La reciente muerte de la actriz francesa Madelaine LeBeau (Hauts-de-Seine, 1923-Estepona, 2016), la última superviviente del reparto de Casablanca, ha devuelto momentáneamente a la prensa del día algunas historias que parecían muy lejanas, cuando no del todo olvidadas. Llama la atención, por ejemplo, que la vida de la actriz en los años inmediatamente anteriores al rodaje de la película de Michael Curtiz se pareciera mucho a la de los asendereados personajes que los aconteceres de entonces arrojaron a la ciudad norteafricana. Como nos recordaba la crónica de Diego Galán publicada ayer en El País, también la actriz se vio obligada a abandonar su Francia natal ante la inminencia de una invasión nazi. Su marido, el gran actor Marcel Dalio, que había trabajado a las órdenes de Renoir en La gran ilusión (La Grande Illusion, 1937) y Las reglas del juego (La régle du jeu, 1939), era judío y no se llamaba a engaño respecto a lo que le esperaba si hubiera permanecido en su país.
Arrastrados por el mismo torbellino que los personajes de la película de Curtiz, no extraña que el matrimonio Dalio viajara –al parecer, inadvertidamente– con visados falsos y que no consiguieran regularizar su situación hasta que el gobierno canadiense les proporcionó documentos legales: como se recordará, el tráfico de visados era una de las actividades más boyantes en el submundo ficticio de se muestra en la Casablanca de Curtiz. Más llamativo resulta que, entre un reparto notablemente formado por expatriados europeos que ya habían conseguido cierta notoriedad en Hollywood –desde el británico Claude Rains al austriaco Paul Henreid, pasando por el alemán Conrad Veidt y el húngaro Peter Lorre–, la actriz francesa consiguiera un modesto papel secundario en aquella película coyuntural, improvisada al hilo de la precipitada entrada norteamericana en la guerra, mientras que su marido, que era ya un actor prestigioso, hubo de conformarse con una pequeña aparición como figurante no acreditado: en concreto, como crupier del café donde transcurren los hechos.

Los azares de un guión que se improvisaba día a día, no obstante, hicieron que a Madelaine LeBeau le tocara interpretar la escena que más arraigo iba a encontrar en los sentimientos colectivos. La ciudad norteafricana de Casablanca, no hay que olvidarlo, pertenecía a la Francia de Vichy, que había aceptado su derrota a manos del Tercer Reich y colaboraba abiertamente con los nazis. Como muchos de sus compatriotas, Yvonne, la chica de alterne interpretada por LeBeau, se aviene a confraternizar con los invasores. La anima a ello, además, el hecho de que su anterior amante, Rick (Humphrey Bogart), el dueño del café en el que trabaja, se ha desentendido de ella en cuanto ha visto aparecer por las puertas del local a su amada Ilse (Ingrid Bergman), con quien había mantenido un idilio en París en vísperas de la ocupación alemana. Por todo ello, su empleada finge ahora una alegría impostada mientras bebe champán con oficiales del ejército invasor que cantan despreocupadamente en la barra el himno patriótico “Die Wacht am Rhein”. Al oírlos, el marido de Ilsa, el activista antinazi que la acompaña desde que la guerra la separó de Rick, emplaza a la orquesta a tocar La Marsellesa… Y la chica de alterne, que tan apropiadamente representa la desairada situación de sus compatriotas, cede a la emoción colectiva e incluso se anima a gritar un vibrante “Vive la France!” mientras la cámara la enfoca en primer plano.
Tales fueron los segundos de gloria de esta actriz que no conoció otros triunfos, pero que vivió siempre de su oficio y murió más o menos olvidada en un chalecito del sur de España. Las breves necrológicas que ha suscitado, no obstante, son un buen recordatorio de que vida y ficción no andaban muy lejos en aquellos años turbulentos; y que parte de la fascinación que todavía ejerce Casablanca se debe, sin duda, a que en su reparto coincidieron rostros, acentos e incluso trayectorias vitales que aportaban autenticidad a lo que en ella se contaba; a despecho de que alguno de ellos, como fue el caso del gran actor berlinés Conrad Veidt, que había trabajado con Murnau y Robert Wiene y que había declarado su ferviente oposición al régimen nazi, hubieran de avenirse a encarnar precisamente aquello que más detestaban: Veidt, recuérdese, interpretó en Casablanca al odioso mayor Strasser, el oficial alemán encargado de cerrar la vía de escape que las mal controladas colonias francesas del norte de África ofrecían a quienes huían del terror nazi. En una película estrenada apenas un lustro antes, la muy ambigua La mujer enigma (Dark Journey, 1937), dirigida por el británico Victor Saville, el actor daba vida a un agente alemán que todavía cree en la posibilidad de un entendimiento entre personas procedentes de países nominalmente enemigos, y a las que solo separa la fidelidad debida a sus respectivas naciones: en esa convicción se basa su amor a su presunta enemiga, una agente aliada interpretada por Vivien Leigh. Esas fantasías de entreguerras, no demasiado alejadas de las ilusiones que alentaban los políticos partidarios del “apaciguamiento”, se revelaron bien pronto infundadas. Casablanca fue una eficacísima puesta en escena del estado de ánimo resultante.


Qué bonito, gracias. Ya sabía yo que tenía que haber alguna razón tras mi atracción irresistible por el General Strasser…