Niños perdidos

Los escaparates de algunas tiendas exhiben todavía, descoloridas, las fotografías de Melany o Jeremy, niños perdidos que en su día dieron salsa a los telediarios y sustituyeron con poderío realista –y muy hispano- los dramas americanos de la sobremesa, demasiado ficticios éstos, demasiado mecanizada la tragedia como para conmover a un público televisivo habituado a la sangre y a la miseria, demandante de la pobreza por cable.

No sé qué fue de Melany o Jeremy –no veo la televisión–, supongo que su infancia se detuvo en algún sitio muy ajeno a la isla de Peter Pan, con cuyos habitantes comparten el extravío y la orfandad. Pero su imagen descolorida me hace pensar en otros niños perdidos, nada excepcionales, al contrario: son multitud y habitan los parques y las playas, las zonas comunes de las urbanizaciones y las tiendas de chinos. No son –como antaño, es decir, al principio de nuestra democracia– niños no deseados, ni  hijos de lo que dimos en llamar “familias desestructuradas”, ni resultados de embarazos adolescentes y solitarios. Y se hacen más visibles que nunca en verano, formando parte de esa pornografía callejera que intenta convencernos de que la desnudez es un derecho y no una agresión.

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Nuestros niños perdidos son, paradójicamente, la consecuencia de los cuatro pilares del bienestar social; sus teléfonos móviles –que obtienen a una edad cada vez más temprana– se financian con el doble sueldo que padre y madre aportan, tienen habitación propia, habitualmente dotada de televisión, su perversa ventana al universo, y su vocabulario reducido está trufado de insultos, coletillas groseras y expresiones soeces, como si aquí –en este país, me refiero– la infancia hubiera ganado esa secular batalla de ser niño el menor tiempo posible.

Nuestros niños perdidos gritan, berrean y dan patadas en restaurantes, grandes almacenes y bodas de postín y nunca pueden ser silenciados por unos padres que entienden la protección del vástago como una defensa de la propiedad privada y el derecho a la propiedad privada de modo fundamentalista y caníbal. Los niños perdidos exigen menú infantil con una autoridad que no tuvieron sus abuelos –niños de postguerra– para exigir simplemente un menú y con la misma autoridad que sus mezquinos padres exigen bajas por depresión o invalidez definitiva por la rotura de un meñique. Nuestros niños perdidos acumulan sellos exóticos en sus cartillas de vacunación y eso los hace inmunes al sarampión y a la varicela, y también los hace especialmente incapaces para comprender la enfermedad y la muerte, especialmente incapaces para la vida, pues. Los padres y madres de los niños perdidos no temen en el fondo el fracaso escolar porque, visto lo visto tras la burbuja inmobiliaria, a tal circunstancia suele seguir el triunfo social y económico.

Como quintacolumnistas, como soldados conspiradores que disimuladamente preparan la destrucción de la paz, así vio a los niños perdidos Doris Lessing en El quinto hijo, así los retrató, con toda la decepción, el espanto y el desasosiego con que hoy campean por el verano en este país también perdido.

Autor

  • María Jesús Ruiz

    María Jesús Ruiz (Día de San Juan de 1962) es profesora de la Universidad de Cádiz, investigadora y escritora. Colabora en CaoCultura desde sus inicios con artículos sobre patrimonio cultural inmaterial, muchos de ellos recogidos en los volúmenes 'El mundo sin libros' (Lamiñarra, 2018) y 'Lo contrario al olvido' (Lamiñarra, 2020). 'Culantrillo llama a la puerta, poética del romancero infantil' (UCLM, 2023) y 'Poética del buceador' (Garvm, 2025) recogen sus últimas investigaciones sobre literatura de tradición oral. Ha editado parte de la obra teatral y poética de Alejandro Casona, y es autora del libro de relatos 'La música me hacía llorar' (Versátiles, 2022) y de la novela-ensayo 'Higinia: Pardo Bazán, Pérez Galdós y el Crimen de Fuencarral' (Huerga y Fierro, 2024). Más información en: https://asonante.webnode.es/

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