Ayer fui a ver un espectáculo al Teatro del Barrio, en Madrid. Había oído hablar, y bien, de él, pero el principal motivo que me atrajo fue el hecho de que el texto estaba firmado por una mujer, Lucía Carballal. Justamente esta semana se había publicado en algún sitio un artículo hablando de algo bien raro: en estos días, en la cartelera teatral de Madrid hay más dramaturgas de lo que suele ser habitual. Aparte de la ya mencionada Lucía Carballal, destacan Denise Despeyroux, Carolina África, Laila Ripoll, Lucía Miranda, María Velasco, Carolina Román… Aceptémoslo. Es un hecho extraño. Cuando uno va al teatro, rara vez o ninguna va a ver una función escrita por una dramaturga.
La función me gustó, no me volvió loca, pero me pareció muy interesante. Muchos aciertos y algún error, según mi punto de vista, claro. Ni más ni menos que lo que me suele pasar cuando voy a ver algún texto escrito por un hombre. Es decir, no había nada, en el estilo, en la concepción, en los personajes, en la historia, que estuviera condicionado, negativa o positivamente, por el hecho de estar escritos por una mujer.

El tema de la paridad levanta no pocas controversias en nuestra sociedad. En los últimos tiempos, el mundo de la cultura también parece haber tomado conciencia de este problema. Y el del teatro donde, desde luego, hay mucho aún por lo que luchar. Desde la asociación Clásicas y modernas, que reivindica la igualdad de género en el ámbito de la cultura, se ha elaborado un documento-manifiesto, y se ha enviado a los principales organismos teatrales, invitando a programar, a producir, desde un criterio de igualdad. Varios teatros han suscrito este documento, y han indicado que lo llevarán a cabo a partir de ahora. Otras voces se han levantado manifiestamente en contra. Entre ellas, la de un viejo cómico con cierta autoridad llamado Albert Boadella. El principal argumento que esgrime es que a las personas hay que juzgarlas por sus méritos, no por su sexo. Y es un argumento con el que estamos de acuerdo. Pero justamente es lo que no se da. Las mujeres son juzgadas antes por su sexo que por su talento. Mientras que un hombre solo tiene que demostrar que es muy bueno, la mujer, en general, tiene que alcanzar la excelencia, tiene que ser tan rematadamente, tan incontestablemente brillante que no haya manera de obviarla.
La razón de esta discriminación viene de lejos. Cuando Antonio Álamo preparaba la dramaturgia de Tres monjas y una cabra, espectáculo basado en textos de dramaturgas del Siglo de Oro, se encontró, en primer lugar, con el hecho de que casi todas las mujeres que escribieron en aquella época eran monjas. Mujeres que, para ejercer “libremente” su deseo de escribir o estudiar, para poder evitar el destino de mujeres casadas y sometidas al marido, debieron abandonar el mundo y enclaustrarse. Por paradójico que resulte, encontraban mayor libertad entre las paredes de un convento que en la sociedad laica. En segundo lugar, Álamo se dio cuenta de que el material literario era muy escaso, pues la mayoría de estas mujeres se vieron instadas por sus confesores a quemar toda su producción. De manera que nunca sabremos si entre esos pliegos que ardieron había obras literarias de gran magnitud. El caso de Sor Juana Inés de la Cruz es el más flagrante. Para que esta mujer haya pasado a la posteridad, no le ha bastado con ser un Diego de Torres Villarroel, un Campoamor, un Zorrilla… Ha tenido que ser un verdadero genio, una niña superdotada que con cuatro años ya sabía latín, que tuvo que estudiar a escondidas, que tuvo que esquivar pretendientes, que tuvo que luchar contra un destino que la condenaba a alejarse de sus adorados libros.

Estas dificultades a las que se ha enfrentado la producción literaria femenina han pervivido a lo largo de los siglos, y llegan hasta nuestra época. La propia mujer duda de su capacidad para escribir. Casi todas las mujeres dramaturgas a las que aludíamos más arriba, reconocen que eligieron en primer lugar ser actrices, y que solo después se dieron cuenta de que lo que querían era ser escritoras.
El camino que queda es largo. El anuncio del brandy en el que el marido le pega una bofetada a su mujer por no ser una perfecta ama de casa está a la vuelta de la esquina. Y sigo pensando que lo primero que hay que cambiar es la mentalidad femenina, que también padece de los prejuicios del machismo. En toda esta “revolución de la dramaturgia femenina” que vivimos actualmente hay algo que me molesta. Tienden a agruparnos por el hecho de ser mujeres. A nadie se le ocurriría hacer un estudio sobre “dramaturgia masculina del siglo XX”, buscando los rasgos diferenciales de esta literatura atendiendo solo al criterio del sexo. Me parece absurdo. “Literatura femenina”, “Literatura de mujer”… Todas al mismo saco. Cambiemos esto. Agarremos sin pedir permiso, destruyamos también las limitaciones que nosotras mismas nos imponemos. Como decía la gran Chavela Vargas: “Yo no vengo a ver si puedo, sino porque puedo, vengo”.

