Desde que hemos dado en decir que “España es el país de la picaresca” para, con ello, referirnos a la corrupción de políticos y otras aves de rapiña, al noble género literario que dio nombre a nuestro Siglo de Oro lo hemos abaratado. Fue la picaresca –desde Lazarillo de Tormes (1554)- asunto novelesco de hombres hechos a sí mismos, niños desheredados que “remando salieron a buen puerto”, ejemplos de rebeldía contra la pobreza impuesta por una sociedad estamentaria, intentos, en fin, de mostrar la utopía humanista de que el individuo es por el esfuerzo con el que se hace y no por la condición social en la que nace.
En el devenir de esta clase de novela, el siglo XVII fue prolijo en heroínas pícaras, que se cruzaron en los caminos de la ajetreada vida con sus congéneres, y así Lázaro, Guzmán o Pablos vivieron una inédita igualdad con mujeres como Elena (La hija de Celestina), Teresa (La niña de los embustes), o Justina. En su pulular, ellas y ellos compartieron además tabernas, negocios y algún lecho con soldados aventureros y desdichados, de ascendencia vil también la mayoría, que un día creyeron encontrar en las tropas imperiales o en las guerras santas un destino de gloria, y que finalmente murieron desheredados y abandonados por los reyes, duques y condes que les habían prometido protección y salario.

La picaresca fue, y sigue siendo, un modo inevitable de vivir en este país si se nace fuera de ese triángulo diabólico y poderoso que mantiene inalterable sus tres vértices: la Iglesia, la Aristocracia y la Milicia. Y de heroínas pícaras de tumultuosa vida y dignidad conquistada “a fuerza de remar”, mujeres “de discreto ingenio”, voluntad invencible y arte (que no argucias) deslumbrante, sigue estando plagada nuestra intrahistoria.
Manuela Otilia Pulgarín nació en Badajoz en 1941, año de hambre; supongo que nada más nacer miraría a su alrededor y que, visto lo visto, se puso a cantar de un modo diferente, buscando en la música, antes que nada, esa rebeldía innata de las mejores pícaras. Y así de la desobediencia nació, con ella, el flamenco-pop. Su itinerario inevitable la llevó desde la hambruna de posguerra a Radio City Music Hall, esa esquina de la Sexta Avenida de Manhattan por la que una pasa convencida de que solo una confluencia astral ocurrida hace un millón de años pudo otorgarle magia de eternidad. Allí, en Radio City, Frank Sinatra tomó en sus brazos a Manuela Otilia y la llamó “my baby”, y allí cantó para él Manuela, que también cantó a dúo con otra mujer que hubiera merecido ser protagonista de nuestra picaresca heroica, Ella Fitzgerald.
A su regreso a España, Manuela llegó a ser imagen del Ministerio de Información y Turismo en 1971, limpiando así -por muy poco sueldo- la suciedad radioactiva que la institución había vertido en la playa de Palomares después del baño de Fraga Iribarne. Prosiguió su andar e inevitablemente de nuevo se cruzó con la soldadesca, por aquel tiempo entregada a la causa militar americana y santificada por el patrioterismo casposo de Franco, copia estafada de los mecenas del Siglo de Oro. Cantó Manuela su música diferente para los paracaidistas de la base militar de Alcalá de Henares y, en el colmo de la servidumbre impuesta por los poderosos a los rebeldes, ofreció un inolvidable concierto en El Aaiún en honor de las tropas españolas durante la Marcha Verde. El arte de la pícara andariega para una soldadesca trasnochada: el Tercer Tercio Sahariano de la Legión Don Juan de Austria…
Anteayer, sábado 14 de mayo, Manuela Otilia Pulgarín fue homenajeada en el Centro Regional de Flamenco de Badajoz, en el marco de la fiesta de la libertad sexual de Los Palomos, como agradecimiento a su firme defensa del colectivo de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales. Hecha a sí misma, es Rosa Morena para nuestra novela eterna y para nuestra intrahistoria.

