Recuerdo lunfardo

Esta historia que hoy relato la oí en Oliche, a doscientos kilómetros de Santa Rosa, en el verano austral del cincuenta y seis. Durante años alimentó en mí la vanidad de ser conocedor de un secreto. Hoy condesciendo con ustedes: que la literatura sea excusa para la indiscreción.

Ese verano yo visitaba a mis parientes recién enriquecidos. A la envidia por sus posesiones y su nuevo acomodo social le siguió el desdén por su incipiente criollismo. Finalmente, la tarea de ser agasajado por mis lindas primas me hurtó el tiempo para cualquier otra cosa.

Aquella tarde mi primo Pedro Sandoval, conocedor de mi gusto por las buenas historias y los personajes curiosos, me rescató de las niñas. Conducía un veloz Desoto descapotable, demasiado veloz para mi gusto, por los polvorientos caminos de la provincia en dirección a La Blanqueada, de antiguo pulpería y hoy hacienda.

–Un tipo rompedor, viejo. De los que hicieron leyenda. –Yo asentía y luego volvía la cabeza hacia el paisaje yermo, aguantándome el sombrero con una mano.

Del triste grupo de casas bajas que resultó ser La Blanqueada, entramos en la que probablemente fuera la más triste. En el profundo patio ya había tertulia. Los más jóvenes festejaron a mi primo, que lucía fama de calavera en la región. Cuando fui presentado como joven promesa de la literatura patria alguien dijo:

–Ya. Otro gallego.

Yo, incómodo por el tono, puntualicé:

–No. Andaluz. De Cádiz. Ciudad con más de tres mil años de historia. Nombrada en la Biblia y reseñada por Herodoto.

–Ah, bueno.

Inmediatamente me sentí violento.

–¿Y decís vos que sos poeta?

La voz procedía de un octogenario arrugado y oscuro que, sentado en una silla sobada y reluciente, cebaba un mate. Mi primo Pedro me hizo una seña como diciendo “este es el fulano. Espera y verás”.

Incapaz de descubrir en la pregunta el recurso retórico, aclaré la voz para matizar mi condición, pero el anciano comenzó su relato sin darme la oportunidad.

–Yo conocí una vez a un poeta. Aquí donde vos me ves no soy hombre del llano, que soy porteño. Jamás frecuenté estas tierras hasta que mi hija la pequeña, con lo que ella llama humanidad y yo caridad, me recogió del arroyo. Tampoco frecuenté nunca el mate –meneó la bombilla en el hueco caliente–, que yo llamaba maña de pueblerino, pero aquí los cigarros holandeses son raros, y caros, y esto ayuda a engañar el vicio. En el barrio, en el conventillo, me conocían como el Morocho, y yo soy el auténtico y no otro que se hace llamar así, pretendiendo mi fama de taura y de hombre que no va a baraja. Fui chorro y gavión, después cafichio, y por último, y para mi desgracia, profesor de cachiporra para los nacionalistas del taita de Ibarguren. Pero antes de ser vendido y traicionado por esos torunos fui un príncipe del arrabal, y conocí una vez a un poeta.

Ilustración de Iván del Río.

Ilustración de Iván del Río.

De la polvorienta higuera se desprendió un fruto para que yo me explicara el olor pútrido y dulzón que veteaba el patio y las manchas oscuras en el suelo de arena apretada.

–Fue una noche en el quilombo de Lavalle. Hoy es una confitería que regenta el judío Abramóvich. La noche era una bendición de tan fresca. Después de aclarar las cuentas del negocio y solucionar con un par de bofetadas una disputa entre perdularias, dos compadritos me intentaban embarcar entre copas en un asunto de mucha plata. Dante Acevedo me palmeó la espalda y saludó a la barra risueño y respetuoso. Quisiera que lo hubieran visto. Iba hecho todo un jaileife y usaba el bigotito de Adolfo Menjou.

–¡Salud! ¿Se toman unos tragos a mi cuenta?

Me sacudí el hombro y aceptamos la invitación del bacán. Dante Acevedo gustaba de la ópera y la milonga, del teatro y del burdel, y cada noche abandonaba el Barrio Alto para bajar a Junín, al Temple o a Lavalle, como hoy.

En el patio ya todo era alboroto y las minas cruzaban el enlucido agarradas como lapas a sus guapos o al miché de turno. Se arrastraban al compás de un canyengue que desgranaban el violín y el piano, y un italiano de a última hora que estrujaba un fuelle.

Dante Acevedo no venía solo.

–Les presento a mi primo, Jorge Luis, erudito y poeta, empeñado en una Historia del Tango. Viene esta noche a beber de las fuentes.

El mentado saludó con una inclinación de cabeza. Usaba pilcha seria y yuguiyo impecable, que delataba el cuidado de su vieja y no de cualquier otra mina. La nariz tiraba a gruesa en la punta y el pelo hacia atrás. Recuerdo que un ojo se le iba a un lado, y no porque aquel fuera el lado de las hembras. Veinte años tendría. Corrió a platicar con el mulato del piano y el Dante nos dio conversación entre chanzas, pero sin perder de vista a la Parisina. Cuando ésta se desasió de un triste poligriyo también nos abandonó.

–Ya me revienta el engrupido éste –dijo el Corralero a mi lado, lanzando el pucho por el camino que había tomado Acevedo.

–Sus billetes son buenos –recuerdo que dije.

–¿A qué tanta familiaridad? ¿Nos toma por otarios? –insistió.

–Se merece un susto –dijo sonriendo con los dientes estropeados el Niño de Palermo.

–No me sean oscuros –concluí–. Si quieren diversión que sea sin sangre. No quiero problemas con los botones.

–Atentos al primito –señaló el Corralero.

El poeta apuntaba en una libreta con gesto concentrado aquello que sin dejar el piano le relataba el Mulato, famoso por sus embustes. El Niño de Palermo y el Corralero se acercaron en silencio a la mesa donde la Margot morfaba empanadas, descalzada de los tamangos afilados.

Yo me olvidé del asunto y seguí con lo mío. Pero pronto se paró la música y hubo un corro cuyo centro ocupaban el poeta asustado y el Corralero. Éste agarraba de la muñeca a la Margot, que pretendía un gesto ofendido sin poder evitar que se le deslizase a veces una sonrisa rápida.

Dante Acevedo se acercó al grupo descolgándose del cuello a la Parisina.

–¡Viejos! ¿Qué me hacen?

El poeta temblaba todo entero y el ojo le bizqueaba loco.

–Aquí el tallador le faltó el respeto a mi percanta.

–¿Tu percanta La Margot? ¿Qué me decís Corralero? ¡Esta milonga bagaya! ¿Desde cuándo?

–Desde ahorita mismo.

–¡No me sean pendejos! ¿Por qué me bronquean al pibe? Morocho… –se acercó hasta mí el señorito– Aclará vos esto. ¿A qué esta cacha?

–Yo no tengo nada que ver. Es cosa a arreglar entre dos hombres –sentencié.

–¿Pero acaso se rechiflaron? –grito Acevedo cabrero.

A espaldas de Acevedo le habían pasado al poeta un cuchillo, que sostenía ente las manos sin saber empuñarlo siquiera.

–Tranquilo poeta –dijo alguien–, que para morir no se precisa más que estar vivo.

Aquello fue demasiado para el pebete, que se derrumbó de rodillas todavía con el acero entre las manos. Dante Acevedo irrumpió en el corro y arrastró a su primo tironeándole por los sobacos.

–¡Esta macana me la pagan! –ladró echando chispas por los ojos–. ¡Chorros! ¡Pelandrunes! Y vos Morocho…

–¡Ya os rajás! –le espeté. Y allá que tomó la cortada sin amurar al poeta, que medio yiraba más muerto que vivo.

Cuando cruzó el umbral todos reímos en el lupanar mal iluminado y la Margot cantó, levantándose las poyeras: “¡Los guapos se pelean por mí!”. La risa se mezcló con el tango que ya volvía a sonar.

Los del patio de La Blanqueada reímos también y el que fue el Morocho se sonó la nariz con un pañuelo arrugado. Una extraña inquietud se había ido apoderando de mí durante todo el relato y finalmente pregunté:

–¿Cómo dice usted que se llamaba el poeta?

El anciano había vuelto al mate y se rascó la nuca.

–Vargas, o algo así… Burgos. Sí. Se llamaba Jorge Luis Burgos.

Juan José Sánchez Sandoval

Autor/a: Juan José Sánchez Sandoval

Licenciado en Filología Árabe, ha completado sus estudios en Túnez, El Cairo y Rabat. Ha impartido clases en las universidades de Agadir, Tetuán y Cádiz. También ha sido Responsable Académico en Marruecos del Aula del Estrecho de la Universidad de Cádiz, desarrollando programas de cooperación internacional. Es autor del libro 'Malas artes' (Q-book, 2016). Desde el año 2004 es director de Quorum Editores.

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1 Comentario

  1. Juan José Sánchez Sandoval

    NOTA DEL AUTOR
    Fue fácil para mí rastrear en el relato de el Morocho tanto la presencia azarosa de Jorge Luis Borges como los débitos de sus ficciones posteriores a los sucesos de aquella noche. Ya entonces yo conocía el memorable cuento “Hombre de la esquina rosada”, y en una posterior reflexión dos detalles que el relator utilizó ultimaron mis sospechas de una oscura conexión.
    En primer lugar, la descripción de la noche al inicio del discurso (“La noche era una bendición de tan fresca”). Hubo de ser una noche en realidad excepcional en el barrio, una noche especialmente fresca y plácida, para que al cabo de casi medio siglo el Morocho siga recordándola. Borges también la recuerda (probablemente jamás olvidó nada de lo relativo a aquella noche) y la recupera e incorpora a su versión. Ambos usan, curiosamente, los mismos términos. (En lo relativo a las ediciones de “Hombre de la esquina rosada” recomiendo la de Emecé Editores, Buenos Aires, primera edición de 1954, incluida en el volumen “Historia universal de la infamia”.)
    La fase fatídica (“Para morir no se precisa más que estar vivo”), esa declaración de principios de la gratuidad de la muerte, es relevante también en los dos relatos y constituye la culminación dramática de ambas historias: Nadie que la hubiera oído en semejante circunstancia podría olvidarla nunca. En cambio, el Morocho la contempla por haber sido baladronada al uso en el Mar del Plata durante los años de su juventud fiera.
    “Hombre de la esquina rosada” apareció por primera vez en la revista SUR, en el año 1935, como separata del número 17. Mi primo Pedro Sandoval me notificó apenas un mes después de mi regreso, en una carta que aún conservo, la muerte silenciosa del hombre apodado el Morocho, testigo ignorante de un lance poco glorioso.

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