“¿Qué razón hay para que no seamos sólo pensamiento? (…) ¿Qué tengo yo que ver con mi cuerpo? ¿Ni con mi ciudad? ¿Ni con esta tierra?”. Se entiende que quien así se interrogaba en una carta dirigida a la poeta venezolana Jean Aristeguieta no era alguien precisamente volcado en vivir lo que podríamos llamar una existencia exterior, plena de anécdotas y acontecimientos. En efecto, los datos esenciales que constituyen la biografía factual del poeta y ensayista barcelonés Juan Eduardo Cirlot (1916-1973), de cuyo nacimiento conmemoramos el centenario, caben, como reconoce su biógrafo Antonio Rivero Taravillo, en el dossier publicado en la revista Barcarola por su hija o en la página análoga que ésta aportó al catálogo de la exposición-homenaje que dedicó el IVAM a su padre.
Pero acaso más complicado que compilar pormenores de una vida que no abundó en ellos sea hacer la complicada y recóndita biografía de alguien que quiso vivir más en el pensamiento que en el mundo. En efecto, a la vez que cumplía diariamente su escueta rutina de acudir a su despacho en la editorial Gustavo Gili, atender devotamente al sustento de su familia y permitirse modestas expansiones –el cine, cenar en algún pequeño restaurante, visitar librerías y, alguna vez, escrutar el misterio del eterno femenino en el rostro de una camarera de un bar de mala nota–, la otra vida de Juan Eduardo Cirlot, la del pensamiento, se expandía en una amplia obra poética –tres gruesos tomos abarca la compilación que ha publicado Siruela–, una ingente labor ensayística, cuyos hitos son los muy conocidos Diccionario de símbolos y Diccionario de los ismos, y una graneada correspondencia que tuvo interlocutores tan variados como el pope del surrealismo André Breton, la poeta argentina Alejandra Pizarnik, el también poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory o la ya mencionada venezolana –también emparentada con Cádiz, por su pertenencia a la Academia Hispanoamericana de esa ciudad– Jean Aristeguieta, entre otros.
Con estos mimbres –la indagación en la obra, la lectura de las cartas conservadas, el breve conjunto de hechos biográficos que es posible acreditar y un selecto puñado de testimonios orales o escritos obtenidos de quienes conocieron y trataron al poeta– Antonio Rivero Taravillo ha trabado una biografía erudita, apasionada y personal, en la que se entreveran los hechos externos y los hitos de una sinuosa y originalísima trayectoria literaria, a la vez que se intenta –y se logra– trazar un retrato humano e intelectual de la persona elusiva, inclasificable y quizá difícil que fue Cirlot.

En el elocuente “Epílogo” que cierra su libro declara el biógrafo su propósito de no ahondar demasiado en las idiosincrasias particulares del momento histórico en que vivió Cirlot, puesto que lo característico de éste fue su desconexión de ese contexto. No obstante, unas pocas pero certeras pinceladas permiten al lector vislumbrar las circunstancias concretas de ese desasimiento: intermitente vida de café –a veces muy productiva–, un empleo absorbente y mal pagado, una obra poética casi unánimemente ignorada, y que vio la luz en pliegos sueltos publicados a expensas del autor, etcétera. Al parecer, Cirlot no hizo ostentación de ese malestar de ser español que definió la trayectoria intelectual de tantos coetáneos, e incluso hizo cierta ostentación de algunos rasgos que lo distanciaban de esa tradición contestataria: su conservadurismo político y su ortodoxia católica, por ejemplo, que defendió ante el mismísimo Breton. Pero lo cierto es que en su perfil intelectual hay más inconformismo que en el presunto “desarraigo” –eufemismo muy prodigado en la época para referirse a la literatura discrepante– de muchos coetáneos. Fue un pionero en la apreciación del arte contemporáneo de vanguardia, se interesó por líneas de pensamiento –el simbolismo, el ocultismo, el estudio de lejanas culturas– absolutamente ajenas a los intereses que dominaban la vida intelectual española, de entonces y de ahora, y cultivó una poesía originalísima, sin punto de contacto con la temática existencial y social que cultivaron mayoritariamente los poetas de su tiempo, y cuya lectura aún hoy puede proporcionar al lector la felicidad del deslumbramiento. La poesía de Cirlot, en efecto, parte de un surrealismo sui generis para alcanzar, al modo de Eliot o Pound, una cierta cualidad de discurso en palimpsesto en el que se superponen tiempos y culturas –Roma, Cartago, la alta Edad Media, el presente– y en el que alternan las vetas de realismo urbano con lo puramente visionario, en un cauce poético que se apoya fundamentalmente en el dominio de la métrica tradicional –el verso blanco medido, el soneto, el romance–, en alternancia con un sentido de la experimentación que se tradujo en innovaciones tales como la “poesía permutatoria” –con un lejano precedente en el estilo reiterativo de Poe–, así como incursiones en la poesía fónica, el letrismo, etcétera. En uno y otro campo, el logro más característico de Cirlot es la imagen deslumbrante, el verso memorable cuyo sentido se eleva sobre la posible dificultad e incluso irredimible oscuridad del texto que lo envuelve.

Se adivina que ha sido esa originalidad y esa capacidad de deslumbramiento las que han guiado el trabajo de Rivero Taravillo, que declara que accedió a la poesía de Cirlot en algunas antologías publicadas a principios de los ochenta y que desde entonces quedó “fascinado” por la obra del poeta barcelonés. Otra cuestión es asumir los rasgos más polémicos de su personalidad, y en concreto lo que la nota de contraportada llama eufemísticamente su “controvertido germanismo”, que se tradujo en una explícita fascinación por la simbología nazi –aunque la cruz gamada, como el propio Cirlot explicó en varias ocasiones, es un símbolo milenario e independiente de la utilización que los nazis hicieron de él–, así como en una extensión al aparato militar alemán de la misma fascinación heroico-guerrera que el poeta aplicaba a la Edad Media o a la Roma imperial. Rivero Taravillo demuestra claramente que Cirlot, admirador de la Cábala y de la tradición judía, detestaba tanto el racismo nazi como los crímenes derivados del mismo, y que, más allá de un conservadurismo sin orientación definida, el poeta se declaraba ajeno a cualquier credo político; lo que no fue óbice para que los malentendidos originados por esas presuntas inclinaciones le enajenaran aún más el aprecio de la intelectualidad mayoritariamente izquierdista (y catalanista) de su tiempo.
Cabe esperar que esta biografía contribuya, no sólo a despejar esas incomprensiones, sino, sobre todo, a que se lea la obra de Cirlot, hoy ampliamente disponible gracias a los desvelos de Ediciones Siruela. Para el hastiado lector actual –y muy especialmente el de poesía– puede ser todo un revulsivo.


