Hablemos del amor…, una vez más. Y de cine. Con el permiso de José Manuel Benítez Ariza, claro, responsable en esta revista de la cinefilia, y sobre todo responsable de una reciente Re-visión de Casablanca que es punto de partida de lo que ahora escribo.
Revisionaba el poeta la película de Curtiz a raíz de la muerte de Madelaine LeBeau, la última superviviente del reparto, aquella que gritó “Vive la France” al tiempo que la orquesta del café de Rick culminaba una Marsellesa incómoda alentada por Victor Lazlo. Hacía memoria el poeta de la ajetreada vida anti-nazi de Madelaine, en cierto modo paralela a la de Yvonne, su personaje, y con ello hacía memoria de la trayectoria también anti-nazi del actor berlinés Conrad Veidt, que encarnaba en Casablanca “al odioso mayor Strasser, el oficial alemán encargado de cerrar la vía de escape que las mal controladas colonias francesas del norte de África ofrecían a quienes huían del terror nazi”.
Respiré aliviada. Durante décadas yo había asistido a la eterna discusión entre mujeres sobre el final de la película: ¿y tú te irías con Lazlo o te quedarías con Rick? Las respuestas variaban según el estado sentimental de las que participábamos en el debate, pero solo había dos opciones: o te lanzabas a la aventura política de la resistencia acompañando a un Victor poderoso pero tremendamente aburrido, o te morías de asco esperando cada noche a que regresara de sus trapicheos un Rick derrotado pero tremendamente morboso. No había más. Durante décadas silencié una tercera respuesta, la que a mí me venía a la cabeza cada vez que el asunto se planteaba: yo me quedaría con el Mayor Strasser, es el único hombre que me parece serio, aunque no sé por qué. Así que respiré cuando Benítez Ariza me lo explicó: “parte de la fascinación que todavía ejerce Casablanca se debe, sin duda, a que en su reparto coincidieron rostros, acentos e incluso trayectorias vitales que aportaban autenticidad a lo que en ella se contaba; a despecho de que alguno de ellos, como fue el caso del gran actor berlinés Conrad Veidt, que había trabajado con Murnau y Robert Wiene y que había declarado su ferviente oposición al régimen nazi, hubieran de avenirse a encarnar precisamente aquello que más detestaban”. O sea, que a Veidt le pasaba un poco lo que al genial Pepe Isbert, que interpretara lo que interpretara seguía siendo, por encima de todo, él mismo.

El caso es que –aparte de una liberación muy personal– el redescubrimiento de Strasser me hizo pensar en otras dos películas que –por muy distantes que parezcan de la de Curtiz– plantean esa pregunta femenina a la que me refería: Escenas de un matrimonio (Bergman, 1973, aquí traducida con el título mucho menos elegante de Secretos de un matrimonio) y Eyes Wide Shut (Kubrick, 1999).
Entre Casablanca y el film de Bergman median treinta años, y casi otros treinta entre éste y el triunvirato Kubrick-Kidman-Cruise. Las tres, no obstante, se desarrollan en un siglo XX ya avanzado, por lo que no entiendo por qué la Ilsa encarnada por Ingrid Bergman es, ante el amor, más una damisela decimonónica –desde luego anterior al sufragismo– que una mujer de fundamentada ideología que acaba de vivir la ocupación de París por las tropas alemanas. Quizás le faltara madurez (a Ingrid, me refiero), ésa que magistralmente otorga el director sueco a Liv Ullman en Escenas de un matrimonio, llevando a su protagonista a un desenlace valiente y feliz. Sin cuestionar si hubo inspiración o copia, no me cabe duda de que Kubrick tenía a esa mujer en la cabeza cuando le dio a Nicole Kidman quizás el único momento maravilloso de su carrera cinematográfica, el último diálogo de Eyes Wide Shut.

Lamento el spolier pero, enterada por fin de quién era Conrad Veidt, no tengo más remedio que protestar enérgicamente por el final de Casablanca. Lo único sensato hubiera sido que, en el aeropuerto, Ilsa hubiera dejado plantados a Lazlo y a Rick, se hubiera acercado decidida al mayor Strasser (falsamente abatido por las balas de fogueo del capitán Renault) y hubiera mantenido con él la misma breve y certera conversación que Kidman mantiene con el blandito Cruise en su última escena de matrimonio:
“-Olvídalo todo, lo único importante es que tú y yo hagamos una cosa lo antes posible.
-¿Qué cosa?
–Follar”.
Al fin y al cabo, el guion de Casablanca era improvisado.


Muy bien razonado. Me alegro por el pobre Conrad Veidt, tan incomprendido siempre.
Gracias. Un honor revisar su revisión