En el centenario de la Bergman, diremos algo de Casablanca (1942). Woody Allen erró el tiro cuando tomó al protagonista masculino de esa película, interpretado por Humphrey Bogart, como modelo ideal del seductor en el que sueña convertirse el protagonista de su obra de teatro y posterior guión Play It Again, Sam, que aquí se tituló precisamente Sueños de un seductor (1972). Rick, el dueño del café del mismo nombre en la mencionada ciudad norteafricana, no es exactamente un seductor, sino un hombre hastiado y un tanto dado a compadecerse a sí mismo en virtud de una larga trayectoria de aventurero sin rumbo por la convulsa Europa anterior al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Posiblemente se acuesta con alguna de las chicas de compañía que le adornan la barra, pero eso no acredita a nadie como seductor, sino más bien degrada a la categoría de rufián no declarado o mero ventajista. En ese aspecto, no es mucho mejor que el corrupto jefe de policía de Casablanca, el capitán Louis Renault, que se acuesta con refugiadas a cambio de facilitarles los papeles que les permitirán continuar su huida. Eso es todo lo que sabemos de Rick en los primeros minutos de la película. Y lo que sigue, en contra de lo que se suele pensar, no tendría por qué hacernos cambiar de idea.
Porque el gran malentendido en torno a Casablanca –y es oportuno recordarlo ahora, con el pensamiento puesto en la entonces joven actriz sueca que la protagonizó– es que pone en escena un gratificante acto de endiosamiento masculino: si se nos ha escapado el gran amor de nuestra vida, como presuntamente se le escapa Ingrid Bergman a quien antes había sido su amante en París, no es porque haya hombres más atractivos o simplemente porque haya decidido dar calabazas a su pretendiente, sino porque la vida a veces dispone las cosas para que un acto de generoso retraimiento por nuestra parte –eso queremos pensar– facilite a la amada una digna vía de escape. No es que ella se vaya con un hombre mejor –el idealista Victor Laszlo, prestigiado por una impecable trayectoria de agitador antifascista–, sino que la hemos dejado marchar en aras de otros deberes y metas que sólo ahora se nos presentan como inevitables y urgentes.
Rick, decíamos, es básicamente un ventajista. Aprovecha la desorientación de su antigua amada, recién llegada a Casablanca, para ponerla a prueba y someterla a un implacable asedio que incluye desplantes, alguna que otra encerrona dudosa –¿acaso la desventurada joven no se plantea acostarse con su antiguo amante para que éste le facilite, como hubiera hecho Renault, unos valiosos salvoconductos que le permitirán huir con Laszlo?– y el chantaje sentimental, sin otro objetivo que aliviar ese tedio que parece el rasgo de carácter más notorio de este degradado trasunto de los atormentados héroes románticos. Pero en cuanto siente que sus tácticas están dando resultado, se apresura a despachar a su conquista con el pretexto de que también a él le aguardan acciones nobles que realizar en un mundo convulso. Y ahí queda eso, para consuelo de todos los que alguna vez sintieron ese miedo atávico a la mujer que lleva a muchos a preferir el ascenso al Kilimanjaro, por ejemplo, antes que la atadura de por vida a un amor de juventud.
Eran tiempos en que la autocomplacencia del varón no había sido puesta en cuestión. Y eso explica que otros émulos de Rick –como, por ejemplo, el triste seductor de amas de casa que protagoniza Breve encuentro (1945), otra película que suele ser objeto de espectaculares malentendidos– pueblen todavía el imaginario masculino. Pero que no nos quepa la menor duda de que la despechada Ilsa fue muy feliz con Lazslo; o no lo fue, pero eso no tuvo nada que ver con el recuerdo del memo que fue a despedirla al aeródromo de Casablanca y luego a tomarse unas copas con su compinche, el ya mencionado capitán Renault. ¿Qué se dirían? Cosas mutuamente halagadoras, sin duda. Quien no se consuela es porque no quiere.


