un restaurante donde, milagrosamente, sólo se oye hablar italiano, y donde devora un casi inabarcable plato de fettuccine fatte in casa con mariscos.

‘Piazza Navona’. Acuarela de J.M. Benítez Ariza.

No haría uno otra cosa en Roma que pasear, tomar el aperitivo a la hora que corresponde, comer pasta fresca, felicitarse por haberse tropezado con tal o cual maravilla del arte en una recóndita iglesia. Pero hay hitos que no pueden esquivarse. De uno hemos hablado ya, los museos vaticanos, con el inevitable preámbulo de asomarse a la plaza de San Pedro y, quizá, a la basílica, si las largas colas de visitantes lo permiten: yo desde luego no lo hice, preferí sentarme en la basa de una columna y dibujar lo que se veía desde allí. Y otro inevitable hito, por supuesto, es el que constituye la visita al Coliseo y al colindante y melancólico campo de ruinas que contiene los restos del Foro y otros edificios y espacios señeros de la antigua capital del Imperio.

Viendo el grabado de Piranesi que muestra como eran esos campos antes de que los excavaran, trata uno de imaginar el estado de mente de quienes, de pronto, en el siglo XVIII, deciden poner en valor lo que antes no eran otra cosa que despojos semienterrados –en el mencionado grabado el arco de Tito, por ejemplo, estaba cubierto de tierra hasta más de la mitad de su altura–. Tan sólo unos decenios antes, la actitud predominante hacia esas ruinas era usarlas como cantera: de hecho, muchos edificios colindantes están hechos con mármoles extraídos de ese enclave. Supongo que la afluencia de viajeros extranjeros, especialmente ingleses, influyó no poco en que los romanos de entonces decidieran convertir sus ruinas en rentables focos de atracción. De ahí, decíamos, incluso el boyante oficio de pintor de acuarelas destinadas a ser vendidas como recuerdo, y que, por lo que he visto, todavía funciona. Así que yo también me he sentado aquí, en uno de tantos sillares sueltos regados por el suelo, a dibujar la perspectiva que abarca el mencionado arco triunfal y los diversos tinglados de columnas que jalonan la perspectiva, contra un fondo de edificios medievales y barrocos levantados ostentosamente sobre el campo de ruinas. Un poco antes había dibujado el otro arco, el de Constantino, a un costado del Coliseo, y una especie de escorzo del punto en el que la galería exterior del anfiteatro se interrumpe porque lo que sigue ha servido de material de construcción para otros edificios. Digámoslo ya: no es lo que más me ha gustado de Roma, no es su espacio más acogedor y vivo, y más bien se presenta, con sus más de trescientos años de explotación turística, como una prefiguración de lo que hoy es el destino de tantas ciudades con historia: su conversión en parque temático.

‘Paseantes con el Coliseo al fondo’. Acuarela de J.M.B.A.

Con lo que vuelvo a mi pregunta inicial: ¿qué busca uno en lugares como éste? “Buscas en Roma a Roma, oh peregrino”, decía nuestro Quevedo remedando o traduciendo a Joaquim du Bellay. Pero yo no me refiero tanto a ese ejercicio de melancolía como a una cuestión de economía de esfuerzos y aspiraciones, a saber: ¿qué puede aportar la presencia física de uno en un lugar a lo que uno ya ha leído en escogidos libros o visto en magníficos documentales? Creo que dos constataciones, al menos. La primera, la de que nuestro sentido del tamaño, la escala, la proporción de las cosas exige confrontarlas. En ese sentido, Roma sorprende: todo es más grande, más imponente, más espectacular de lo que uno imaginaba, y eso explica alguna paradoja que uno recuerda de sus estudios de Historia del Arte: el que, por ejemplo, una fachada impecablemente clásica pudiera considerarse paradigmática del estilo barroco; y sí, lo es porque lo que aporta el elemento de desmesura que caracteriza al barroco no es otra cosa que la proporción, la escala sobrehumana, el tamaño. Y eso explica la segunda evidencia que debemos a la mera presencia física en el lugar: el saberse vulnerable a un asombro compartido con millones de personas a lo largo de siglos, al menos de los que constituyen la Edad Moderna. Con mi modesta libreta en el bolsillo, mi apresurado programa de turista, mi información recabada aquí y allá y, por supuesto, mis prejuicios, uno ha venido aquí a ver lo mismo que ya vio el mentado Giovanni Battista Busiri y luego plasmó en un puñado de acuarelas. Como si uno fuera, no ya una reencarnación de ese esforzado acuarelista, pero sí un agradecido heredero de su actitud, que es su legado.

Si alguna vez me dan, pongo por caso, un premio literario bien dotado, me gastaré el dinero en esas acuarelas.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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