Martín y Musta

Martín se quemó los dedos con la colilla que acababa de recoger del suelo. Por eso la arrojó con violencia, como quien comete un acto de venganza. Luego, miró sus manos. Grandes y largas. Curtidas y encalladas. Fuertes e inservibles. Sentado en el banco de la plaza, justo debajo de su portal, aquel mediodía de julio quiso recordar la última vez que las estrechó con orgullo. No se acordaba.

Se remontó hasta la noche de otrora, cuando Paula le llevó a conocer a su padre. Entró en el salón de parqué con aires de grandeza y una chaqueta de marca. ¡Qué manera de vestir por entonces! Apretó su palma contra la del suegro y mantuvo el pulso unos segundos, apenas un par, lo justo para que notase las durezas de quien se gana la vida con su propio esfuerzo. Nada que ver con Dani, su vecino universitario, al que invitaba a copas todos los sábados mientras le daba la chapa.  “Deja los libros y gana dinero, coño”, repetía mientras Dani apuraba el ron Santa Teresa con Coca Cola. Acostumbrado a beber los jueves la botella más barata del supermercado, esos vasos le sabían al elixir más deseado del planeta.

Las manos de Dani eran suaves y blandas. Nunca apretaba al saludar. Y si alguien se la estrechaba con ganas, como cualquiera de los compañeros de la obra, hacía ademán para zafarse con disimulo.

Hacía tiempo que no veía a Dani, por cierto. Aunque más aún a Paula. Ella cortó al año de perder el trabajo. Justo antes de vender el coche rojo. ¡Cómo le gustaba aquel coche! Le soltó que se le había puesto el rostro taciturno. Y Martín, al llegar a casa, tuvo que buscar en Internet qué coño significaba eso. Cuando lo encontró, exclamó: “¡Me cago en la puta, como para no tener cara de taciturno, si estoy de mierda hasta el cuello!”.  Así que se olvidó de Paula. No volvería. Igual que tampoco regresarían los sábados de ropa de marca, Santa Teresa y Coca Cola.

Dani, en cambio, se había marchado de la ciudad. Terminó los estudios, se pegó quince meses de becario y ahora presumía de un trabajo mileurista al que acudía en pantalón de pinza y camisa en jornadas de casi 12 horas. “Menudo pringao”, pensó Martín. Aunque en el fondo, envidiaba su suerte. Le apreciaba, sabía que no era mal tipo. Pero odiaba ese tono condescendiente con el que le hablaba últimamente. Cuando se encontraban en el ascensor durante las esporádicas visitas a sus padres, en la boca de Dani se dibujaba una mueca incómoda, sobreactuada, como quien tiene una deuda y espera que no se la recuerden. “Ánimo, Martín tío, seguro que cambia la cosa y encuentras algo. Este país es una mierda. Nada más hacen robar”, soltaba en un discurso bien aprendido con el que contentar a esa gran mayoría que sufre el paro prolongado o un empleo asqueroso.

Porque la vida se había vuelto eso. Una cadena de empleos temporales con sueldos que no llegaban ni al cuarto de lo que conseguía construyendo edificios. A él le gustaba la albañilería. La dureza de la carga, la camaradería entre compañeros, el bocadillo de chorizo en la media hora de descanso. Ese trajín de hormigoneras y palas a contrarreloj que sonaba a eternidad y grandeza. Porque los bloques de viviendas se resumían en eso: Una edificación que sobrevivía a su muerte y se encontraría anclada en el transcurso de décadas. Había transformado el paisaje para siempre. Nada seguiría igual una vez cavaban la primera zanja. Y Martín —mejor dicho, sus manos— había contribuido a ello.

En ese pensamiento se sumergía cada vez que visitaba la planta más alta de un nuevo gigante de hormigón. Le gustaba hacerlo a primera hora, cuando el sol ya casi ha vencido al amanecer y se dibuja entera la bola de fuego en el horizonte. Contemplaba una ciudad anaranjada, cada vez más alargada, siempre en constante crecimiento. Entonces respiraba el aire frío y se sentía feliz, realizado, a tan temprana edad. En los inicios de la juventud. Ningún otro lugar le transmitía ese sentimiento de inmortalidad.

Por eso no se esforzó lo suficiente cuando Paco, amigo del padre de Martín, le llamó para trabajar en el bar que llevaba su nombre los fines de semana. No le encontraba el prodigio —como escribió James Ellroy en Clandestinos— a servir montaditos y cerveza de barril. Tampoco le motivaba repartir pizzas bajo la lluvia todas las noches de enero por 300 euros al mes. Ni la simpatía impostada a la que le forzaban en las encuestas telefónicas, donde lo único que se salvaba era la voz al otro lado de la línea de esas ancianas que contaban sus problemas como si el interlocutor perteneciera a la familia. No se trataba de un problema de dinero, inestabilidad u horario. Simplemente, no veía el prodigio por ninguna parte.

A él le gustaba la construcción. Desde pequeño. Y se le habían arrebatado con la misma facilidad que alguien explota una burbuja. A ello le daba vueltas en la mente, como siempre, en el mismo banco del parque. El que queda justo abajo de su portal. Pensaba, hasta que a lo lejos divisó la silueta negra de Musta.

Ilustración de Francisco Mohedano.

Ilustración de Francisco Mohedano.

Musta.

Musta conoció el miedo de madrugada. Y jamás volvería a sentirlo. Una vez, cuando aún no dominaba el castellano, leyó con esfuerzo en la portada de un libro que adornaba el escaparate de una librería que todo hombre sabio solo teme tres cosas: “la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable”. Sonrió al comprender el significado con cierto aire de suficiencia. Él sufrió dos de esas premisas al mismo tiempo. De golpe. Y no fue necesario ser sabio, ni siquiera inteligente, para percibir ese terror que seca la garganta y petrifica cada músculo del cuerpo.

Ocurrió nueve años atrás, a la edad de veinte. Cuando escapó desde la costa de Senegal, país natal, en un cayuco propiedad de su tío. A bordo se arremolinaban en torno a sesenta personas. Musta pilotaba la barca. Había faenado cientos de veces y pensó que no habría tanta diferencia entre salir a pescar y atravesar el océano hasta atracar en tierra prohibida. En vez de buscar bancos de peces, debía encontrar cualquiera de las Islas Canarias.

Así que al alba, antes de partir, en la arena fina de una playa de Mbour, ordenó a los pasajeros por volumen y peso para que no quedase descompensado ninguno de los lados. El par de niños pequeños se acomodarían adelante, entre las piernas de las madres.

El primer día le invadió un extraño optimismo, fruto de la tensión y los nervios. Hasta que el manto negro de la noche cayó sobre la barcaza de madera y clavos. Entonces las olas se agitaron y no hubo luna ni estrellas que orientasen el camino. El sonido de los vómitos y lamentos se clavaron en su nuca. Se sentía demasiado fuerte, lleno de salud, como para desear la muerte. Los pequeños lloraban. Y sus madres ahogaban su llanto con las manos sobre sus bocas. Nadie podía hacer nada. Solo el destino y la suerte.

Volvió el sol con la mañana. Luego, diez días más con sus madrugadas. Pero ninguna como la primera. Ni la impaciencia de solo contemplar el mar. Ni la desesperación de la deshidratación de quien no bebe agua dulce porque desconoce hasta cuándo la necesitará. Ni la tristeza de observar como una madre sostiene su propia orina sobre la palma de la mano para que su hijo beba y así no muera de sed fueron comparables al miedo. Porque solo aquella vez quedó petrificado y entendió que nadie elige el final de su vida.

Ese es el pasado de Musta, que nunca contó, y esconde tras su blanca sonrisa mientras intenta vender un DVD. Precisamente con esa excusa habló la primera vez hace unos meses con Martín, que se encontraba en el banco donde transcurren las horas. De una de las tantas bolsas que Musta carga sobre sus hombros sacó la última película de Dwayne Johnson. “Tú tienes pinta de que te va a gustar ésta”, le dijo Musta mostrando los diente y sujetando la portada de un actor musculoso en camiseta de tirantes con poca pinta de poder, en cambio, con un saco de escombros. “A mí no me gusta el cine”, le contestó Martín, pese a que le gustaba, solo que no tenía dinero para comprar nada. Se fijó en las palmas de las manos del vendedor, casi tan curtidas como las suyas. Y así nació una complicidad que se alimentaba unos cinco minutos diarios.

En ese pequeño espacio de tiempo, Musta contó que enviaba dinero a su familia para arreglar la casa en la que habitan padres, hermanos, cuñados y sobrinos. Quince personal en total. El suelo era de albero y deseaban cubrirlo de cemento y reforzar también el techo de las habitaciones. Martín entonces se extendía en clases de albañilería ante un oyente que le prestaba una atención que hacía mucho que no recibía. Aquello le sentaba bien. Volvía a notarse útil.

Musta, en cambio, al hablar de su hogar se trasladaba hasta un lugar que llevaba una década sin pisar. Se sumergía en el olor de la cazuela de su madre, en el calor húmedo y pegajoso de su patria y en los atardeceres lentos de África. El sentimiento de pertenecer a una parte, el arraigo que destruye el que te llamen migrante.

Solo duraba cinco minutos. Cinco minutos al día que ambos buscaban de forma disimulada. Un aliento antes de regresar a la realidad excluyente en la que permanecían instalados. No habría sido distinto aquel mediodía de julio si Martín no hubiese alargado su mano cuando Musta se despedía. Ambos la estrecharon, durante un par de segundos, lo justo para sentirse orgullosos de ellas.

David de la Cruz

Autor/a: David de la Cruz

David de la Cruz (Cádiz, 1987) es periodista. Ha trabajo en Colpisa, 'El Independiente de Cádiz' y 'CádizDirecto', medio del que es director en la actualidad. Su carrera profesional está muy vinculada al periodismo local.

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