Hay varios programas en la infame televisión (pública y privada) al que van anónimas “personas mayores” a ser entrevistadas por presentadores impresentables. Las entrevistadas suelen ser mujeres aedadas –en el buen decir de la tradición sefardí–, es decir, mujeres a las que la edad cumplida (y aprovechada) les otorga el respeto de los más jóvenes, de manera que su palabra –rara vez filtrada por los libros– se puede oír como fuente inagotable de conocimiento. Deberían encarnar, en nuestra sociedad, el papel de “sabias de la tribu”, pero esta democracia estúpida de IMSERSO las acumula en autocares con aire acondicionado y las traslada a platós televisivos donde los fantasmas franquistas de José Luis Barcelona y Mario Cabré y de su Reina por un día fulminan toda posible dignidad.
Quienes nos dedicamos a la tradición oral las llamamos informantes o transmisoras. A esas mujeres, muchas amigas mías, las he conocido en trabajos de campo, en encuestas en las que yo preguntaba por tal o cual romance, canción o cuento y ellas me regalaban mucho más que eso, a saber: cómo encontrar un objeto perdido, cómo disipar el olor a humedad de los armarios, cómo hacer un puchero sin carne, cómo sobrevivir en la pobreza, cómo cuidar del ganado y del campo, cómo educar a los hijos, cómo ser una buena amante y una buena esposa…, cómo envejecer. Oírlas, y aprender de lo oído, no te rejuvenece, pero ni falta que hace. Casi por el contrario, te pone en la mejor disposición para hacerte mayor, quieres ser como ellas: reírte por fin de aquel novio despechado o mirar con complacencia indulgente aquella antigua traición, quieres poder cantar cada vez que te apetezca y por mucho que desentones y quieres mirar al trabajo y al deber con superioridad, como sólo miran quienes han soñado con la libertad y la han peleado. Hablan de sexo como nadie y “normalizan” (palabra muy de moda en psicología) en un santiamén tus extravagancias amorosas.

Ahora llaman notox a las terapias de rejuvenecimiento no invasivas, ésas que no incluyen silicona ni inyecciones en los glúteos… Como en tantas otras cuestiones, esta sociedad temerosa quiere olvidar que envejecer es la mejor aventura de la vida. No sólo porque sea la última, sino porque únicamente desde ahí, desde la altura de aedados, se nos concede el privilegio (y no a todos) de gozar de la libertad sin que nadie sea garante de ella.
El secreto (y no lo van a decir en televisión) lo tienen Lines, Mónica, María, Fermina, Isabel, Pepa, Remedios, Isidra, Ana, Loreto, Alicia, Flora, Catalina, Carmen, Francisca, María Dolores, Regina, Pilar, Nieves, Benita, Germana, Concepción, Angustias, Eloísa, Rocío, Rachel, Mercedes, Clarita, Rosario, Tomasa, Estrella, Pascuala, Clara, Ángeles, Francisca, Emiliana, Juana, Felisa…

