Estamos en el umbral de la exposición de Julia Margaret Cameron. Recibe al visitante el retrato de su sobrina (y madre de Virginia Woolf) Julia Jackson. Su penetrante mirada nos anuncia la oportunidad de admirar en vivo la obra de una pionera de la fotografía.
En 1863, Julia tiene 48 años, y está establecida en la Isla de Wight. En navidad, su hija y su yerno le regalan una cámara de placas. Aunque es su primera cámara, la técnica fotográfica no le es ajena, ya que la aprendió compartiendo experimentos con el astrónomo John Herschel. El presente era un bienintencionado intento de combatir la rutina diaria y su soledad durante los frecuentes viajes de su marido: «Quizá te divierta, madre, intentar hacer fotografías durante tu soledad en Freshwater». Sin embargo, en solo dos años ya vendía su obra al South Kensington Museum, y en apenas una década Julia Margaret Cameron va a revolucionar el incipiente arte de la fotografía: «Convertí la carbonera en mi cuarto oscuro y un gallinero acristalado que había regalado a mis hijos se convirtió ¡en mi invernadero!«.
Hay que tener en cuenta que todavía el medio fotográfico era entendido simplemente como una nueva tecnología, una herramienta que se usaba aplicada a otras ramas del saber. Las imágenes obtenidas tenían el halo de «realidad» que no podía dar la pintura. Y, aunque la valoración de la fotografía era muy positiva en esos primeros años, no se entendía aún como herramienta para la creación artística.
«Aspiro a ennoblecer la Fotografía, a darle el tenor y los usos propios de las Bellas Artes, combinando lo real y lo ideal, sin que la devoción por la poesía y ‘la belleza’ sacrifique en nada la verdad» (Julia Margaret Cameron a Sir John Herschel, 31 de diciembre de 1864).

Como cualquier otro fotógrafo de entonces –y de ahora–, Julia comienza a tomar como modelos a parientes y amigos (también a sirvientes) para sus retratos. Pero hay un detalle a tener en cuenta: al pertenecer a una acomodada familia de la aristocracia británica –En sus inicios, la fotografía estaba delimitada a profesionales y personas adineradas que pudieran permitirse usar tiempo y dinero en una carísima afición–, entre sus modelos se encuentran destacados personajes de la Época Victoriana: Sir John Herschel, Lewis Carrol, Lord Tennyson, Charles Darwin, Sir Henry Taylor, Alice P. Lidell (Sí, la Alicia del País de las Maravillas), entre otros.
Para la mirada actual, con la supuesta superioridad de los megapíxeles que nos rodea por todas partes, puede parecer que las fotografías de Julia no eran nada del otro mundo, con ese punto de incorrección que tenían sus negativos y las copias que obtenía de ellos. Cuando se ve por primera vez una de sus fotografías, suele chocar por sus aparentes imperfecciones, hasta caer en la cuenta de que son técnicas usadas deliberadamente.
No impresionan tanto las alegorías construidas con afectadas poses para las que usaba a sus amistades como los retratos: directos, intensos, descarnados y emocionalmente penetrantes, que después de siglo y medio siguen mirándonos de frente y encierran toda la personalidad de los fotografiados a pesar del deliberado y sutil desenfoque de las imágenes y otras técnicas de distanciamiento de lo real que los fotógrafos de su época rechazaban como defectos técnicos, llegando a acusarla de tener una técnica descuidada: “¿Qué es el foco y quién tiene derecho a decir cuál es el adecuado?” (Julia Margaret Cameron a Sir John Herschel, 31 de diciembre de 1864).

Lo interesante es que se dieran en la misma persona la inteligencia de ver la belleza en los resultados de la imperfección técnica y la determinación de luchar contra lo establecido, a pesar de contar con el inconveniente de ser mujer, pelear contra quienes le llegaron a decir que su sitio estaba en casa, y que dejara el trabajo a los profesionales varones.
«Le escribo para preguntarle si (…) [expondría] en el South Kensington Museum unas copias de mi última serie de fotografías con las que pretendo electrizarlo de placer y sorprender al mundo. Confío en que no sea una vana imaginación mía decir que ¡nunca se han hecho fotografías como éstas y nunca serán superadas!» (Julia Margaret Cameron a Henry Cole, 21 de febrero de 1866).
Su obra fue reivindicada póstumamente por los fotógrafos pictorialistas, que la tomarían como una de sus precursoras. Casi al final de su carrera como fotógrafa, en 1875, escribe el bellísimo poema “Sobre un retrato”, que termina con estos versos que definen el fondo de su propia obra: «El genio y el amor han cumplido cada uno su parte, / Y ambos se unen con igual fuerza y gracia, / Mientras que todo lo que amamos del arte clásico / Está grabado para siempre en la cara inmortal».
La exposición retrospectiva dedicada Julia Margaret Cameron estuvo organizada con motivo del bicentenario de su nacimiento, y del 150 aniversario de su primera exposición, celebrada en 1865 en el South Kensington Museum de Londres (hoy, Victoria and Albert Museum). Estuvo abierta en Madrid entre marzo y mayo de 2016, y existe la posibilidad de revisitarla virtualmente entrando en el extraordinario sitio web que la Fundación Mapfre tiene habilitado.

